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Entos onvres: Los Reguetojunos

4.7
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Escucho al Bad Bunny de Un Verano Sin Ti, constantemente moviéndose entre el calor de la fiesta y la helada alienación, como una analogía perversa de Neddy Merrill, de “El Nadador” de Cheever

Esto decía un tal Shaad D’Souza, segundo de The Guardian en temas musicales, mientras intentaba escapar del agobiante paso del tiempo que le indica que eso que le ha salido entre los dos huevos de titanio es una cana. Lo comentaba sobre un disco que tiene una letra tan a la altura de John Cheever como

«Si quieres, te la saco
Dos trago’ y sabes que me pongo bellaco»

Y, por supuesto:

Aunque sea de lejito’ con la hookah y el perreo
Mañana voy a terapia
Hoy voy pa’l teteo”.

Y que además tiene una portada que es el equivalente a aprobar en primaria como Lisa y Ralph porque está claro que no te han ayudado tus padres.

Ahora ya no se llama “Clase de Educación Especial”. Se llama “Departamento de Marketing”.

Hoy no estoy aquí para cagarme en el reguetón. Por varios motivos.

En primer lugar porque ya qué más da: el éxito de las chorradas de Quevedo y Shakira volviendo al ritmo de baile de cuatro golpes que ya estaba establecido desde Giorgio Moroder probablemente indique un declive de la ubicuidad de esta basura. Con el problema de que lo que sí se ha quedado es el uso absurdo de la modificación vocal, las letras con la sutileza de cagomitar y mear a la vez y que una colombiana se ponga a más o menos cantar poniendo por algún motivo asssento de Puelto Rico.

En segundo lugar, porque ya todo el mundo sabe que es puta mierda. Musicalmente es inane (repetitiva, sin imaginación y con toda la habilidad musical que puede dar usar ProTools con tutoriales de YouTube) y, como ya he dicho, líricamente es de suspenso en primaria. “Pero Paco, deja que los chavales camelen”, dirán muchos. Y tendrán razón. Siempre ha habido música de baile de mierda. Recordemos que el tema más popular a nivel mundial que ha dado este país que no se dice país, que se dice ESPPPPPAÑA, ha sido La Macarena y que Disco Estrella se tiró dos décadas dominando las listas de éxitos.

Por favor, señor, cante de movimientos sesssis, pero no los haga. O sí, que no hay que ser gordófobos, copón ya.

Lo molesto para la mayoría de la gente normal de toda esta polémica ha sido su total dominio de las listas de éxito en Spotify, verdadero barómetro de modas hoy en día, animado por varios motivos:

– El que básicamente sólo haya tres multinacionales (muchos de las independientes de reguetón tienen paralelamente acuerdos con ellas)
– El que la música se haga para Spoty y Tik Tok y, por lo tanto, sólo sea necesario trabajar un enganche de 20 a 30 segundos por canción y conviene que sean cortas para que tengan más reproducciones.

Siempre ha habido música de baile espantosa. Quizá no con letras tan para reírse de ellas y no con ellas, pero, qué puñetas, al menos ahora hay más de lo que descojonarse que con “I’m Blue Daba dí Daba dá”. Pero la clave es que no era absolutamente todo lo que se escuchaba. El top 50 era increíblemente más variado porque había más compañías soltando billetes a las radios.

Sin embargo, lo más ridículo para alguien especialito (rollo Ralph Wiggun también) como yo es cómo grupos de treintañeros, cuarentones y, más lamentable todavía, cincuentones en prensa y redes sociales se dedican a defender esta bazofia con eslóganes aprendidos en jueves que repiten como mantras para olvidar que esas entradas han venido para quedarse. Estoy hablando, por supuesto, de LOS REGUETOJUNOS.

