cultura

Comer el potorro: un acto de dogmático amor y respeto

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Dado que mi último artículo ha estado lleno de pollas y que había en el pasado una tradición en esta web de hacer varios posts unidos por un mismo tema, creo que es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, hablar de potorros.

No de coños, por dios. Que todos sabemos que pudiendo usar una palabra trisílaba, ¿por qué contentarse con una bisílaba? Una palabra larga se disfruta más y hace que te relamas al pronunciarla. Porque hoy vamos a hablar de lamer, claro. Así que me quedo con “potorro” o lo que muchos conocen como “horror lovecraftiano de las profundidades del abismo”. Y es que nuestra cultura siempre ha imbuido al potorro de un halo de misterio. Que no es casual que H.R. (Humano Retorcido) Giger diseñara la nave del arranque de Alien con puertas con forma de chirri. La entrepierna femenina es un mundo de exploración que da alegría y ganas de vivir, se tenga la edad que se tenga. La aventura tiene un nombre y ese nombre es “Indiana Jones y el Reino del Potorro”. Que digo yo, como gran defensor del sexo en la tercera edad, que habría sido mucho mejor película que la Calavera de Cristal.

Y es que, como dijo el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, “El gusto por el coño es un asunto de madurez (…) Es un gusto puro, como lo más puro”. Alguno añadiría que “para meter el puro”, pero NO. Hoy esto va de comer, no de hacer el fornicio. Porque, amigos y amigas: hay otras cosas que hacer con un potorro. Cosas bonitas. Cosas que al principio pueden dar miedo, pero que, con el tiempo, acaban gustando como la cerveza, el té con bergamota o el cine de Albert Pyun.

Pero lanzarse con abandono a comer potorro no es solo una empresa lúdica que muchos inexplicablemente rehúyen: es un acto de dogmático amor y respeto. La prueba es que, cuando en Magnolia nos quisieron poner a Tom Cruise diciendo gilipolleces, su frase era “Domad el coño”.

En la imágen: un íncel bajito

No. Error. Mal. Nuestro dogma como sórdidos de bien es precisamente amar el coño. Si lo tienes, pues porque lleva toda la vida contigo y, joder, hay que cuidar el cuerpo de una misma. Sí, lo tengas o no, te causa ganas de, como diría el gran pensador Barragán, “hacer El Ñoco Ñoco”, hay que amarlo y respetarlo. Porque la verdadera felicidad no está en domar nada, sino en estar al mismo nivel. Y ese nivel es, concretamente, con tu cabeza entre las piernas.

Porque aquí he venido a hablar de uno de los mejores ejercicios festivos que se puedan hacer en esta vida: comer un potorro. Y, como Vicisitud y Sordidez es, a veces, muy pocas veces, raramente, casi nunca, un blog de servicio público, os voy a contar cómo hay que comer una patata. Cómo lamer un conejo.

Lo primero: esto no se trata de alimento. Así que borrad ahora mismo esos dos símiles de zampa. Que luego hay gente que piensa que “comer el coño” es algo literal y son capaces hasta de ponerse babero y coger cuchillo y tenedor. No seáis bestias, porque las dos primeras reglas a la hora de bucear ahí son:

Nunca morder. No es la hora de la merendola. Es el momento del día de la diversión, pero tanta metáfora alimenticia ha hecho mucho daño. ¿Os gustaría que os mordieran la polla? Pues los labios del chirri TAMPOCO. Que mira que sois brutos. Dejad de creeros el porno.
No soplar. Parece una tontada, pero hay gente tan torpe que se cree que si está la cosa caliente aquello se arregla como un trozo de pizza recién hecha. Es, de hecho, peligroso.

“Pero no soples, CHUPA”

Es muy importante que tengáis en cuenta que el cuni… cunnil… cunilig… que la comida de potorro no es un medio para un fin. Esto es como hacer una película o correr las 24 horas de Le Mans: si te pones a ello, estás a eso y objetivos ulteriores deben de dejar de existir en tu cabeza. Como decía el sabio gaditano, “hemos venido / a empotorrarnos / y el resultado nos da igual”. No se trata de un trámite como darte de alta de autónomo: es el trabajo en sí. Sé que puede dar miedo, porque ahí hay más pliegues y recovecos que las piernas del muñeco de los marshmallows, pero os aseguro que tampoco necesitáis Google Maps para manejaros por ahí.

