Sórdido y fresco

De mis vicisitudes festivaleras

Aquí Paco Fox: Hacía tiempo que no teníamos una firma invitada. Así que os presento a Lady Di. Juro que el alias no tiene nada que ver con lo que pasó hace unos días en el Reino Unido. Os dejo con enta munhé:

Habla Lady Di, nueva en el bloj (aunque no leyéndolo) y humilde invitada del señor Fox. Vengo a hablaros de un mundo paralelo que, ahora que viene el buen tiempo, muchos de nosotros visitaremos: ¿La playa? ¿La montaña? ¿El hospital tras tomar una ensaladilla rusa que olía raro? No: os voy a hablar de los festivales de música.

Y no de los pequeños festivales más cercanos a las fiestas de pueblo a los que vas con esa misma actitud: beber en porrón y ver bailar mujeres con mujeres. Los que verdaderamente son una experiencia cercana a la muerte son los macrofestivales en pleno verano en zonas de España donde se puede freír un huevo en el suelo. Sin sartén. De noche. Porque la imagen que nos venden del Coachella es FALSA.

Llevo desde los dieciocho años (ya tengo más de 30) acudiendo a estas citas como si de una mosca a la mierda se tratase y siempre con la misma premisa: “Ya no vuelvo más nunca al AVE” (léase esto con voz de folclórica fenecida), y sin embargo, cada año repito.

Voy a intentar contaros las fases por las que una persona pasa: antes, durante y después.

Primera fase: conseguir abono

¡Empieza el estrés! Y esto es un año antes de que se celebre el festival. Si realmente eres del núcleo duro de asistentes, te vas a comprar el abono antes de conocer el cartel Y LO SABES. ¿Por qué? Pues porque el precio de salida de los abonos es sensiblemente inferior y porque EL ANSIA. Estos últimos años los abonos se agotan con meses de antelación, así que más vale que corras.

Vale, ya tienes tu abono ¿y ahora qué?

Segunda fase: preparar viaje

Si tienes suerte y el festival se celebra en tu ciudad, pasa a la casilla siguiente. Si no, haber elegido susto.

Te toca conseguir alojamiento y transporte. Porque ya tenemos una edad y lo de dormir en camping NO ES UNA OPCIÓN. Igual que con los abonos, como no te des prisa vas a pagar una pasta.

Ahora te esperan unos meses de relax, de dejar que la cuenta corriente se recupere después de lo que te has gastado en las dos primeras fases. Algún pico de estrés te va a tocar pasar cuando el cartel empieza a completarse y ves que no conoces nada más que a los cabezas de cartel (o ni eso). Recurres a estudiártelo todo en plan atracón como cuando tenías exámenes finales. Y así, a lo tonto, va pasando el tiempo y llega el Día D.

Tercera fase: llegar al festival

Después del viaje de ida, llegas al hotel/apartamento (recordemos que no vamos ni a pasar cerca del camping), te acercas al súper más cercano para comprar provisiones y te vistes para la batalla: ropa que estarías dispuesta a quemar, te embadurnas de crema fotoprotectora SPF50 y, un must: la riñonera. Tu fiel compañera de viaje y principal arma contra los enemigos que vas a encontrarte: precios abusivos de comida y bebida, baños insalubres y gente que va a intentar arrimarte la cebolleta.

Elegansia y utilidad a partes iguales

Cuarta fase: el festival

Porque a eso es a lo que has venido. Tú: enamorada de la música e ilusa pensando que sólo va a ser una reunión de gente con tus mismas inquietudes. Antes de que sigas con esas ilusiones, ya te digo yo que NAIN.

No voy a dar el nombre de ningún festival, pero pensad en algunos que están pegados al mediterráneo. En julio. Repletos de hooligans (no ingleses, hooligans). Horarios de conciertos empezando a las seis de la tarde y terminando a las seis de la mañana. Y esto durante tres días.

Según llegas al recinto con tu flamante pulsera comienza la locura: ¿dónde voy?. Si es la primera vez que vas al festival, buscas desesperadamente un mapa, que la organización del mismo ya se ha preocupado (o no) de imprimir con los horarios de los conciertos en el dorso. Este desplegable lo vas a proteger con tu vida. Aprenderás a orientarte, pero desengáñate: no vas a ser capaz de recordar en qué escenario y a qué hora toca cada grupo.

Vale. Has conseguido llegar al escenario donde toca el grupo que quieres ver. Pero claro, no lo vas a hacer con las manos vacías: tienes sed porque recordemos que es verano (y porque a lo mejor tienes un ligero problemilla con la bebida). Quieres acercarte a una de las muchas barras que hay dispuestas por todo el recinto y no sabes dónde empieza la cola siquiera. Y ojo, que puede que haya DOS colas: una para adquirir “tokens” o monedas del festival y otra para pedir. Gracias a peich cada vez son más los festivales cuya pulsera incluye un pequeño chip que te permite pagar on-the-go y que probablemente controle tu ritmo menstrual para mandarle los resultados a Amazon para los anuncios personalizados. Y para la futura limpieza étnica cuando dominen el mundo.

Ambas opciones son peligrosas: si son “tokens” sueles comprar un montón de ellos cuando llegas al festival para no tener que volver a esperar cola y claro, tienes que consumirlos antes de irte, porque no vas a regalar más dinero a la organización (efectivamente: así empiezan los comas etílicos), y si llevas un chip donde puedes recargar dinero desde tu móvil, no vas a tener sensación de la pasta que te estás gastando, o algún desalmado puede usar tu brazo para pagar sin que te des cuenta (esto lo he visto yo con estos cuatro ojos míos que me ha dado la genética defectuosa).

