Sórdido y fresco

Nuevo post autodestructivo: Los seriéfilos

Llevo 25 años trabajando en televisión y ya he vivido cuatro Edades de Oro de las Series”, me decía hace unos meses el ahora ex-director de contenidos de Movistar+. Llevaba yo un tiempo algo gruñón con todo el fenómeno fanboy de las series que se ha expandido el último lustro como hongos vaginales en un retrete del Viña Rock. Esa opinión de la que probablemente sea la persona que más sabe de televisión y series en España fue como Red Bull para mi haterismo.

Al principio, había pensado en usar este artículo para relativizar la importancia de las series y glosar sus numerosos defectos. Pero, al final, como pasa con los darnáis, los seguidores de Trump o los reguetoneros, lo peor no son el objeto en sí, sino sus fanboys. Hay series buenas y flojas. Pero desde hace un tiempo he presenciado por redes y en la poltrona privilegiada de Canal+ (RIP) cómo salían hasta de la portañuela de los calzoncillos chavales de entre veinte y treinta años (y algún maduro despistado) que se llamaban «EXPERTOS seriéfilos» y exhibían muchas trazas más bien heredadas de la peor culturetez cinéfila: superioridad, absoluta falta de conocimientos de lo que hablan y ganas de llamar la atención para poder follar y acabar con su vacío existencial. En otra época te sentías alguien si tocabas los huevos como presidente de aquella tu comunidad de vecinos. O puteando a quien tuvieras debajo en el trabajo. Hoy en día se trata de ser el primus inter pares dentro de los grupos sociales más absurdos. Seré un simple fan de las series, pero soy el más conocido de mis amigos de Twat-ter. Seré un simple fan del rock aternativo, pero me reconocen en las presentaciones de discos de Malasaña a las que van hasta 40 personas. Seré un simple fan de los furries, pero soy el más importante haciendo memes sobre Winnie The Pooh follando con el Osito Paddington mientras el de Tous intenta hacerse una paja pero no le llegan las manos.

Naturalmente, alguien podría buscar ser un experto en cine, ciencia o literatura como objetivo vital diferenciador. Pero, y ahí está la clave, para eso se requieren años de investigación y una verdadera sapiencia. Para autodenominarse ‘seriéfilo’ sólo es necesario tragarse los 20-30 pilotos importantes (anglosajones, por supuesto) de cada año y haberse visto ‘The Wire’ y ‘Los Sopranos’. Puedes seguir algunas series (esencial: al menos UNA escandinava). Las suficientes para concursar en ‘El Rey de las Series’ y ser llamado para escribir en algún blog, sepas o no lo más mínimo de narración audiovisual más allá de que los diálogos de Aaron Sorkin suenan bien y tal porque son SERIOS.

Y, si además llevas barba de talibán, podrás ligar en Malasaña. ¡Cuidado! No saques en la conversación ‘Juego de Tronos’, que eso es mainstream y peligrosamente entretenido.

Para ser experto en cine hace falta… bueno: saber de cine. Aunque tampoco es necesario: como me enseñaron varios profesores de la ECAM y las tertulias de Garci, hay muchos que de lo que saben es de HISTORIA del cine. No de audiovisual. Pero incluso para eso hay más de 100 años tanto de cine como de series. Amén que no vale con saberse lo que sacan las majors de Hollywood. Hay que ver más. Muuucho más. Cine independiente. Cine europeo. Incluso existe, aunque los seriéfilos se sorprendan, productos audiovisuales de otros países. Atención: anteriores a ‘Los Soprano’. Sí: puede parecer contranatura, pero hay un audiovisual que se producía antes de los 2000. Claro que es muy jodido pedirle a alguien que se va a sentar a ver ‘Twin Peaks’ por primera vez por aquello de poder opinar con la secuela de 2017 que, encima, se vea y analice la influencia de ‘Lou Grant’ en Sorkin, la revolución de las siete temporadas de ‘Canción Triste de Hill Street’ en cuanto a complejidad de tramas y la verdad absoluta de que la mejor serie de comedia de la historia sea ‘Father Ted’.

Aunque el debate está abierto, puesto que eso sería un asunto ecuménico.

Esto es, que mientras que a un experto en literatura se le exige saber lo que es, qué sé yo, ‘Gargantúa y Pantagruel’ (necesario para la formación de cualquier persona de bien por narrar el mayor pedo de la historia con tropezones) y a uno en cine al menos conocer de pasada qué coño pasaba en el cine japonés en los años 50, un seriéfilo sólo tiene que gritar ‘¡¡¡THE WIRE!!!’ en plena Puerta del Sol a la espera de ganar un puesto en el futuro ministerio de cultura de Podemos.

