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Vicisitudes musicales: De cuando me transmuto en Richard Clayderman

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Una amiga (y mito personal manic pixie dream girl) me comentó hace un tiempo que no tiene problemas para hablar de sus disparatadas aventuras sexuales con quien sea, pero que lo de compartir con alguien las poesías que escribe es ya otra cosa mucho más grave.  Obviamente, me sentí identificado. Como bien sabréis los lectores habituales, yo he hablado aquí de cosas muy personales. Esto es, de pajas y de caca. Pero hay un yo oscuro totalmente desconocido. Algo que me ha llevado siete años de blog sacar a la luz porque me avergüenzo de ello cosa fina.
Me avergüenzo. Yo. Que he salido en directo en internet con bikini y pareo.
Llevaba pareo porque se me salía un testículo. Tal y como me avisó una compañera. Que luego se arrancó los ojos.
¿Cuál es ese secreto? ¿Acaso voy a narrar por fin mis vicisitudes amorosas? No. Para eso necesito siete años más. Aunque quizá me plantee antes relatar la experiencia de aquella vez que quedé con una ex novia y me comentó, ojos desorbitados y voz ultraterrenalmente pausada, que, a veces le dolían las venas. Ese día fue el segundo más terrorífico de mi vida, y pasé más miedo que si Soraya Sáenz de Santamaría se dirigiera a mí en busca de arrumacos.
Lo que voy a revelar es sólo un poco menos personal, pero por poco: A veces me da por transmutarme en un Richard Clayderman de regional preferente y ponerme a hacer canciones en un teclado. Eso en sí tampoco parece tan terrible. Pero lo es… porque NO sé tocar el piano. Ni componer. Ni vivir en democracia con mis vecinos.
Por otra parte, lo que sale de mis morcillosos dedos no son precisamente melodías dignas de Rick Wakeman. Yo soy mucho más lamentablemente ñoño que eso. Pero antes, flash back:
Cuando era pequeño, yo sólo quería jugar al Spectrum. Pero mi madre decidió que, ya que no iba a catequesis, tenía que disfrutar de una actividad extra escolar para que no me tirara toda la tarde en casa maltratándome el cerebro con dibujos animados y tocándome la casi inexistente chorra. En serio: aquello tardó mucho en desarrollarse. El cerebro, digo. Y la chorra también. Lo de ser pequeño, por su parte, nunca llegó a arreglarse del todo. Ni la chorra. Pero eso es otra historia entre mí y mi ex a la que le dolían las venas. Y que me telefoneó para pedirme quedar después de años sin verme para, al llamarla al día siguiente, decirme: “Justo llevo unas semanas pensando en que deberíamos quedar y vas y me llamas”. En ese momento debería de haber anulado el encuentro. Que estoy tonto.
Así que mi madre me apuntó a clases de solfeo. Que odiaba, por supuesto. Eso de estar moviendo el brazo marcando el compás de dos por dos como si fuera un gato chino no era lo mío. Pero más o menos aguanté hasta segundo año. Cuando me pusieron por delante un piano. Sólo puedo decir que no es que fuera inútil. Mi habilidad a la hora de tocar la podría haber superado un Eduardo Manostijeras. Un Eduardo Manostijeras MANCO. Y borracho. Y tocando con la polla. La polla flácida.
Así que no llegué a completar el preparatorio de piano. Pero mi madre veía que, con una colección de 1070 CDs y 105 vinilos que convierten una de las habitaciones de mi casa en un homenaje al horror vacui, a mí me gustaba la música. En esto que, hace cosa de 10 años, el Sr. Vicisitud tuvo la gracia de regalarme por reyes, en plena fiebre común de Jethro Tull, una flauta de esas de plástico de tienda de 1 euro. Y retó a que llegara unos días después y le tocara algo de Ian Anderson a la pata coja.
Por mi parte, yo le regalé una cojonera que simulaba un pequeño kilt. Y lo vi con ello puesto.
ESE fue el día más terrorífico de mi vida.
El caso es que, efectivamente, llegué unos días después y le toqué el villancico ‘God Rest You Merry Gentlemen’, que cuenta como Tull porque por aquel entonces lo habían interpretado en directo. Como bonus track, una semana después me descolgué con el ‘Rhayader’ de Camel.
