Guía para la vida del retrete del jurista

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Paco Fox al habla: Vuelve nuestro colaborador jurista, Sr. Togado para hablar de algo poco habitual en ente bloj: CACA. Sí, sé que estáis sorprendidos. Os dejo con él:

Aquí el Sr. Togado (el que SÍ, VOY A QUEMAR ESTE CHISTE HASTA LA NÁUSEA EXISTENCIAL). En un ataque de mitomanía hacia el Sr. Paco Fox (gran artículo sobre el mercado del cine, todo hay que decirlo), he decidido emularle y enfrentarme a la enorme responsabilidad de escribir unas líneas bajo los efectos combinados de la acetilcisteína, bebida energética de marca blanca y otras medicaciones varias. Ante la avalancha de quejas que recibí en mi anterior artículo (que suman un total de cero unidades) por la carencia de chistes escatológicos, he tomado la muy trascendental resolución de tratar un tema tabú dentro de los debates doctrinales del mundo del Derecho: los retretes jurídicos.

A simple vista, puedo estar introduciendo un concepto desconocido para el gran público (uno de esos palabrejos como “ejecución”, “servidumbre” o “enfiteusis” que usamos los picapleitos y que el común de los mortales asocia a un significado cuando en realidad quiere decir otra cosa), pero lo cierto es que estoy tratando de hacer una importante labor de ayuda al común de los ciudadanos: qué hacer cuando las procelosas aguas del Derecho entran en conflicto con las procelosas aguas que salen de un intestino con el día torcido.

Sí, hoy vengo a hablarles de esta loable actividad. No, no hablo de Alfredo Landa tirando tapas de yogur al Manzanares.

El lego podrá arquear las cejas anonadado ante la temática del presente artículo: ¿Qué tengo que ver yo, humilde ciudadano de a pie, con los turbios océanos que anegan los corazones (e intestinos) de los profesionales del picapleitismo recreativo? Pues permítame que le responda, estimado lector: MUCHO. MUCHÍSIMO. Los que usamos toga en contextos más profesionales que los locales de ambiente y/o fiestas de romanos somos como los dentistas: no podéis escapar de nosotros. Todos, tarde o temprano, pasaréis por nuestras garras. El tema es que, si os pasa lo que me pasó a mí la primera vez que probé el Irn Bru (sabía a lo que esperaba que supiera, pero no esperaba el efecto que tuvo en mí; luego descubrí que llevaba caducado seis meses), a veces se producen situaciones que no pueden ser pospuestas.

Por todo ello, tras esta breve introducción, traigo una práctica guía (¿turística?) de tronos / retretes / tocadores / lavabos / letrinas / excusados a los que pueden verse obligados a acudir; puntuándose confort, higiene y arte pictórico. (Des)abróchense los cinturones, que empezamos.

1.- LA COMISARÍA DE POLICÍA.

El primer paso dentro de los cauces procesales (sí, se les llama así) a los que se puede enfrentar un ciudadano promedio es la visita a la comisaría de policía. Sea para renovar el DNI, pagar una multa por intentar emular a Pastor Maldonado en la Gran Vía de Madrid o, simplemente, presentar denuncia por la presunta comisión de un delito de ofensa a los sentimientos religiosos ante el último sencillo de Flos Mariae, la magia suele comenzar en uno de estos establecimientos.

Por tanto, es irremediable que a las comisarías se acuda sólo en calidad de detenido o de no detenido. En función de ello, se tendrá derecho a un retrete u otro:

1.1. El retrete para clientes.- El retrete abierto al público puede catagalorse como el “starter pack” del mundo retretil, aunque su particularidad consiste en la presencia de un número moderado de colonias de entidades fúngicas todavía desconocidas para la biología. Por lo general, nos solemos hallar ante los clásicos inodoros de loza con tapas de plástico (+1 de calorcito en invierno), pero las comisarías más modernas ya se han pasado a la cerámica. Las puertas suelen estar firmadas por grafiteros de dudosa reputación en el mundillo, aunque también brilla la presencia de adhesivos de “grupos de animación extrema” de ciertas entidades deportivas.

Sobre esto último, no existe demasiada variedad: la imagen suele ser la de un grupo de individuos con cara de pocos amigos, generosa barriga cervecera y vestidos de mamarracho (vikingos, indios, celtas o diversos trajes regionales tres tallas menos de la recomendable), combinados con simbología de ciertos grupos políticos que estarían mejor en el fondo del excusado a utilizar; todo ello creación original de un tipo que, posiblemente, empezó trabajando para como dibujante de hentai de tentáculos, pero que aspiró demasiado pegamento en la imprenta.