Porque ya que ando buscándome enemigos y generando posibles comentarios de amigos ofendidos por este post, meto un poco de política para redondear la performance.

Su próximo libro: ‘Lecciones filosóficas de Los Serrano’

Resumiendo: que un puñado de personas ha creado una especialidad fácilmente manejable en la que poder llamar la atención. Porque, ¿acaso tiene sentido analizar las series como algo separado del cine?, se preguntaba Paco mientras recordaba sus primeros pasos en esto del audiovisual y luego se avergonzaba por hacerse preguntas mentales de las que conoce la respuesta. Claro que no. Sólo hay que tener un poco de perspectiva para saber que ambos campos están comunicados. Los seriales empezaron con el cine y luego pasaron a la televisión simplemente porque los hábitos de consumo evolucionaron así. Por cuestiones presupuestarias, creadores de televisión y cine han ido yendo de uno a otro según su status o la realidad audiovisual del momento. Recordemos que los 60 en Hollywood estuvieron marcados por una generación de cineastas como John Frankenheimer o Sidney Lumet que se curtieron trabajando en la tele. Las estrellas de series saltaban al cine. Las estrellas en decadencia pasaban a la televisión. Horatio hacía películas con Nicolas Cage y ‘Ley y Orden’ iba probando y cargándose actores prometedores para que en el futuro los de Watch Mojo tuvieran contenidos de ‘Mira qué joven estaban’. Esas cosas.

Algunos diréis que hoy en día es LA EDAD DE ORO y que eso ya no es así. Primero: que tal afirmación confirma la no diferencia entre ambos campos (por aquel ranciofact de “Se hace mejor cine ahora en televisión”). Segundo, que es mentira hasta cierto punto. Tercero, que no voy a analizar ahora la realidad del medio presupuesto en la actualidad porque en parte ya lo hice en el artículo sobre Uwe Boll. Cuarto, porque aquí estamos escribiendo de los fanboys de las series. Y quinto porque quiero ver el último capítulo de ‘Los Medici’ y se me va a alargar la escritura de este artículo.

Tú mata, conspira, folla, invierte, pero por tus muertos no celebres una boda, que esas cosas acaban fatal.

Así que tenemos el joven o treinteañero freak. Quiere ser algo, pero los blogs están muertos, nadie puede a superar a Norcoreano en twitter y no da para Youtuber porque no está en la edad, no es un maestro insultando o se le dan fatal los gameplays. Las series, esas herederas de los folletines, están diseñadas para enganchar. Él se engancha. Un profesor de facultad le dijo que era ‘La edad de oro de las series’, justo antes de ponerle las cuatro horas de ‘La puerta del cielo’ y estar a punto de hacerle desear estar en otro lugar o, preferiblemente, tragarse una sobredosis de chiles quetzalzaltenangos y hacer el mannequin challenge de forma permanente . Así que encuentra su camino: ¡Será un influencer seriéfilo! ¡Con suerte lo invitarán a ‘Spoiler Hotel’!

Una vez el fan ha escogido “Series” como “Tema de identidad personal” en su “Saber y Ganar” vital, hay que dar el siguiente paso: definir por contraposición. El cine es lo de menos y ahora lo que molan son las series. Menos cuando éstas se parecen mucho al cine. Esto es: que si ve un plano largo en ‘True Detective’ (serie base a la que se le pueden aplicar todos los ranciofacts seriéfilos), es una maravilla. Alguien le recuerda que eso existe desde que el cine se rodaba con manivela y que Orson Nosequé lo hizo una vez mientras se rascaba los cojones con una pata de cordero. ¡Pero ‘True Detective’ es buena porque lo lleva por fin a la televisión! Es la máxima de la serie schrodinger: al mismo tiempo diferente e igual que el cine. No, joer: si antes no se hacían este tipo de cosas era por motivos presupuestarios. Las series se rodaban más rápido y no había un estructura de pay-tv poderosa que apoyara este tipo de complejidades.

Lo siguiente NO es crear un corpus intelectual que reafirme tus gustos frente a lo popular. Por supuesto que no. Es cambiar tu estado de twitter. Que todo el mundo sepa que eres fan de las series. Lo ideal es poner “Estado civil: en una relación con la HBO”, esperando encontrar alma gemela que te permita serle infiel a la HBO con Showtime mientras, por puto aburrimiento, te masajea los genitales a eso de la mitad del tercer capítulo seguido de ‘Boardwalk Empire’ en el que la trama sigue sin avanzar.