Cuando ya has conseguido superar la prueba de ir a la barra a por algo de beber, puedes llegar a plantearte si quieres algo sólido en lo que empapar. Porque un festival es una carrera de fondo: tienes que aguantar muchas horas de la mejor forma posible. Recordemos que has ido a ver grupos tocar, no a emborracharte. Que para eso ya está la botella que tienes debajo del fregadero para ahogar el vacío existencial. Eso sale más barato y el alcohol no es de esos que ha destilado Cletus mezclándolo todo con trementina.

Los festivales y sus proveedores de alta calidad

Ahora se han puesto de moda los food truck, muy bonitos ellos, muy temáticos, como las distintas partes de Terra Mítica. Pero con la comida del 99,99% de ellos se puede desatar el Ragnarok en tu estómago. Y no sé yo si sería bonito estar viendo a uno de tus grupos favoritos en primera fila y hacer eye contact con un músico al que admires mientras te estás aguantando las ganas de hacer caca. Que no hablo por mi ¿eh? a mi me lo han contado…

Eh, tú: ¿no te estarás cagando?

Y así van pasando las horas: Cerveza. Concierto. Otra cerveza. Otro concierto. Perrito radioactivo. Cerveza. Desgraciadamente no somos anfitriones de Westworld, sino más bien algo parecido a Concha Velasco. Es entonces cuando tienes que subir al máximo el nivel de tu armadura y armas para enfrentarte al final boss: los baños. Los onvres que leáis esto vais a sentir un poco de repelús pero, a no ser que tengáis algo rugiendo en vuestro interior, si se da muy mal la cosa podéis miccionar en una esquina apartada.

Otra cosa es en el caso de las féminas.

¿Voy al baño o me lo hago encima?

Si eres una munhé festivalera, el peor rato que vas a pasar va a ser ir a hacer pis. Simplemente esperar una cola de cientos de hembras meonas y entrar a un baño químico ya es algo encomiable. Si además te pasa como a mi y eres de vejiga retráctil si algo huele mal o da mucho asco (porque en estos baños puedes encontrarte mucha FANTASÍA: desde una ETS hasta ADN de una especie extinta), ya son +100 puntos de XP.  Y si encima te visita tu tía Irma, que es muy de visitar cuando más jode, ya vamos para bingo. Quizá sea peor que entrar en un bar de la periferia de Madrid donde sólo suene bachata. Pero no estoy del todo segura.

Quinta fase: la retirada

Una vez superados todos los escollos de la cuarta fase, y de madrugada (recordemos que has llegado a las seis de la tarde) empiezas a hacer balance de todo lo que te duele (porque VEJEZ) y decides que es hora de retirarte. Ahora toca buscar la manera de conseguirlo. Aquí hay subfases:

Primera: bomba de humo. Un clásico básico cuando vas con un grupo más o menos grande de amigos (más los que se han ido acoplando a lo largo de la jornada). Si avisas con normalidad de que te vas a ir va a ser imposible: que si “quédate que ahora nos vamos a la carpa electrónica”, que si “joder, con lo que tú  has sido”, que si “espérate que creo que a mi colega le molas”, etc. Así que para evitar todas estas situaciones lo mejor es irte sin decir nada y cuando ya estés fuera del recinto mandar un whatsapp a alguno de los amigos que dejas dentro más que nada para que no te vayan a buscar a la morgue. Pero tú sal corriendo y no mires atrás. Ve saltando por encima de gente que está tirada y de toda la basura que hay en el suelo (si eres capaz de distinguirlos, bien por ti). Y así hasta llegar a…

Segundo: el taxi. Porque sabemos que no te has llevado el coche (no deberías, ¡cobarde!). El transporte público a esas horas de la madrugada es una ilusión óptica, y las lanzaderas, en caso de haberlas, suelen ser lo más parecido al metro de japón en hora punta con el riesgo añadido de que al lado te puede tocar alguien a punto de gomitar. Así que, como persona fina que eres, te vas a buscar un taxi a la parada que viene dibujada en el mapa del recinto (¿veis como era útil?) y ¡oh, sorpresa!: otra cola interminable. Aquí, o bien esperas estoicamente o puedes dejar la poca dignidad que te queda atrás e intentar colarte. No os voy a decir cómo, que ya sois mayores.

Tercero: home sweet home. Por fin llegas a tu lugar de pernocta. Con lágrimas en los ojos y piernas temblorosas abres la puerta y te arrastras hasta la cama. Te sientas en el borde y mientras reúnes fuerzas para levantarte y meterte en la ducha (highly recommended), con la mirada perdida piensas si te ha merecido la pena todo esto. Pues claro, y aún te quedan tres días, JA JA JA.

Sexta fase: balance de daños

Has conseguido llegar con vida a tu humilde hogar después de, como mínimo, cuatro días  que probablemente te van a quitar tiempo de vida por todo lo que ha acontecido en las fases anteriores.

Peeeeeeeeero

Todo esto además lo tienen montado de tal manera que cuando transcurre un mes desde que terminó el festival y ya se te han pasado todos los males por los que has pasado e incluso los hongos que pillaste en el retrete público, sacan los abonos para el año siguiente. Y PICAS.

¿Por qué? ¿Por qué después de todo lo que has pasado repites? ¿Cuál es la respuesta a todas las dudas del universo? ¿42? Pues al final repites porque lo positivo (y sórdido) que te llevas supera a lo negativo: has visto tocar en directo a un montón de grupos que no tendrías oportunidad de ver en tu lugar de residencia, has pasado tiempo con tus amigos (muchos de ellos sólo coincidentes contigo en estos eventos), normalmente vuelves con tipín y oye, a lo mejor hasta has ligado.

Os dejo que tengo que buscar mi riñonera.

Besis

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