En resumen, no son unos retretes excesivamente fuera lo común.

Higiene: 3/10.
Confort: 6/10.
Arte pictórico: 4/10.
Nota final: 4/10.

1.2. El retrete para clientes VIP.- Dicho de otra forma, el retrete de los calabozos. En este caso, nos hallamos ante una interesante variante del anterior. El nivel de deshechos, al que acompaña lo que puede ser definido como una auténtica agresión olfativa (mi última cata sacó una fuerte mezcla de orines y desinfectante industrial, con notas de caca y regusto a vómito) se debe a que suelen usados por los decadentes restos de las noches de fiestorro MAL (es verdad que así imagino la fragancia que puebla el dormitorio del individuo que ocupa el cuarto lugar en el orden de sucesión a la Corona; un tal FJFdTS). A este respecto, hago un pequeño inciso para tratar el tema de la fauna humana que habita el lugar: gente a la que no imaginarían junta ni puestos de Irn Bru caducado contándose, en pleno éxtasis etílico-estupefaciente, hasta el más íntimo de sus secretos (o a punto de sacarse un ojo; a veces todo ello la misma noche). Por ello, mejor usar estos servicios un lunes por tarde que un domingo por la noche.
Por otro lado, dado que los detenidos son despojados de cualquier cosa que pueda usarse para la mínima expresión artística (o de cualquier otra cosa, salvo la ropa), no hay mucha presencia pictórica en estos cubículos.

Higiene: 7/10 (entre semana); -1/10 (fines de semana)
Confort: 6/10.
Arte pictórico: 0/10.
Nota final: 2 – 4/10 (dependiendo del día de la semana).

Este suele ser el aspecto promedio de los retretes para detenidos de las comisarías. Disfruten de la exuberancia cromática, así como del increíble despliegue de medios y equipamiento.

 

2.- EL JUZGADO.-

Ah, los Juzgados. Qué decir de esos templos de la sabiduría y del corporativismo. Lo primero que hay que saber de los Juzgados y Tribunales patrios es que es menester olvidar esos marmolados edificios neoclásicos de las producciones estadounidenses, todos llenos de señores estirados, marshalls, madera de nogal y antiquísimos tomos colocados en perfecto orden en preciosas estanterías estilo Chipendale. Los Juzgados españoles son más bien construcciones que darían por sí mismos para una guía turística sórdida: estéticamente, son como el orgullo de mi profesión, esto es, Emilio Rodríguez Menéndez (quiero decir, habrá a quien le guste, pero por lo general no tiene muchos fans); los señores estirados son sustituidos por funcionarios que, hasta que te ganas su confianza (invirtiendo tiempo, café y pastas), te despachan con la sensibilidad de un ladrillazo en la cabeza; Ikea y décadas de procedimientos abarrotando estanterías metálicas (cuando no las zonas de paso).

Tras iniciarse los cauces procesales en comisaría, lo normal es que continúen en el Juzgado, lugar donde, entre otras cosas, se evacúan escritos (en serio, esta terminología no me la estoy inventando; este artículo se escribe solo).

Ya adelanto que los aseos de estas zonas comparten muchas características con los retretes de las comisarías. Es más, comparten casi todas. Incluso todas. Da igual el año de construcción del edificio: la única diferencia tangible que hay es el material en el que está fabricada la taza del retrete (eso, el nivel de opacidad de las mamparas y la sustitución del pladur por cristal en las paredes del edificio) y cierto olor a cigarrillo de funcionarios, abogados y familiares de encausados que piensan que son los únicos que fuman y que “por uno no se va a notar”. Por el amor de Fernando Alonso, por compartir, compartir hasta la tipología que he desarrollado antes (con el valor añadido de que en los calabozos de los Juzgados de Plazacastilla en Madrid cabe más gente), así que, por no repetirme, les voy a compartir un consejo muy en la línea de las presentes líneas, válgame la redundancia: EVITEN EL CAFÉ DE LAS MÁQUINAS.

Como se puede comprobar, los lavabos de los calabozos del juzgado promedio sólo se diferencian de los de las comisarías en un espacio pensado para acomodar más usuarios.