Yo veía True Blood por los artículos

Ahora sí: elegir un panteón. Es fácil: lo que todos tus amigos digan que mola y alguna excentricidad. Es esencial aprenderse los nombres de los showrunners, pero eso no supone un problema: con diez tienes suficiente para lanzarte a las redes. Algo que aplaudo, joder. Como finstro más fan de productores o de los Stephen J. Cannel, Stephen Bochco u otras personas menos importantes porque no se llaman ‘Stephen’, me agrada que se reconozca a los promotores de una peli o serie, a menudo olvidados en favor de los realizadores por culpa de los pesados de Cahiers Du Cinema.

Por supuesto, hay que crear niveles dentro de las series. El GRAN ARTE ha de ser serial. Nunca episódico. Eso es para medianías sólo entretenidas como ‘Star Trek’, ‘Castle’ y ‘Se ha escrito un crimen’. Existe unas importantes excepciones: por ejemplo, cualquier serie para niños que parezca escrita por un tipo que ha mezclado peligrosamente champiñones sospechosos que le dieron en el after con peta zetas.

Porque DROJAS

Si acaso, y por cierta nostalgia de la infancia, ‘Friends’. Pero con un ligero tono condescendiente y de ‘placer culpable’. Y, por supuesto, ‘Seinfeld’. Aunque, y esto es muy importante, nunca le haya hecho la más mínima gracia.

Lo serial ha pasado de ser la marca de las telenovelas a ser el marchamo de calidad. Pero como el Seal of Quality de Nintendo, no significa absolutamente nada. Lo episódico se practicaba más antes porque gran parte del consumo y amortización de las series venían, en EEUU, de la venta a sindicación, que requería autoconclusividad. Ahora, con el consumo del tirón (esencial: usar palabros como ‘Binge’ o ‘BoxSet’ para MOLAR MÁS) en VOD o piratón, se pueden continuar historias sin mucho dolor de bolsillo.

Pero, repito, aquí no estoy para narrar la historia de la televisión. De eso se encargan seriéfilos que se han graduado ya de proto-blog en El País desde el que se mostraban orgullosos de poner enlaces a webs de descargas a dar alguna conferencia y escribir algún libro. No hace falta que los leáis: pilláos ‘Everything bad is good for you’ de Steven Berlin Johnson que además habla de reality tv y videojuegos.  En él se explica muy acertadamente cómo M.A.S.H, por ejemplo (¿Ha dicho ‘Smash’?, dirá el seriéfilo), era tremendamente simple a pesar de su éxito masivo y cómo en las pasadas tres décadas la complejidad de tramas se ha acentuado porque las largas narrativas así lo permiten y el espectador está más resabido que un bloguero bajito y canoso que escribe en el salón de su casa porque nadie le ha llamado esta tarde para tomar un té. ‘Breaking Bad’ es más compleja que la primera serie que realmente introdujo las tramas numerosas, ‘Canción triste de Hill Street’. Huelga decir, y más viniendo de un fan del rock progresivo, que complejidad no significa necesariamente una mejora. Que se lo digan a un talibán de ‘In the Court of the Crimson King’ que se compró el ‘Thrakattak’. Evidentemente, ‘El señor de los anillos’ plantea también más tramas y personajes simplemente por tener más tiempo para desarrollarlos.

Serial o episódico son formas de narrar. ‘Fahrenheit 451’ no es mejor o peor que ‘Crónicas Marcianas’ por el hecho de que uno sea una novela y el otro un conjunto de relatos. Claro que ninguno supera a ‘Libro de Buen Amor’, porque en este último hay chistes de follar y violaciones de señoras unicejas, algo que alegra cualquier narración.

Pero, ya que estamos con lo de serial, permitidme que hable del tiempo como cuando te encuentras con el consejero delegado de tu empresa en un ascensor y se te escapara un cuesco. La longitud. Las ocho o diez horas de contenido. Ahí está el mayor aliado y el peor enemigo. Aliado del seriéfilo porque podrá pontificar sobre lo desarrollados que están los personajes que, de todas maneras, llega un punto en el que se han convertido en tan extremos que deseas con todo tu corazón que venga Negan y les dé un besito con su Lucille. Pero también el mayor enemigo. Porque las series son una inversión. A veces la cadena no tiene dinero para financiar tanto capítulo (como pasó con la segunda temporada de Walking Dead) A menudo, la historia no da para más y hay que alargar para llegar a una temporada. En el peor de los casos, hay que tirar dos temporadas más porque tres como que saben a poco. La mejor opción es poner en la trama un personaje (normalmente femenino) que joda y obstaculice la evolución del protagonista. Y, finalmente, está la opción apocalíptica: lo que sea que hicieran los que planificaran ‘Perdidos’.