Pero Paco, me diréis: ¿Qué vas a saber tú de eso, si tienes la misma capacidad para atraer a las mujeres que una convención de escritores de novela cipotuda? Pues no me creáis. Pero leed y probad mis consejos. Lo mismo, solo lo mismo, solo quizá, sé de lo que hablo. Porque yo soy un ONVRE leído e instruido, y eso cubre desde la discografía de todo el folk progresivo del mundo hasta lo que nos ocupa ahora.

Lo primero y más importante que debéis saber es que hay que ponerse en faena con alegría y ganas de diversión. Nadie consiguió pasarlo bien entrando a un club de monólogos con ganas de gritarle al cómico y salirse cuanto antes. Lo segundo es que, si tenéis barba (bien) o bigote (MUY bien), quizá sea un plus de lo que yo llamo “hipótesis efecto cepillo”, o quizá no, pero desde luego que es importante que a continuación os lavéis con jabón, porque podéis dejar una golor importante en la mascarilla (sí: para generaciones futuras, escribo esto en una época de pandemia en la que la gente, en lugar de cuniligüear, pasa el tiempo de soledad escribiendo sobre ello. Soy triste)

Segundo, que hay que ser firme pero suave. Sé que esto suena a lo mismo que decir que te apetece beber ocho (rima) cervezas pero luego no emborracharte ni tener gases, pero es posible. Pensad que vuestra lengua no es una lanza ni está tan dura como lo que tienes en ese momento en la entrepierna si eres hombre: se puede lamer con firmeza, pero dejándola laxa como la moralidad del que esto escribe. Relájala, pero aplícala con firmeza. Pensad en que sois Gene Simmons, pero con anestesia de dentista en la boca. Vamos: que pongáis cara de imbéciles. Total, no te van a ver ahí abajo.

En tercer lugar, hay un órgano glorioso que muchos desconocen pero que es todo magia: el trítoris. Y yo le llamo así porque da triple diversión: gustirrinín, a veces orgasmo clitoral y, por supuesto, el espectáculo festivo de ser mujer y quedar con alguien que notas que lleva tres minutos intentando buscarlo. Pues bien: el trítoris está en un sitio. Que no os lo voy a decir, cojones. Que internet existe y posiblemente “clítoris donde cojones está eso” sea lo más buscado en google a nivel mundial después de “Juan Manuel de Prada Nude”.

(Inciso: me he vuelto a hacer fan de Juan Manuel desde su maravilloso cameo en la peli de Norberto Ramos “¡Ni te me acerques!” y de saber que los anarcocapitalistas del Opus y los Kikos le odian por ser cristiano fan de Bergoglio, el Papa que mola más a los ateos que a los relirrancios)

Pues ahora viene la chorprecha:

No os obsesionéis con el clítoris. Quizir: es importante, pero vamos al mayor consejo que os van a dar en vuestra vida sexual por encima de “mantened una excelente higiene bucal”:

Cada persona es un mundo a la hora del sexo.

Así que hay mujeres a las que les encanta un ataque directo a la protuberancia en cuestión, pero algunas requieren más delicadeza e incluso que no haya contacto directo. Es vuestro trabajo averiguarlo con paciencia, alegría y atención. Pensad en la comida churrial como si entrarais en una habitación en una mazmorra de D&D. ¿Os iríais directamente hacia el cofre del tesoro sin hacer antes tirada de percepción y explorar el entorno? ¡Pues claro que no!

¡No hay trampas!

Y es que tampoco hay que lanzarse del tirón al botoncito de la risa. ¡Hay todo un mundo de pliegues por explorar! Date un paseo por los alrededores: el interior de los muslos es un gran sitio para echar un rato corto, pero tampoco te pares a hacer fotos, que quedaría raro y rompería la magia del momento. Luego están los labios externos e internos, un buen lugar para ejercitar la lengua, lo cual logra un doble propósito: preparar el trabajo principal y entrenar para pronunciar mejor el suajili.