Era el que suscribe un joven y bisoño estudiante de Derecho, años ha, que estaba haciendo sus prácticas en los Juzgados antes mencionados. Debido a su proverbial, a la par que incómodo, insomnio, haciendo caso omiso a las sabias advertencias que le había hecho la jueza en prácticas, y engañado por los cuarenta céntimos que valía un vaso de café calentito, este hombre fue a por lo que él pensó que era una pequeña inyección de energía. El primer sorbo reveló lo que tenía la textura del asfalto recién extendido en una autopista, y un sabor similar al de un neumático quemado con un paquete de azúcar: el segundo peor café que he probado jamás. Y lo peor vendría después. A los cinco minutos, en plena vista a un súbdito de una nación de Europa del Este por un delito de daños, mi sistema digestivo decidió (sin tener derecho al uso de la palabra) intervenir en el procedimiento, emitiendo un ruido similar al que produciría una lectura del Necronomicón del revés; mientras que en mi interior bullía una actividad de una entidad similar a la de una trituradora de papel en la calle Génova. Tras unos segundos de incómodo silencio, procedí a levantarme discretamente y a escaparme por una puerta lateral hasta el baño público a hacer lo que el café me había provocado.

Al menos, los presentes declararon una caritativa omertá respecto de este incidente, cosa por la que les estaré agradecidos el resto de mi vida (y si alguno es lector de esta web, aprovecho para mandar un especial saludo y agradecimiento).
Nobleza obliga, hay que señalar que la susodicha jueza tuvo más suerte: ella adquirió sus conocimientos sobre este infecto brebaje gracias a la caída de un roedor muerto junto con el vaso (y su consiguiente inmersión en café, lo que fue denominado “infusión de Ratatouille”). Este hecho fue impulso más que suficiente para prescindir del bebedizo antes de su ingesta, o de cualquier otro en el futuro.

Ahora que lo pienso, permítanme ampliar el consejo: eviten el café Y LA COMIDA de las máquinas de vending. Respecto a éstas últimas, sigan los consejos del Ministerio de Consumo, pero al revés: cuanto más insano e industrial parezca el producto, más sano. Reconozco no haberla probado nunca, pero se supone que, cuando uno lee “sándwich de queso azul”, se entiende que “azul” es una cualidad SÓLO del queso, y no de la totalidad del sándwich.

Por todo ello, casi mejor que su dosis diaria de cafeína la adquieran en la cafetería más cercana al edificio (cafetería “Mozar” o “Mozart”, dependiendo del toldo que tengan delante); aunque para comer es más conveniente el establecimiento de una conocida marca de hamburguesas de pollo.

Por otro lado, Su Señoría suele tener retrete propio. Nadie ajeno a él ha entrado en uno y vivido para contarlo.

Nota final: 2 – 4/10 (dependiendo del día de la semana).

3.- LA NOTARÍA.

A veces, para hacer cosas jurídicas (como contratar al que suscribe TENGO QUE COMER POR FAVOR o a cualquier otro picapleitos) hay que pasar por esos barrocos establecimientos que son las notarías.
Existe una gran desinformación sobre la figura del Notario: la gente piensa que son unos señores que cobran un pastón por limitarse a redactar unos papeles y poner su firma. MENTIRA. La realidad es que son unos señores que cobran un pastón por mandar a un oficial rellenar una plantilla y limitarse a poner su firma. Por desgracia, los papeles que ellos redactan son necesarios para casi cualquier cosa que implique picapleitismo (o no). Por ejemplo, su firma valida las transmisiones de inmuebles, permitiendo así su inscripción en el Registro de la Propiedad y manteniendo, de esta forma, el tracto sucesivo de los mismos (insisto, yo no pongo los nombres).

El despacho de notario más humilde que van a encontrar tendrá suelos de nogal, mesas de nogal, abrecartas con puño de nogal y hasta cafeteras de nogal (no es broma). Lo que no tienen son retretes de nogal, aunque eso lo achaco a que son poco prácticos. Hasta las décadas de escrituras que atesoran (siempre hay una copia en papel) están ordenadas en estantes y estantes en orden cronológico, a diferencia de lo que pasa en los Juzgados, que están ordenadas según el espacio que hay, suelos incluidos.

El retrete promedio de una notaría. De una notaría humilde. De pueblo.

Entrando en materia retretil, los retretes, aun siendo los abiertos al público, son los más abrumadores en el mundo del Derecho. Aunque puede haber cierto aroma a hoja quemada de Nicotiana tabacum, los excusados suelen ser de una imponente porcelana blanca, con un estándar mínimo de Porcelanosa, con algún tipo de brujería extraña que mantiene la taza a la temperatura ideal para realizar las deposiciones que se consideren necesarias. Por otro lado, en ocasiones la insonorización puede ser la asignatura pendiente de las Notarías, aunque si gustan, pueden amenizar la aburrida velada burocrática de los presentes con un fantástico concerto di trombone di culo (eso ya queda al arbitrio y a las capacidades físicas de cada uno).