Música de baile de mierda ha habido desde siempre. Todavía recuerdo cuando fui a ver un espectáculo retro-90 en el Palacio de los Deportes y salieron Technotronic o gente que decían que eran ellos, porque ya se sabe que los grupos de ese género en esa época eran un tanto anónimos o directamente sacaban a modelos haciendo play back como C&C Music Factory. En la época me parecían una mierda, pero, sorprendentemente, en ese directo me parecieron una auténtica bosta. La diferencia es que no recuerdo que nadie escribiera un libro sobre las maravillas del Acid como expresión social, comparara sus letras con Melville y te acusara de viejo o racista si no te gustaba Snap. Porque a mí en aquella época ya me parecía lo peor y los críticos estaban a otras cosas.

El cambio lo empecé a notar unos años después, cuando llegó la moda del indie Subterfuge y, para hacerse los molonchis, mucha crítica empezó a alabar mierda. La reseña que más me ha marcado cual palo hirviendo inquisitorial por el orto en toda mi vida fue sobre un grupo del que decían que tenían “una agradable impericia instrumental”.

Son las palabras que menos olvidaré haber leído en mi vida después del último párrafo de ‘Soy Leyenda’ y la carta en la que me libraba de la mili por mis seis dioptrías.

Pero hoy en día se ha alcanzado la locura con el apoyo a puta bazofia por parte de gente a la que se le presupone cierta capacidad intelectual. ¿Qué les pasa a esos por su cada vez más creciente calva? Vamos a intentar adentrarnos en su psicología y, por qué no decirlo, patología.

Por supuesto, diréis que estoy generalizando sobre todo un grupo muy heterogéneo de opinadores ¿Estoy, por lo tanto, construyendo un hombre de paja para descojonarme de ellos? No. Estoy construyendo un hombre de paja para prenderle fuego mientras canto Iron Maiden.

Aunque yo preferiría cantar Summer is Acumen In con peluca de la Pantoja como Christopher Lee en la peli.

¿Y a qué viene tanto odio? Pues proviene de ser incapaz de entenderlos. Como a un fanático islamista o a un proletario votante de VOX. Así que voy a intentar inferir qué pasa en esos cerebros para que se vean constantemente impelidos a ir a Twitter a decir que “Arrebata’o dando vuelta’ en la Jeepeta (Vuelta’ en la jeepeta) / En los míos tengo una rubia que tiene grande’ las tetas (Grande’ las tetas) / Quiere que yo se lo meta (Yah-yah)” es reflejo urbano de nuestro tiempo y que hay que respetarlo.

1.- Soy un escritor / influencer viejuno y quiero seguir siendo relevante para la chavalería porque esto me da de comer

Esa es la explicación más respetable, claro. Comer es algo importante y suele sentar bien para no morirse. Pagar el agua caliente también, que hay que ducharse para ver si gracias a una de estas críticas puedes ligar con una 15 años menor.

El argumento más normal cuando se confronta a esta gente que sabe que está defendiendo lo indefendible es que te suelten el Matra Sumo Opus Número 1 del reguetojuno:

“Es que los padres siempre han despreciado la música de sus hijos”

Perdona, pero no. Esa visión es más simple que el subtexto de un capítulo de Caillou. Que cómo odio al idiota ese de niño, pero ese es otro tema al que añadiría al anormal de Daniel Tiger y los metería también en un Hombre de Mimbre para celebrar el solsticio que fuera. Esa confrontación generacional es algo que surge sobre todo a raíz de la revolución de la música rock en los 60. En España se agudiza porque, con la dictadura, la copla y la canción tradicional ligera seguían siendo muy preponderantes socialmente. Además, hay una segunda revolución importante con la llegada del punk y el acceso a la música de gente con menor formación, pero que pronto, bien abandonan, bien evolucionan (nunca olvidemos la conversación entre Robert Fripp y Joe Strummer en el que éste último se quejaba de que le aburría lo de siempre y los fans no les dejaban probar cosas más interesantes, ni la distancia brutal de los primeros discos de mucho New Romantic y lo que hicieron después). No como los reguetoneros que llevan haciendo lo mismo más de una década. Por ahora, no he visto a muchos hacer lo de Johnny Rotten evolucionando hacia Public Image Limited. No es lo mismo lo sencillo que la simpleza, y eso es algo que el reguetojuno no parece entender.

