Sórdido y fresco

Cagomitar es posible, aunque no sepas cómo

Aquí Paco Fox: Hoy es un día importante. Hoy vuelve con un post breve un colaborador cuya primera y última participación en ente vuestro bloj data de 2008. Mierdón Herodes Muerte, mi amigo periodista premiado que se esconde bajo pseudónimo porque, joder: ¿Acaso no habéis leído el título del post? Pues eso. Mierdón es posiblemente la persona del mundo que más me hace reír. Por encima de Ángel Sanchidrián, Terry Prachett y mi psiquiatra cuando me pregunta que si me encuentro bien. En esta corta aportación, se apunta a la tradición escatológica de Vicisitud y Sordidez porque, no nos confundamos: también peninsular. No en vano El Quijote tiene un momento muy similar a éste que pasa a narrar porque ESPPPAÑA:

Este es el relato de un viaje. De un viaje de gómito verdulero. De un viaje de popó beis. Este es el relato de un trayecto desde Bodø a las islas Lofoten en barco. Un trayecto en el que ocupé el sillón KK mayúscula de la real academia de la mierda. Cuando hube de sentarme como pude en un váter resbaladizo de un ferry nórdico que se bamboleaba por el viento y las olas, un escenario involuntario de Lars von Trier, cuando acuñé un término y obré (obré) un gran logro personal: cagomité. Esto es: cagué y vomité a la vez. En mitad de una marejada. Despatarrado. Yo solo, sin ayuda de una matrona. Echando la papa por las patas abajo. Plantando un pino firmado por Banksy y devolviendo mi primera maizena a un tiempo. To’ pa’ ti, morenazo.

Os lo voy a contar con más detalle por si queréis intentarlo en casa con vuestros gatos o en clase de manualidades. Pero luego voy a necesitar mucho cariño.

Probablemente no haga falta irse al norte de Noruega para cagomitar, pero fítetu que yo sí. Llegamos a la preciosísima (no) localidad de Bodø (pronúnciese como si arrastraras la yema del dedo por el paladar hasta la campanilla e intentaras decir ‘Buda’). En una larga espera para un ferry, mis tres amigos y yo habíamos comido pizza en un local noruego en manos de árabes. Vamos: lo típico. Y tenía tanta hambre cuando pillé la carta que no reparé en los ingredientes de la pizza que pedía. Luego eso dio igual, porque uno a uno, cada cacho de jamón de york y cada champiñón crudo fue saliendo sin saludar de mi estómago. Un par de horas después, ya en el ferry de los køjønes, todo eso desfiló ante mí en mitad de la pota-bosta, cayendo entre mis piernas y, en su camino a un ¿inodoro? marrón glacé, esquivando como podían los pelillos de mis intramuslos, no siempre con éxito. Mi polla les ponía cara de asco en su caída a esos abortos de zurullos. ¡Con lo que ha hecho esa perdida! ¡Con los sitios donde ha estado!

Un ferry en el que las cosas entran y también salen. Por ambos canales.

Me salía el gómito y la caquita a la vez. Pipí no hice, señorita. Para qué más. Y me escocía todo el cuerpo, por fuera y por dentro, salvo una parte de las cejas. Y qué olor, señora, qué olor tan malísima a cacurri-gotelé y a alfombrilla de Renault 5 tuneado por Los Chichos para su gira Carabanchel ‘83.

Antes de cagomitar, he de deciros, yo ya sabía que era un hombre de gran vida interior. Todos esos champiñones, carne de cerdo y harina de trigo un día estuvieron vivos, lo aprendí en tercero de EGB. Y toda su existencia bendecida por el Señor acabó sumergida en un taza de váter resbalosa y barnizada de popó. No os riáis, que os veo, porque el destino de esos ingenuos ingredientes estándar de una pizza era precisamente convertirse algún día en caca, pero no asín, sino de a poquito a poco, con un orden y un paso tranquilo por mi sistema digestivo.

Pues no pudo ser. Se fueron demasiado jóvenes -chof, chof- al melting popó.

Cagomitando me sentí como una esclava somalí en manos de los Cascos Azules. A estas alturas os preguntaréis cómo bautizaré a mi futuro hijo. No, claro que no os lo preguntaréis, porque hasta ahora os había hurtado esta secuela desconocida de mi cagómito. Pero aun así os lo cuento, como bonus track. Mi hijo se va a llamar José María Aznar.

Fin.

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