Cuando notes que la buena mujer te pida una acción más directa, ya puedes atacar alrededor del clítoris. Primero dando un rodeo con giros de lengua por la piel de encima, pero si ves que la cosa admite un ataque más directo, no llames a El Equipo A: con ir tú solo y con cuidado, ya vale. Recuerda: con suavidad pero firmeza, esa paradoja que hace que lo del Gato de Schrodinger parezca obvio y lógico. Pero en el fondo es muy fácil. No olvides que el porno es mentira, y lo de mover sólo la puntita rígida en el trítoris es una soberana gilipollez que se hace para que quede todo a la vista en cámara. ¡Meta usted bien la boca ahí, por el amor de Dios, que la cosa es que eso esté mojado!

Ahí ya puedes dejar espacio para la improvisación, siempre mirando qué es lo que causa más aplauso. Y con aplauso me refiero a gemidos y tal, aunque si alguna mujer empieza a aplaudir de alegría en medio de una comida, oye: cásate con ella, porque seguro que es la risa de señora. Una técnica muy adecuada es, después de suaves lametones en la zona del trítoris, dar otros lametones largos a lo pirulo tropical que recorran toda la vulva de abajo a arriba hasta la parte sensible.

Cuando notes que aquello está más húmedo que Vigo en Otoño, toca el momento de usar las manos. Recuerda que con ellas has podido coger pandeiro o acariciar muslámen (palabra muy Pasapoga Ranciofact, pero que me gusta), pero ahora es momento de usar el, en palabras inmortales de El Sargento de Hierro, “el dedo con el que le haces pajillas a tu novia”.

Es mejor que ‘La Chaqueta Metálica’ y lo sabéis.

Empieza con un dedo, pero sólo si notáis que es bien recibido como un cantante de flamenco en La Voz. Eso sí: del revés. Porque es importante poder hacer curva con él hacia arriba.¿Por qué? Pues resulta que justo más o menos donde llega la falange distal (añado el tecnicismo anatómico porque poner la palabra ‘falange’ en un artículo tan alegre como éste me da grima) viene a estar, en la parte superior de la vagina, el monte de Venus, que, como su propio nombre indica, es una especie de colina de la felicidad que también se puede estimular para que la fiesta sea más completa. De ahí la importancia de arquear el índice como si tuvieras las manos de Bill Nighy.

¿A que nunca os habíais fijado que tiene los dedos de las manos arqueados? Siempre lo he dicho: MITO SEXUAL.

Opcionalmente, se pueden unir al cachondeo el dedo corazón en un dueto que ni Simon y Garfunkel, pero eso dependerá de lo que le guste a la señora. Amarna Miller, gran fuente de información en este tema y de mis conocimientos sobre él, me comentó lo de los dos dedos como algo muy deseable, pero, como con lo de que si la tortilla lleva o no cebolla, no todo el mundo está de acuerdo.

(Nota importante: NO LA LLEVA).

A partir de ahí, si ves que el dedo funciona y es agradecido, siga usted lamiendo y usándolo. ¿Cómo? ¡TODOS JUNTOS!

CON DELICADEZA PERO FIRMEZA.

Aquí ya, como la cosa está ya, con suerte, ida de madre y todo se ha convertido en una fantasía, se puede improvisar como el free jazz, pero sin que sea un aburrimiento y sin dejar de lamer en ningún momento. También puedes hacer una cosa a lo que no mucha gente está acostumbrada: atender a las indicaciones de la chica, mujer o señora mayor para que pueda llegar al orgasmo con comodidad.

Y digo señora mayor porque, una vez más, hay que defender a capa y espada que una escena con Harrison Ford dándole a la entrepierna con Karen Allen habría sido muchísimo mejor que lo de Shia LaBoeaouaf haciendo de Tarzán.

Si todo va bien, habrá orgamo. Si todo va excelente, habrá tal orgasmo que te vas a tener que lavar la barba con Pato WC. Pero si no lo hay, tampoco pasa nada, porque lo importante es la diversión. La aventura. Y, sobre todo, seguir mi dogma sobre los coños: ámalos y respétalos. No hay otra opción posible para una vida sexual de albricias y jolgorios.

Así que aquí acaba este segundo artículo de la serie “Paco se pone a escribir de guarreridas en lugar de cine y música”. Creo que con esto será suficiente, pero nunca se sabe. Que siempre se puede hacer un top de decorados juarrosexuales en la historia del cine.

David, sales a escena.

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