Aunque las representaciones pictóricas dibujadas en las puertas brillan por su ausencia, haciendo, por otro lado, que las puertas brillen por sí mismas, normalmente los baños estarán decorados con grabados de barquitos o antiguas escrituras notariales. Por tanto, si tienen suerte, podrán amenizar sus deposiciones leyendo sobre la constitución de una enfiteusis en favor del cabildo parroquial de Matalascañas por valor de cinco reales y dos maravedíes (anécdota: una vez tuve que poner al día una finca a la que la Santa Iglesia le reclamaba unas rentas impagadas por una enfiteusis. Imaginad mi sorpresa cuando comprobé que la anualidad de éstas ascendía, según la última escritura de la que disponía, a “treinta y cuatro reales y veintiún maravedíes” de 1865. Hasta escribí al Banco de España para saber a cuánto ascendía eso en euros, ajustado a inflación. Hoy en día sigo sin saberlo).

Otro punto a favor de las notarías es que, aunque suelen estar en pisos particulares, suelen dejar la puerta abierta con un cartelito de “entre sin llamar” (al menos en las ciudades grandes) por lo que, en caso de urgencia en plena calle, tengan o no asuntos pendientes, siempre pueden buscar en Google Maps la más cercana.

Higiene: 10/10.
Confort: 7/10.
Arte pictórico: 7/10.
Nota final: 8/10.

4.- EL DESPACHO DE ABOGADOS.

CITY ROUUUUUDS, TEEEEEIK MI JOOOOOM, TU DE PLEEEEEEEIS, AIIIIII BIIIIILOOOOON, EL DESPAAAAAACHO… Si Ridley Scott pudo hacer que la trama de ese indescriptible desastre que es Alien Covenant girara en torno a un equipo de astronautas que se salta los protocolos más básicos de seguridad en el espacio por culpa de esa canción, yo también puedo hacer lo propio para estas líneas. Por Júpiter, si hasta yo tengo más gracia autoliquidando impuestos de sucesiones en nombre de clientes que John Logan con este guion.

“¿Alguien ha dicho «café gratis»?»

Sobre este particular, podemos hacer una doble tipificación de los despachos existentes (si alguien quiere aportar algo al respecto, siéntanse libres en la sección de comentarios):

4.1.- Las cárnicas: Existe la creencia extendida de que las cárnicas (esto es, esos despachos cuya gestión de recursos humanos se basa en picar carne de becarios y juniors, destruyendo mentes y corazones en el proceso) sólo son las conocidas como “big four”. Nada más lejos de la realidad. Si algo nos han enseñado la vida y el secso anal, es que no importa el tamaño, sino cómo la uses. Se lo digo por experiencia propia. Trabajé durante una semana en una de ellas (hasta que cierto problema de salud que llevaba tiempo cocinándose en mi interior decidió salir cual xenomorfo en la cena de Nochebuena de la Nostromo) y teníamos que fichar hasta para ir a cambiarle el agua al canario. Esta entidad, per se, no era uno de los despachos más grandes del panorama patrio, pero el volumen de expedientes que manejaba, los clientes que tenía, el nivel de cuento que mostraron en las entrevistas de trabajo y, especialmente, el nivel reinante de hijoputismo general hacen que la susodicha pueda calificarse de cárnica.

Normalmente, las cárnicas suelen tener edificios modernos y relucientes. Las de verdad buscan los distritos financieros donde el precio del metro cuadrado es superior al equivalente en hectáreas de una capital de provincia, pero las que tienen aspiraciones (esto es, un quiero y no puedo) suelen comprar y vaciar de inquilinos un bloque de pisos en algún distrito obrero (en la que yo trabajé, por ejemplo, habían comprado y reformado una manzana entera en el distrito de Tetuán en Madrid; con esta pista, alguno ya sabrá por dónde van los tiros). En estos sitios, los baños son muy modernos y muy limpios: mamparas de cristal, toallas de tela apiladas en una cestita… ¡feck, hasta las toallas de papel están en dobladas y apiladas en una cestita propia!

Todas las zonas en blanco o gris que vean en esta estancia no son así por el cubrimiento de la pared: es lo que le echaron a Tojeiro en el Cola Cao.

