Sórdido y fresco

Música sórdida: Tuna Disco

Cada persona tiene una actividad favorita que le relaja. Lo más normal es lo que todos los amigos nos recomiendan tras un día estresante: llegar a casa, poner música tranquila, llenar la bañera, echar una bomba de espuma, encender el ordenador, hacerse una paja, pasar demasiado tiempo buscando el clip adecuado en PornHub, que el baño se desborde, cerrar el grifo, intentar fregarlo, abrir la puerta al vecino de abajo que tiene el techo calado, subirse la cremallera del pantalón mientras él mira desconsolado a tu cosa colgando, etc.

Lo normal, vamos.

A mí, sin embargo, me gusta ir a tiendas de discos de segunda mano. A veces sólo a mirar, como aquellos tiempos en los que me bajaba a las recreativas a ver a los verdaderos expertos y no gastar yo ni una moneda de 25 pesetas porque, joder: había que ahorrar para juegos de Spectrum mucho peores pero más amortizables. Que yo nunca tuve eso que me parecía tan exótico de las películas y que se llamaba ‘la paga’. Ese concepto de entrenamiento en el mundo capitalista se me escapaba. Yo era de ir quedándome vueltas de ir a hacer encargos y tal.

El caso es que siempre he sido muy ahorrador, quizá por esas costumbres infantiles, así que no soy de ir a tiendas y gastar como un loco. Por lo tanto, el Tío Gilito que hay en mí encuentra placer en ir a buscar ofertas en lugar de alternar todo el rato con tres niños pequeños.

Tío Gilito: el Michael Jackson escocés.

Lo normal de los espacios de discos de derribo en las tiendas de segunda mano es encontrar mucha basura. Si hablamos de CDs, siempre vas a ver un puñado de ediciones cutres que daban con periódicos y fascículos e, invariablemente, el disco ‘Green Man’ de Mark Owen, que tengo la teoría de que es el lanzamiento con más CDs devueltos de los 90 porque, a veces, los guapetes son masacrados por los Robbie Williams feos y carismáticos de la vida. Si nos referimos a LPs, lo más normal es ver toda la discografía de la Pantoja, Julio Iglesias y, con suerte, de Perales. Con MUCHA suerte, una edición alternativa de Nido de Águilas patrocinada por Iberia.

Esa me la compré. TENÍA que hacerlo.

Pero, por lo general, no suelo llevarme nada. Es, como he dicho, una práctica de relajación en la que acabas con los dedos como si hubieras estado picando en la mina. A veces veo cosas maravillosas que no compro porque para qué quiero más mierda en casa. En serio: tengo 1588 discos entre vinilos y CDs. El espacio es demasiado limitado como para llevarse un LP de Michael Sambrello por un euro sólo por tener la puñetera mejor portada de los 80:

Es la segunda vez que sale en ente bloj. Eso son siete veces menos de las necesarias.

Lo que me pasa menos veces todavía que sentir el impulso de comprarme algo (últimos éxitos personales de un euro: uno bueno de Immaculate Fools y el peor disco de Horslips, grupo de folk rock que me gusta mucho y del que prometo hablar en mi canal de YouTube) es ver alguna sordidez y que se quede anclada en mi cerebro tanto como para buscar qué demonios escondía esa extraña portada al llegar a casa.

Menos mal que esta vez iba acompañado de la colaboradora de enta web, Lady Di, que sí hizo el trabajo de investigación tras descubrir esta maravilla:

Mejor que un Tuna Sandwich

Es como el montadito de anchoa con leche condensada. Por un lado, tenemos un concentrado de sal con sabor a pescado que ha pasado un tiempo al aire. Por otro, el impío producto de echar azúcar a leche, quitarle el agua, echarle más azúcar y, finalmente y como toque sorpresa, echarle mucha más azúcar. La Coca Cola siente envidia de la leche condensada. Un bocadillo de leche condensada debería venir con un dado de rol con +1 a cagalera y tirada de peligro por diabetes. Pues bien: ambas cosas juntas crean una experiencia milagrosa.

Que es una mierda, claro.

Pero una mierda digna de ser alabada.

Así que aquí tenemos dos conceptos. El primero es la tuna. La única tradición española casposa que ni los de Vox se atreven a reivindicar. Hay gente que llama a la tuna para las fiestas justo antes de entrar al hospital a que le hagan una trepanación que alivie sus problemas cognitivos. Hay gente que se mete a tuno, lo cual no me extraña porque veo First Dates y sé que el ser humano es profundamente subnormal. Eso sí: la tuna tiene sus ventajas. Por ejemplo, gracias a ella en España no tenemos que hacer el típico chiste de comedia americana en la que todo el mundo le quiere pegar un tiro a un mimo vestido de señor de Montmartre: en una comedia española siempre se puede acabar ejerciendo violencia cómica contra un tuno. Especialmente si es el de la pandereta, que se mueve más y es más difícil de alcanzar, con lo cual se puede generar más tensión cómica.

