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Guías turísticas para sórdidos: El Garlochí

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Cuando me fui a vivir a Sevilla descubrí tres cosas muy importantes para mi vida: Que hay lugares en el mundo en los que julio o agosto son tan incompatibles con la vida humana como establecer una parcela en las afueras de un cráter en Venus, que existen chavales de 12 años que discuten sobre qué marcha procesional mola más en pleno Puente de Triana y que había un bar en el que estaba colgado un cuadro de La Macarena toreando una vaquilla.

Algunos dirán “kitsch”. Yo digo “Sordidez Sincera”. Porque la gracia de Sevilla, aparte de ser uno de los lugares del mundo en los que mejor se vive durante 9 meses del año, es que está plagado de sitios que deberían ser de peregrinación obligada a cualquiera que lleve siguiendo ente bloj desde hace años, porque hay mucha chunguez, sí, pero en ningún caso es prefabricada. Y eso es lo que nos gusta. Por ejemplo, el mosaico en el lateral de la Iglesia de La Macarena con una pintura de la Virgen que tiene la cara que parece maquillada por la pistola de Homer o recién sacada de la carátula del VHS del clásico ochentero “New Wave Hookers”. Eso sí: no recomiendo estar entre cientos de personas esperando a que salga el paso procesional y hacer en voz alta a tu madre la observación de “Hostias, ahí la Macarena está pintada como una puta”, porque, aunque el mundo sea un lugar a veces un poco triste, no está mal conservar la vida y ser apaleado por decenas de fieles no tiene que sentar bien a mi bazo.

Pero, miedo por la integridad física aparte, creo que todo sórdido tiene que ir a Sevilla al menos una vez en la vida. Al igual que La Meca, hace mucho calor, está llena de fanáticos religiosos que a veces andan muy lento cerca de objetos religiosos y se llega en AVE, pero, al contrario que la ciudad árabe, tiene el sitio donde se rodó parte de ‘Lawrence de Arabia’, ‘El Ataque de los Clones’ y, más importante, ‘Nadie Conoce a Nadie’, por lo que puede ser peregrinación tanto para aficionados al cine y como para masoquistas del cine.

Y, además, tiene El Garlochí.

Plano se congela: “Os preguntaréis cómo llegué aquí. Todo empezó unos días antes…”

Tras una CutreCon muy tensa, me tomé mi pasado periplo a Sevilla como unas mini vacaciones de la realidad. Lo que no sabía es que no viajé a un mundo de fantasía y evasión de la dura realidad, sino a la Narnia de la sordidez y el horror vacui. Ángel Codón, Juan Pérez y yo viajamos a la Híspalis (lugar reconocido mundialmente por ser donde nació el recientemente fallecido Pascual González, también conocido como EL MEJOR BIGOTÓN DE LA MÚSICA) para proyectar una película, hacer una charla y, principalmente, quedar con un grupo de amigos y amigas que se ha creado allí alrededor de oyentes de TdC. Y porque uno de ellos nos da unos molletes la hostia de buenos. Ello indica que se nos gana por la tripa, pero también por la sordidez. Porque cuando dijimos que había que ir al centro a tomar unas copas (ellos, que yo sigo a pastillas contraindicadas con el alcojol) alguien dijo claramente: EL GARLOCHÍ.

Sólo el penitente pasará. Y cinco ateos con ganas de cachondeo.

Al llegar lo primero que llama la atención es un señor de unos 122 años, elegante y con pinta de oler de puta madre, de pie en la puerta: nuestro nuevo héroe Miguel Fragoso. Una de esas personas a las que no puedes concebir hablar de otra manera que de usted y con un reverencial respeto. Controlando el lugar como si fuera el Stanley Kubrick de los dueños de bares. A nosotros nos dejó pasar por delante de otro grupo de personas, porque al fin y al cabo la barba blanca mía y de otro de nuestros acompañantes (que, increíblemente, también se parece a Christoph Waltz pero no a mí, creando así una disociación espacio temporal que probablemente haya creado una grieta en el espaciotiempo) da cierto aire de seriedad y saber estar.

Si habláramos de otro bar, diría que al entrar te llama la atención la parroquia de capillitas (hoy en día llamados ‘Cayetanos’) que se agolpa dentro del ‘Corazón’ (pues eso viene a significar el nombre del bar en caló). Pero no. Quizá por la especial herencia islámica y barroca de Sevilla, quizá porque Miguel tiene cenofobia, quizá por no tener que pintar la pared cada dos años, aquello es un homenaje al horror vacui.

Lo primero que llama la atención es que la barra del bar está bajo palio. Esto es, como si fuera un paso procesional. Algunos se lo tomarían como una aberración hereje. Pero esos algunos no conocen cómo se vive la religión en Sevilla. Esto es, si la devoción casi idólatra está presente en todo lo que haces en tu vida, ¿por qué no en un bar? En un lugar en el que muchos hogares tienen el ‘Dios bendiga cada rincón de esta casa’, ¿por qué no llenar de imaginería capillita cada segundo de la vida, desde el ocio hasta ir al baño? Escobillas para el retrete con forma de crucifijo: Os estoy dando la idea de un negocio millonario.