Una persona que ronde los cuarenta y tantos tiene padres que probablemente vivieron entre canción popular y pop a lo Fórmula V. Y no olvidemos que la mayoría de la gente, aunque sea duro decirlo, NO es musical. Les gustan las canciones de su infancia por pura nostalgia. Pero los que siguen queriendo indagar generalmente ya en esa generación (la mía) aceptaban lo nuevo. Mi primer disco de Dire Straits fue de mi tío que ahora anda por los setenta y pico, mi madre hacía deporte con Rick Astley y sólo era mi abuelo, un señor de la posguerra, el que torcía el gesto a lo que yo escuchaba. Que no era precisamente ‘Saturday Night’, sino más bien Battiato, Pet Shop Boys y Erasure. Y en el último caso creo que había más bien… preocupación. Por su parte, el padre de Vicisitud (y Santo Patrón de ente bloj) le ponía siempre Modern Talking, lo cual explica que se volviera metalero. No por confrontación con generaciones anteriores, sino porque el pelassso de Thomas Anders es el verdadero camino a la permanente de David Lee Roth.

Si vamos a décadas posteriores, la cosa ya se nubla mucho más. Un treintañero tendrá, según cuando fueran concebidos, padres que vivieron ya los 80 y no me veo a uno de ellos precisamente quejándose por el plagio homenaje de The Weekend y Harry Styles a A-Ha (a propósito: una versión buena e inteligente de esos dos plagios pastiches es el último single de Riverside, que pongo aquí porque me apetece y porque demuestra que se puede hacer una canción con ecos del pasado sin necesidad de que pensemos que alguien debería llamar a sus abogados)

El mundo está lleno de señoras de 50 que escuchan reguetón mientras consumen ingentes cantidades de cocaína con sus amigas. Esto es una verdad incómoda que no leerás en Newtral. Pero es más interesante otra consideración:

Mientras que yo hago un hombre de paja, ellos cometen una falacia más malandrina: toman la parte por el todo. Dicen que el reguetón es “La música de los hijos”.

Perdón, pero no.

Es la música que entra en el top 50 de Spotify a golpe de billetes. La plataforma no paga una mierda a no ser que se alcancen muchísimas reproducciones y todas estas listas editorializadas las controlan, como he dicho, tres compañías que ya no toman ningún riesgo. Pillan artistas según tik tok, les cuelgan con una deuda en promoción de miles de dólares que tienen que devolver y ya está. Ese es su curro. Y que sean cortitas, que así se reproducen más. Total, un poco menos de una tercera parte de los ingresos de esa plataforma y otras irá para ellos.

Mientras tanto, hay miles y miles de músicos escondidos por ahí. El que la informática, al igual que pasó con la revolución del sintetizador a finales de los 70, haya hecho que mucha gente tenga acceso fácil a grabar música supone que existe más variedad y cantidad de discos que nunca. El problema, al igual que pasa con las plataformas de televisión, es el acceso a ella. Y no toda la chavalería escucha ese top 50. Sólo que las reproducciones del resto se dispersan. De entrada, tienen toda una larga historia de la música popular que explorar que generaciones previas a internet no podían alcanzar. Eso explica los éxitos brutales de Queen o ‘In The Air Tonight’ tras la correspondiente película o vídeo viral. Pero también que los artistas que no interesan tanto a las majors tienen la audiencia más difícil de encontrar.

Sin ir más lejos, un día andaba yo hablando por instagram con quien pensaba que era un tipo de 40 tacos (no le seguía y su nombre era un apodo neutro) sobre música celta. Y, tras varios días, durante una charla especialmente larga (yo hablo por redes con todos los que me escriben), me doy cuenta de que… es una chica de 16 años. Dile a ella, que va de Phil Cunningham a Oldfield que el reguetón es ‘SU MÚSICA’.