La tuna es algo tan casposo que José Manuel Soto preferiría ir a dar un concierto a Lavapiés antes que cruzarse con ella. Es una organización, además, profundamente antihigiénica, porque no hay duda que a partir de marzo ponerse esas ropas de terciopelo a según qué horas del día puede hacer que el tuno huela más o menos como el interior del traje de señor que hace de Bob Esponja en Sol en julio.

Eso sí: al menos sirve para tener un amigo que toca la bandurria. Algo menos erótico que tocar la flauta, claro. Pero nunca se sabe cuándo vas a necesitar un bandurrista. En mi caso, al componer canciones celtas con mi grupo de la facultad que sólo duró cinco ensayos y un concierto en mi casa. Sí: mi mejor amigo en aquella época era tuno. Fue una dura competición a ver cual de los dos ligaba menos. Ambos perdimos, claro, puesto que nos casamos con las chicas que conocimos en aquella época.

Este comentario, a propósito, ha sido más rancio que la tuna. Es un tipo de chascarrilo chungo que data aproximadamente de 1998, que es exactamente 50 años después de la fecha en la que el sentido común dicta que debería haberse extinguido el último tuno.

Pero en Vicisitud y Sordidez sabemos que el sentido común se equivoca. Porque está bien que desaparezcan cosas feas, antiestéticas y crueles como los toros o la iglesia católica, pero la música nunca ha hecho daño a nadie. Y, bien entendida, puede darnos momentos de gran HAMOR. Porque muchos abogaron por la desaparición del segundo concepto de este maravilloso vinilo (Segunda parte, no lo olvidemos, puesto que eso significa que el primer disco VENDIÓ LOS SUFICIENTE):

Disco.

La música disco es algo que me gusta mucho por dos motivos. Gaycidad (que parece mentira que no me conozcáis todavía) y ser el segundo género musical más vilipendiado por detrás del rock progresivo. Por lo tanto, es posible que lo mejor de la historia de la música nazca de la unión impía de un grupo prog y la música de discoteca.

Pues ASÍ ES.

Claro que ‘Disco Tuna’ data de los 80, cuando la música Disco estaba más muerta que franqusim… no, esperad. Más muerta que los cotos de caz… wait, no. A ver… Más muerta que la exaltación nacionalisJODER CON EL PUTO NEOCONSERVADURISMO, que me jode los chiquitismos. A ver. Estaba muerta. Más muerta que los fans de Fernando VII. Porque no me vengáis ahora con que alguien va a reclamar la figura del mayor gilipollas de la historia española. Aunque viendo cómo está la política peninsular, yo qué sé ya.

El caso es que lo que se entendía por ‘disco’ en los 80 vendría a ser más el synth pop. ¿Será Disco Tuna una mezcla de ‘Living on Video’ con ‘Clavelitos’? Salgamos por fin de dudas:

¡No! ¡Es mejor! ¡Es la ensalada definitiva! ¡Tuna mezclada con Luís Cobos! Es como la versión low cost del mítico primer disco de Zarzuela de nuestro bigotón favorito. ¿Cómo hemos podido vivir sin conocer esta maravilla del hard casio chumba chumba?

La pena es que las gasolineras de Espppaña estaban demasiado ocupadas vendiendo cintas de Los Chichos y Los Chunguitos para ser escuchadas en los patios de todas las cárceles del territorio nacional y dejaron pasar la oportunidad de subir la disco-tuna al olimpo de los grandes géneros casiotone como la techno rumba, la techno salsa o la techno cabra con señor trompetista.

Así que os recomiendo que cambiéis vuestros trucos de relax. Dejad de jugar al Red Dead Redemption 2. Olvidad el hacer deporte. No vayáis de cañas, que encima os pueden poner Cruzcampo. Uníos a mí en la afición de mirar los discos baratos. No os prometo que vuestra vida mejore, pero al menos os echaréis unas risas, os frotaréis los ojos incrédulos ante las mierdas que se editaban en otras épocas, luego os los rascaréis más por haber tenido las manos llenas de mugre, a continuación iréis a urgencias con conjuntivitis y, finalmente, intentaréis poner en casa ese disco que os habéis comprado por sólo un euro pero, como no veréis un carajo, lo rayaréis, romperéis la aguja, tiraréis el disco y el tocadiscos a la basura y os pagaréis premium de Spotify.

Donde también hay canciones de tuna. Porque el mal nunca descansa.

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