personal

Momento blog: de ojales y bondades

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Esta semana he podido por fin decir algo que hace mucho que quería declamar en voz alta. No, no ha sido “Soy gay” como muchos conocidos esperan de mí (aproximadamente una vez al mes alguien se sorprende de que sea heterosexual), sino la frase inmortal:

Sólo me duele al comprimir el esfínter después de cada micción”.

Y es que, por si alguien no se dio cuenta tras leer mi último post plagado de comentarios sobre el orto, he tenido problemas de asterisco que me han llevado a pasar 24 horas en un hospital, tiempo en el cual he descubierto dos cosas importantes sobre mí:

La primera es que me gusta hablar en lenguaje técnico a la hora de comentar asuntos escatológicos. Es divertidísimo decir ‘defecar’, ‘miccionar’ o, por supuesto, ‘mucosa del ano’.

En la foto, nada. En vuestra mente ahora, EL HORROR.

La segunda es que drogado soy buena persona. Todos tenemos miedo a saber cómo reaccionamos intoxicados y yo nunca me he emborrachado ni me he drogado. La última vez que estuve bajo los efectos de la anestesia me comentó Vicisitud que empecé a decirle a un señor que me regañó por explicar a oídos de su mujer con exquisitos detalles los pedos que me estaba tirando tras la colonoscopia “Usted es un mierda”. Él respondió que nos fuéramos a la calle, ante lo cual parece ser que le contesté: “Esto lo haces para hacerte el chulo delante de tu mujer, pero en realidad eres un mierda y sabes que no vamos a salir a ningún lado”.

Y no se salió, claro. Mi evaluación fue correcta. Pero eso implicó que me preguntara que si no soy secretamente un Hulk cabroncete una vez quitados los filtros de vivir en sociedad. Pues no. Se ve que simplemente observé a un mierda. Porque parece ser que el otro día volví del quirófano tras una bonita combinación de epidural y vaya a saber usted qué más hablando mucho (ninguna novedad aquí), pero sin parar de decir “Muchas gracias, muy amables, todos habéis sido maravillosos. Os estoy muy agradecido”. Por supuesto, no recuerdo nada de eso. Pero ahí me he reconciliado con ese subconsciente oscuro que me impulsa a hacer cosas de dudoso gusto difícilmente confesables como producir un festival de cine sólo para fastidiar a una persona o empalmarme todavía con Samantha Fox y querer comprarme su recopilatorio ‘The Fox Box’ (Mi cumpleaños ya ha pasado, pero ahí lo dejo). Se ve que en el fondo me sé comportar, incluso cuando me retorcía de dolor por no poder mear y dije, lo juro, la siguiente frase:

Disculpe, ¿le importaría que gritara? Es que me duele mucho y creo que eso me ayudaría. Disculpe la molestia”.

Todo esto mientras me metían un catéter por la uretra, cosa que he visto hacer en porno inconfesable POR GUSTO. Hay gente cuyo lado oscuro es MUY raro…

Estoy relatando estas extrañas confesiones debido a que estoy con el cero escocido como un adolescente en una fiesta de Bryan Singer y padezco ciertos mareos debido a los analgésicos que me impiden hacer directos o jugar a los juegos de Steam nuevos que me han regalado. Así que me apetecía escribir. Pero no investigar ni aplicarme en algún artículo interesante. Por lo tanto, como he hecho ya varias veces, rescato el concepto de ‘post bitácora’ con el que empezaron los blogs allí cuando los generación Z estaban todavía mojando los pañales.

…y yo ya tenía esta cara.

Que, a todo esto y en relación con artículos de higiene íntima, menuda puta mierda que las compresas y los salvaslips no tengan el IVA de primera necesidad. Llevo dos días usándolas a ritmo de tres por jornada y me jode lo caro que sale esto. Y la extraña olor que se queda, pero ese es otro tema.