O igual está escuchando otra persona joven a Weyes Blood o Aurora, dos de los mejores ejemplos de pop actual. O es fan de Taylor Swift, que es mucho más interesante como compositora que bastantes grupos de fama de los 80 o los 90. El caso es que el mundo también está lleno de formaciones jóvenes que unen en admiración a gente de 20 y de 50. Es, por ejemplo, una edad de oro para el metal. También está surgiendo un pop muy decente como en los dos ejemplos que he puesto.

Es, por lo tanto, una generalización de mierda nacida de que el infragénero es más ubicuo de lo que era la música de baile de la ruta del bakalao hace décadas. Pero simplemente porque en el supermercado no se escucha la variedad que hubo y, sobre todo, hay. Y el reguetojuno piensa que soltando esa frase parece más inteligente y progre. No: lo único progre que me interesa es la liberación del proletariado con un reparto equitativo de la plusvalía y el último de Yes, y ya ni eso, porque menudo desastre han hecho.

2.- El crítico que realmente se convence de que es música interesante

Éste gana el premio Darwin de la década. ¿Recordáis esos tiempos en los que las reseñas de música hablaban de “Cotton Eye Joe” y Paco Pil citando a Faulkner (porque en este país siempre hemos sido mucho de Hans Magnus Enzensberger, pero también de Faulkner)? ¿No os da ternura recordad cuando se hablaba de “el sorprendente minimalismo lírico unido a las influencias de EDM y Trance del himno generacional convertido en una nueva oda al hedonismo que habría complacido a Kerouac de ‘La Tía Enriqueta’”? Pues claro que no, porque eso no existió. Los críticos andaban hablando de Nirvana o, años antes, de Kraftwerk, Roxy Music o lo que fuera que les apeteciera escoger porque les apeteciera más. Pero ahora muchos realmente, en un ejercicio de auto engaño al nivel de un votante del PP pensando que M. Rajoy significa “Mauricio Rajoy”, se convencen de que hay algo de interés en la mierda.

El argumento ad populum, que yo siempre he conocido como “La caca es buena: miles de moscas no pueden estar equivocada” es algo que no suele colar, así que esta gente tiene que engalanar sus textos con un sobre análisis que, si se estira más, les da una luxación de falange. En el fondo saben que es un estilo demasiado popular demasiado masivo y no pueden estar fuera de LO QUE MOLA. Como nominar ‘Avatardos: Camino del Váter’ a premios, hay que hacer guiños al público extense. Porque los críticos musicales siempre han tenido una formación musical similar al nivel de estudios en literatura de Quevedo, que ni sabía quién era el escritor ese con el que le comparaban por el nombre. Pero, en algún momento, decidieron que el indie no vendía tanto y que unos cuantos guiños al perreo le podrían dar cierto credo en la calle que les traiga lo que más importa hoy en día: el aplauso de mucho público en las redes sociales.

Casi los prefería cuando defendían al bocachancla de Morrissey. CASI.

3.- El defensor social que quiere frungir

Yo estoy muy a favor de querer follar. También de realmente follar. Otro tema es hasta donde te tienes que rebajar para conseguirlo. Hay mucho señor mayor que, para llamar la atención de las jóvenes, se pone a decir que cómo mola el perreo. Vamos, el meme:

“Lo mejor de Bullet Train es que demuestra que Bad Bunny es un artista multidisciplinar”

Alguien me comentaba hace poco que yo condenaba el reguetón y el trap por ser música de folgar. Nada más lejos de la realidad. A mí me parece bien que te restrieguen el culete en el cibel. De hecho, el Defensor Frungidor te dirá que sólo es una versión actualizada del Sexo Drojas y Rock And Roll y que por eso es criticado por retrógrados de manera cínica.