El seriéfilo, en un nuevo arranque de ranciofact, te dirá muy convencido la frase definitiva de nuestro tiempo. Eso sí, tras mirarte con desaprobación por decir que te quedaste dormido durante todo el segundo y tercer capítulo de ‘True Detective’ tras las tetas de Alexandra Daddario.

Y, así como quien no quiere la cosa, van dos posts con fotos de esta niña.

Ese momento temido es el que todos hemos vivido. La frase mortal es: “Tú aguanta cuatro capítulos, que luego mejora”.

Máxima más o menos al nivel de decir “Yo soy liberal en lo económico y de izquierdas en lo social” o “Ni machismo ni feminismo: igualdad”.

¿Cuatro capítulos? ¿Casi cuatro horas de narración? ¡En ese tiempo los hobbits están ya a medio camino de Mordor y Gandalf ya ha resucitado! ¡Katniss está ya en la resistencia! ¡Y ‘LAWRENCE DE ARABIA’ YA SE HA ACABADO! Luego esa misma gente nunca ha visto ‘Érase una vez en América’ por larga y tal.

No sería buena serie porque hay más de dos personas hablando a la vez.

Qué idiota estoy. El seriéfilo pro no tiene por qué saber quiénes son David Lean o Sergio Leone. Oye, que quizá sí. Pero no se le requiere. Lo cual es un error: todo son historias y sería bueno conocer a los que las han contado bien y no porque tenían un guión de cuatro horas y Netflix les dijera que, para eso, hacían ocho horas y metían una gorda con gafas que desaparecía en la zona oscura y no tenía ninguna relevancia para la trama y a Minona Ryder histérica durante unas cinco escenas repetitivas.

No os confundáis: no va a tener segunda temporada: va a tener una secuela

Que, mejor aclararlo, forman parte de una de las series que más me han gustado en los últimos años y la única vez que he visto más de dos capítulos seguidos de una. Lo digo porque luego pasa como con el artículo de los darnáis e, igual que la gente sigue creyendo que odio a Nolan y ‘El Caballero Oscuro’ (no), tras esta cosa polemista todo dios va a pensar que casi le prendo fuego a la tele tras el cuarto capítulo de ‘Mr Robot’ (bueno, eso sí).

Lo de ‘Tú aguanta, que luego mejora’, aparte de falsa promesa antes de una eyaculación precoz, me hace pensar que la relación del seriéfilo con su objeto de deseo es un poco de Síndrome de Estocolmo. Pero bueno: si te haces adicto con el tiempo, tampoco haces daño a nadie. Me alegro que la gente sea feliz con su frikismo. Por supuesto, eso se aplica al espectador medio y la mayor parte de los que hayan llegado hasta aquí y no se hayan sentido ofendidos. El SERIÉFILO que busca su lugar en internet es más bien una especie de preso. Ese que lanza otro tipo de ranciofacts como «Me voy a casa porque todavía me quedan tres series que ver«. Y luego nos quejamos de los deberes escolares. ¿Qué pretende conseguir con eso? ¿Hacer ver que es más fanático que nadie? ¿El más pro? No hay excusa para esta frase a no ser que lo digas cuando una morena de ojos claros te pida sexo violento. Entonces te convertirías en todo un Héroe del No Follarás en la Vida y tendrías todo mi respeto.

Pero voy a ir concluyendo. Que empecé con este post impulsado por cierto haterismo y las votaciones de gente en twitter que querían leerme polemizar en lugar de loando a Hedy Lamarr (no desesperen los tres que saben de quién hablo: llegará en el próximo artículo) y he terminado pensando en hacer moraleja de buen rollo como en la última escena de ‘Cine Basura: La peli’ (ejem… 25 de enero, preestreno en el Palacio de la Prensa… reserven las entradasejeeeem):

No hay que ser ‘experto seriéfilo’. Hay que hablar de lo que te gusta y no correr a intentar ser líder de una manada que ni siquiera tiene sentido de existir. Da igual cómo se presente la narrativa audiovisual. El caso es disfrutarla porque te gusta, y no para ganarse un rinconcito en internet como pseudo crítico y conseguir el aplauso de la tribu. No valen la pena envidias, troleos o pelearse con quién del grupillo de gente que escribe sobre el tema han puesto a votar sobre series en qué medio online. Estudiad, reflexionad y, si no os da la gana de hacer nada de eso, al menos no seáis pesados y miréis por encima del hombro a los tarados que dicen que ‘Un Paso Adelante’ mola más que ‘The Wire’.

Básicamente porque es verdad.

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