Esto de narrar la vida de uno se ha trasladado de los blogs a Instagram o, a veces, los podcasts, como hace la china de ‘Jay & Silent Bob Reboot’, película que vi ayer entre mareos y que no es tan mala como todos mis contactos dicen. Quizá será porque me tiré toda la cinta pensando que, quitando el típico subtexto ñoño de paternidad con el que nos está dando por saco Kevin Smith desde ‘Jersey Girl’, la mayoría de los chistes metalingüísticos que la pueblan los hubiera hecho yo mismo. Ni yo ni Smith somos grandes creadores ni directores, pero, joder, ambos somos conscientes de ello y me gusta la aproximación a la cinta en plan buen rollo que tiene el ex-gordo.

Porque durante la convalecencia en el hospital me dio por reflexionar un poco sobre lo importante que es apoyar el buen rollo, el reírse de uno mismo (algo que hay a espuertas en esa película) y, en general, el no ser un mierda egoísta. El egoísmo y la falta de empatía son la mayor lacra del mundo en el que vivimos.El egocentrismo es la raíz de todo lo malo: desde no tener un IVA decente para las compresas porque la mayoría de decisiones las toman los hombres, hasta obsesionarse con trepar en cualquier sector pisando a quien sea en pos de una definición muy errónea del ‘éxito en la vida’.

Gente: ser famoso no implica tener éxito. Ser jefecillo no tiene nada que ver con triunfar. Triunfar de verdad es poder ver una comedia fallida mientras te tomas unos mochis de té verde que te ha traído alguien que se preocupa por ti y sabiendo que puedes llamar a mucha gente cuando tienes problemas. No es haber pasado de ser, por ejemplo, un cómico de tercera que nadie conoce a ser un cómico de segunda a quien sólo conocen otros cómicos gracias a haberte ido a fiestas a las que no te apetecía ir y haber hecho amistades que no te apetecía tener. No es alcanzar el puesto de jefe intermedio hasta arriba de responsabilidades y tener un trabajo que consiste en pasar el informe sobre un problema que ha hecho un currito que sabe de lo que habla a un Power Point con dos frases que pueda entender hasta un terraplanista con parálisis cerebral para que luego el jefe de buena familia que hizo un máster en dirección de empresas tome la decisión según lo que le ha comentado su vecino mientras paseaban al perro por La Moraleja.

CEO: gente que ha llegado a su puesto máximo de incompetencia y cuyas decisiones tienen la profundidad de una fisura del CERO.

El éxito no es eso. Ni siquiera follarse a Christina Hendricks ahora que no tiene marido. No es estrenar una película en la Gran Vía ni ser una de las personas más poderosas en el mundo de el tratado de residuos. Ni siquiera, como siempre dicen en las películas americanas, ser presidente del gobierno, puesto que ya sabemos cómo se llega a ese puesto. El éxito es ser feliz, estar contento con lo que tienes, alegrarte al descubrir que drogado eres amable y poder hacerse una paja de vez en cuando. Que sí, que este artículo ha degenerado en una especie de repugnante texto ñoño paulocoélhico como una peli de madurez de Kevin Smith. Pero qué queréis que os diga: a veces hay que recordar cosas tan simples como esas en un mundo en el que estamos rodeados de oportunistas, subnormales y, en general, de gente que sólo hace cosas si le reportan un beneficio.

Disculpad la ñoñería. Como ya decía, mi esfínter, que ya no me duele al miccionar, me ha impulsado a escribir un cúmulo de obviedades. Pronto retomaremos la programación habitual, pero con un 25% menos de chistes de ano ahora que ese problema está en vías de solución. No le hagáis caso a ese pensador que antes me caía fatal (y con el que ahora siento cierta empatía por lo que tiene que aguantar) y que dijo en tuiter la innormal frase:

“Ser malos! Buenas noches colegas”.

Pues no. Sed buenos, joder. Sed amables con la gente, especialmente con la que te toca el ano para mejorar tu calidad de vida. Así todos seremos más felices.

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