Dejemos de lado el que sea una música generalmente con letras muy machistas y tóxicas dentro del texto principal de hacer la prespitación. Este artículo NO va de analizar por qué estos géneros son mierda: desde el principio se da por supuesto. El caso es que canciones sobre el foshar ha habido desde siempre. Con más sutileza, claro, pero sin ellas no existiría David Lee Roth. Feck: ‘Summer of the 69’ de Bryan Adams, como ya he dicho en alguna ocasión, no se desarrolla en 1969. Que nunca han sido lo mío, pero si me fuerzan a elegir, me quedo con “Touch my gun. But don’t pull my trigger” antes que «A ella le gusta que le den duro y se la coman / A ella le gusta que le den duro y se la coman / Y es que yo quiero la combi completa ¡Qué! chocha, culo y teta”. Llamadme loco, pero si vamos a defender lo segundo, más nos vale también hacerlo con “La tetita” de Wendy Sulca, que al menos tiene un trabajo más interesante de arpa que darle a un puto botón del FL Studio.

El defensor social quiere congraciarse con ‘la shavalería’ huyendo del hecho de que ya no tiene 17 años. Para ello te dice que eres un conservador por no aceptar el sexo. Cuando le señalas que siempre ha habido follamiento en las canciones, te regateará y saldrá con una excusa mucho peor para seguir buscando el aplauso de la última borracha del bar a la que mejor le debería pedir el carnet antes de irse:

“Es que eres racista si no te gusta”

No, perdón. Esto no gusta porque es mierda, no porque sea nada de uno de los países más prósperos de Latinoamérica. El victimismo es el arma de cambio de las redes sociales y, en general, de toda la historia de la humanidad. Sin él, no existiría VOX ni ningún nacionalismo. Así que, para justificarse, tampoco dudarán de echar mano de la otra gran frase oligofrénica:

“Es que es la música de la calle, y si no te gusta eres elitista y facha”.

¿Sabéis lo que es realmente la música de izquierdas? La sueca. ¿Por qué ese país tan pequeño ha dado tantos grupos y tantos de ellos de éxito, desde Abba hasta Europe pasando por Max Martin, que dominó dos décadas de música pop? Por una política de promoción de la música en las escuelas públicas en las que incluso puedes alquilar instrumentos por poco dinero. Y el Ministerio de Cultura a través del Tatens Kulturråd subvenciona todo tipo de expresión musical.

Por otro lado, los reguetoneros y traperos de más éxito usan programas y apps de grandes empresas y se dejan explotar por grandes multinacionales. No digo que eso sea algo inherentemente derechón, puesto que todos participamos del capitalismo (mi lista de los deseos de Amazon está en mi bio de Twitter, gracias) pero dime tú quién nace de una política más igualitaria. Que, por otro lado, es también una gran mentira. Lo de ‘sentimiento urbano’ me valía un poco cuando se defendía cierto rap pueril pero sincero que hablaba de temas sociales. Incluso el punk era así. Aquí estamos hablando de maravillas como “Me pide leche (me pide leche)/ Y en la boca se la doy/ Pero no te apeches/ Que tú no sabes quién yo soy”. Esa no es la música de LA CALLE: más bien parece de los Borbones. Qué cojones: si ya se tiene lo de cantar con voz de gangoso, habría que sacar un disco con El Emérito cantando sus experiencias sexuales y las de todos sus ancestros. Por favor, imaginad la voz de Juancar diciendo:

Yo quería una veLga gLande como la de Fernando (eh, eh) / Pa’ destrozarte el totito y dejaLte pateando (eh, eh) / Lo siento mucho, no te volveré a amal / Polque ere’ una perra y yo me regreso a Qatal

Así que, escondiéndose en supuestas tendencias políticas progresistas, el reguetojuno sólo está ocultando sus ganas de, como decían ZZ TOP, dejarle a una señora un collar de perlas. Que viene a ser una variación del dónde depositar tu vileza sobre una mujer, pero dicho con más gracia. El autoengaño más molesto de todos porque además intenta justificar su huida hacia adelante con el también muy actual “la culpa es de otro”. Es de los que va a conferencias sobre reguetón e izquierdas y asiente a charlas sobre “Resignificar tu perreo” para luego quedar con una chica para bailar pero respetándola mucho, que él es un hombre de mundo.