Siguiendo la misma lógica de meter la religión en todo como si de un parque temático se tratase, en dicha barra sirven un mejunje llamado “La sangre de cristo”, que mezcla whisky, champán, granadina y una posterior cagalera muy rara. Porque eso estoy seguro que te purga el espíritu, pero también el cuerpo. Mucha gente piensa que es un poco sacrílego ponerle ese nombre a un cóctel, pero yo digo que no tienen ni puta idea de esa maravillosa forma de vivir la devoción católica de manera tan sincera que la quieres mezclar hasta con Ballantine’s. ¿Por qué no? Joder, que como ateo total siempre me ha llamado la atención lo idólatra que es toda una religión que tiene en su Biblia una historia ESPECÍFICAMENTE dedicada a no serlo, pero que luego les da igual. Por lo tanto, admiro que la falta de control de la decoración se traduzca también en un de perdidos al río en cuanto todo lo demás que se ofrece. No hay nada peor que adorar a una talla, pero luego escandalizarse con el Garlochí. Total: ambos son idólatras, pero Miguel lo es desde el corazón y la devoción total a su frikismo. Porque si lo pensáis, eso es la religión: un frikismo más que, al igual que el de los cómics, tiene su buena gente y sus peligrosos fans de Snyder que se lo toman demasiado en serio. Fragoso demuestra HAMOR real. Y yo eso lo aplaudo.

Por supuesto, el lugar se ha convertido en un sitio de peregrinación de todo aquel que visita la ciudad buscando lo que, y ya lo digo, es la esencia real de Sevilla. Vale que a mi izquierda había un grupo de votantes de Vox entre los que se encontraba uno de esos con tanta gomina que se podría freír ahí una bolsa entera de patatas y otro de esos con tanto pelo a lo capillitafro que se cae al suelo y lo protege de (otro) derrame cerebral más que un casco, pero estando en el Garlochí no te puedes enfadar por esa compañía. Primero porque el dueño controla que no griten demasiado y con la firmeza de un padre amable les invita a bajar el tono de una manera que inspira más respeto que si este hombre anciano de 1’65 fuera un bosnio mazado de 1’90. Los pijillos se callaron porque a Miguel SE LE RESPETA. En segundo lugar porque puedes pasar el rato embobado con esta Capilla Sixtina que haría que John Waters muriera de amor. Lo primero que nos llamó la atención fue un cuadro de un niño que parecía Felipe González.

Pero si os fijáis, alrededor empiezan a aparecer imágenes más gloriosas.

Sí, ese es el mismísimo YULIO IGLESIAS.

Sí, esa es la mismísima ELENA DE BORBÓN, que tiene sentido del humor y tiene gran fuerza en su interior… vale, paro, que, algunos ya sabéis a lo que me refiero. Pero para el resto:

Alrededor del cuadro también hay cartas enmarcadas de Marichalar y, como no, de Antonio Burgos, un hombre que, al contrario que Miguel, estoy seguro que huele a Brummel y orín. Aunque no he de ser cruel con él: durante años antes de que se incorporara a la búsqueda de Google usé su web para ver cuándo caía cada año la Semana Santa para programar las pelis ad hoc dado que tenía un calendario que llegaba hasta alrededor de 2030.

Por supuesto, el bar era sitio de encuentro entre el dueño y la Duquesa de Alba, a la cual le pintó un retrato en el que está irreconocible para los que vivimos su época de máscara de ‘Al Ataque’. Pero lo mejor es que es… ¡un lienzo en 3D! Sí: de su rostro sale una mantilla de ganchillo que quedaría de puta madre encima de una tele de tubo con un muñeco de flamenca encima.

Esto de ser encuentro de famosetes ha llevado a que entes extraños como Madonna y gente de bien como Uma Thurman lo hayan visitado. De hecho, Uma se enamoró tanto del lugar que hasta se hizo una foto disfrazada de vírgen, la cual, una vez más, creó polémica entre esa gente que se queda a medio camino entre lo más tonto de la religión y el abrazar todo el horterismo que tiene el catolicismo como debe hacer todo creyente de bien.

Todo mi respeto a la Thurman gracias a esta foto. A mi lista de actrices favoritas YA.

Porque esa es la esencia del Garlochí: el ser desaforadamente apasionado con tu frikismo y abrazar su sordidez con pasión y, por supuesto, corazón. Que por algo está en el nombre del bar. Dadme mil Miguel Fragoso antes que cualquier obispo que pone el grito en el cielo ante el que alguien llame a una bebida ‘La Sangre de Cristo’, pero que luego se santigua ante una estatua de un señor torturado. No, joer: si vas a idolatrar, go all the way y con alegría de vivir. Abraza la estética que siglos de evolución ha creado hasta que, cuando no quede ni un espacio libre, hagas de Uma Thurman una obra de arte en medio del bar. Más de lo que ya es, claro.

Sed Miguel. E id al Garlochí. Para Codón, Juan y para mí es desde ya visita obligatoria cada vez que nos bajemos a Sevilla. Y la próxima vez, veremos si puedo beber un poco más de eso de ‘La Sangre de Cristo’ y hacer otro artículo contándoos de qué color sale la cosa por abajo una vez consumida.

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