En lo referente a los retretes, los de la plebe son de esos modelnos, aunque con una taza de loza muy fría, lo que hace que deponer en ellos pueda ser una labor incómoda. Las mamparas dan una sensación de privacidad suficiente (o eso creo, los tiempos del baño están tan medidos que no dan ni para un zurullo exprés). Obviamente, a los clientes no se les lleva a los baños de empleados: las salas de reuniones tienen lavabos propios, ya que los nuevos trabajadores de la empresa no suelen saber que llorar, fumar y drogarse se suele hacer en la escalera de emergencia. Obviamente, la posibilidad de que cualquiera de esas actividades pueda ser escuchada por un cliente no gusta a los jefes (fun fact: hace unos meses, tal y como se hicieron eco algunos medios, la Inspección de Trabajo se presentó por sorpresa en las “big four”, y mis espías en el paddock me confirmaron que la conocida como la “escalera de las lágrimas” de una de estas entidades se llenó de becarios y empleados primerizos que fueron empujados ahí por los responsables de recursos humanos para esconderles). Obviamente, si no hay tiempo para cagar, no hay tiempo para pintar, por lo que no suele haber mucho arte pictórico.

Higiene: 10/10 o 0/10 (en el caso de que esté involucrado un conocido mío).
Confort: 0/10 (por razones obvias) o 10/10 (en el caso de un conocido mío que, en su último día, decidió hacer de vientre en la papelera de su superior).
Arte pictórico: 0/10 o 10/10 (en el caso de un conocido mío que, tras hacer de vientre en la papelera de su superior, procedió usar los restos orgánicos para pintar con el dedo unos muy realistas miembros viriles en la mesa).
Nota final: 3/10 o 10/10, según el nivel de quemazón.

4.2.- El despacho pequeño.- El despacho pequeño es la verdadera felicidad. El despacho pequeño es un sitio en el que a nivel cualitativo se trabaja más cobrando menos, no lo niego, pero con jefes que invitan a café y te permiten salir a unas horas compatibles con tener algo de vida fuera de la oficina.

Normalmente, el despacho pequeño suele estar en una vivienda rehabilitada al efecto o en un local comercial de tamaño mínimo, lo que afecta directamente al retrete. En mi caso particular, mi retrete es de taza de plástico, lo que le asegura un notable en confort y, además, tiene el radiador al lado del trono, lo que en invierno es MUY de agradecer.

Por otro lado, aunque no hay pintadas, grafitis ni nada por el estilo en estos sitios, lo habitual es llevarse el teléfono y poner un vídeo en Youtube a un volumen excesivo para disimular los improperios anales que pueden retumbar en la oficina, por lo que el arte pictórico no sólo existe, sino que sube a un nivel superior (alguno dirá que llevarse el teléfono se puede hacer en cualquier baño, a lo que yo respondo que es mi artículo crítica y juego las cartas de corrupción que a mí me den la gana). Por desgracia, este espacio intimista tiene como inconveniente el overbooking reinante si coinciden varios clientes en la oficina.

Escenario habitual en el cuarto de baño de mi oficina cuando hay temporada de impuestos. Frutas gigantes se cobran aparte.

Así, no es oro todo lo que reluce, ni deposiciones lo que huele: es necesario, en el caso del retrete de mi actual puesto de trabajo, señalar que hay cierto aroma a cañerías añejas y, para más inri, se da la problemática de que hay algún extraño maleficio en el ambiente (o una toma de tierra mal empalmada) que provoca que casi todo en mi oficina dé calambres en momentos aleatorios (incluyendo un día que, orinando, los electrones, que debían estar nadando alegremente en el agua al fondo de la taza, ascendieron cual salmones de río por el chorro de orín hasta el falo del que suscribe, provocando una experiencia tan placentera como la de escuchar en bucle el discurso de Ramón Tamames en la moción de censura rapeado).

Eso sí, en su humildad, lo mantenemos limpito (aunque aprovechemos el plato de la ducha para guardar las cajas de folios en blanco y los rollos de papel higiénico).

Higiene: 10/10.
Confort: 10/10.
Arte pictórico: 10/10.
Nota final: 10/10.

Por lo tanto, queda OBJETIVAMENTE demostrado que, si les pilla un apretón, lo mejor que pueden hacer es dirigirse a mi oficina. Efectivamente, he invertido poco más de tres mil quinientas palabras en hacerme autobombo. Por favor, contrátenos, que tenemos que comer.

Se despide de ustedes con cariño, afecto y un poco de deseo, el Sr. Togado (tu abogado acalambrado).

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