PIE: Sobre el autoengaño de un sector seudo progresista con este tema hablamos en otro momento. Y ese momento es nunca.

4.- El bienintencionado que vive y deja vivir

Este último me parece el más decente. Simplemente, como dije al principio, quiere que «dejemos a los chavales que camelen» y ven con cierta incomodidad cómo, según ellos, se desprecia una cultura de masas desde un punto de vista elitista. Pero la clave es que no es elitismo. Ya he dicho que sencillez no es lo mismo que simpleza. El bienintencionado falla al no hacerse una pregunta comparativa:

¿Por qué nadie tiene problemas en decir que ‘Los Anillos del Poder’ es una mierda, pero cuando se toca el reguetón o el trap salta con que se está siendo elitista? Como ya dije en mi artículo sobre La Teoría de los Valores, soy tremendamente relativista a la hora del juicio de gusto, pero la mierda es mierda. Hay cosas mal hechas. Sobre lo que este reguetojuno tiene que reflexionar es por qué no tiene problemas con cagarse en redes en la serie de ‘Willow’ o en «Star Wars: La Risa de Skywalker», pero se pone alerta como un monaguillo en un congreso de curas en cuanto se nombra la música. Es sencillo: porque se ha vendido por parte de los tres anteriores grupos de reguetojunos y las empresas que los apoyan que si dices algo en contra de esto es que eres más malo que Putin. Eres elitista, racista, retrógrado y sacrificas niños a satán. Lo cual es absurdo: todos sabemos que lo peor que se le puede hacer a un niño es ponerle Caillou.

Puto Caillou…

Además, nadie te obliga a ver ‘Los anillos del poder’ ni ‘Morbius’. Hasta en el tren puedes ponerte a leer. Pero si estás haciendo la compra te tienes que comer estas agresiones que hacen que, por supuesto, tu vida sea un infierno. Como dice Vicisitud: «Yo votaba a un partido que pusiese una subvención al 100% en los cascos bluetooth y un impuesto del 1.000.000.000% en los altavoces bluetooth».

 

Resumiendo: como dijo el gran Cañita Brava, llevo unos años asistiendo a un espectáculo BOCHERNOSO en el que el meme del Señor Burns con gorra se convierte en realidad cada día en redes sociales. Pero, claro: eso me pasa por leer twitter, que es un pozo de inmundicia. Porque las reseñas de música hace tiempo que me parecieron una mierda y lo de los premios musicales tiene el mismo prestigio que un Globo de Oro. La suerte es que esto pasará tarde o temprano, dado que las generaciones cambian y, con suerte, la industria de la música también. Nadie sabe si esta concentración brutal seguirá, si los artistas romperán con el modelo de Spotify o si vendrá cualquier otra red social que ponga de moda músicas un poco menos vergonzosas. Lo que podéis dar por sentado es que, si alguna de las nuevas corrientes alcanza suficiente popularidad, habrá una legión de gente que hoy en día tiene 20 que en 15 años andará intentando retroceder a sus años de mayor retraso mental (la adolescencia) para no asumir que a todos se nos pasa el arroz y, lo que es peor, se nos quedan crudas las patatas que has hecho en la air fryer para almorzar por aquello de no engordar.

Creo que lo que necesitan todos los reguetojunos es comprarse una air fryer y aceptar que tarde o temprano acabarán pidiendo un bitter kas con un sandwich mixto en la cafetería de El Corte Inglés mientras escuchan cosas que realmente les gusta sin importarles demasiado pontificar en redes sociales. Porque, con suerte, Twitter habrá petado también como su maltrecho ego.

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