Lo de soplar la flauta, como nueva muestra de mi gaycidad, me relajaba mucho. Así que, en los momentos más aburridos de vacaciones en casa de mi madre, me dedicaba a ello. Ella sumó dos más dos y aplicó el teorema de  Bolzano-Weierstrass y concluyó hace unos siete años que no sabía qué regalarme por reyes, y que me podía comprar un teclado normalito. Aun sabiendo que no podía ni sabía tocar.
Pero yo soy de los que amortizan un regalo. No me iba a poner a aprender otra vez y hacer escalas, pues tenía mis compromisos con el recién nacido blog, con The Elder Scrolls y con Gianna Michaels que me pillaban mucho tiempo. Eso sí, hacer el tonto con las teclas blancas (y, si me sentía osado y aventurero, las negras) para relajarme es algo que me encantaba. Pero no para intentar tocar partituras conocidas. A ver si queda claro: ni sé tocar ni sé leer música. Más o menos. Algo recuerdo de mis clases de solfeo. 
Concretamente que mis compañeros me robaban la merienda y que la portera de la academia me regañaba por estar un poco mal de la cabeza. Con razón.
¿Y para qué aprender partituras cuando se pueden utilizar los sonidos de helicópteros y vasos rotos?
Así que he estado varios años perpetrando cortas melodías de nunca más de minuto y pico. ¿Por qué? Porque es exactamente el tiempo que puedo estar tocando sin equivocarme. Al trigesimocuarto intento, claro. A veces intentaba hacer cosas alegres. Pero, por algún motivo sólo me salen cosas ñoñas y vomitivamente melancólicas. Claydemanianas. El horror.
Como me avergonzaba tanto de ello, nunca lo compartía con prácticamente nadie. Tampoco lo grababa al ordenador, porque intenté conectar el teclado sin éxito. Pero daba igual, porque sinceramente pienso que son un puto desastre. Una cosa es pillar una guitarra y, con tres acordes de mierda, hacer una canción rock y otra es grabar cosas al estilo del bigotón de Yanni. Para eso hay que saber. Así que lo que más me agradaba, me lo grababa con el micro del móvil para que no se me olvidara. El resultado son decenas de chorradas de un minuto en mi disco duro.
Pero como un picor en el trasero durante la recepción en la residencia del embajador de Francia en Madrid (ESTO ME HA PASADO), tenía que hacer algo con ello. Y hace un tiempo puse un mensaje en el Facebook. Sólo quería que alguien me pasara una de las melodías a un midi con un sonido decente. Quentin Ozores, señor al que no conocía personalmente, se ofreció. Y no sólo eso: contactó con su amigo arreglista José Antonio Hermosilla para que colaborara. Y se pusieron manos a la obra como si esto fuera algo importante. Dos desconocidos y, uno de ellos, ni siquiera lee el blog.
Internet es maravilloso y sólo me da alegrías.
Juntos, formamos un trío absurdo: yo aportaba la canción, José Antonio la arreglaba (en el más literal sentido de la palabra), la grababa y aportaba alguna cosa de su propia cosecha (mucho en uno de los casos) y se la pasaba a Quentin para que la finiquitara, como diría Santiago Rouco, PROFUNDAMENTE BIEN. 
Así salieron cuatro de entrada, seleccionadas de entre varias por el riguroso método de ir abriendo los archivos según estaban ordenados. Si a alguien le gustan, grabaremos suficientes como para hacer una especie de CD descargable que, al ejecutarse en su totalidad, hará que se despierten los antiguos de la ciudad de R’lyeh.
Comenzamos con ‘Lluvia en el desierto’, título que evoca la sensación de estar jugando a un cruce entre el Zelda y El Príncipe de Persia, producto de un empacho tras ver ‘Lawrence de Arabia’:
Cambiamos de estilo para ‘Círculo mágico’, así titulado porque el que tenía originalmente era demasiado de coña (aseguro que hay uno que no hemos arreglado que se llama ‘Piratas de Barbate’… quizá otro día):
En tercer lugar, entramos en un terreno mucho más hard-ñoño con ‘Boreas’, que es el título de uno de mis cuadros favoritos de Waterhouse y que puede provocar serios problemas a la gente diabética:
Y en cuarto lugar (tras dejar por el camino a una cosa que plagiaba a Hans Zimmer plagiando a su vez a otro compositor), Mulberry, así llamado porque me ha dado la real gana:

Bonus track: Para que veáis que estamos destinados a grandes cosas, hasta hemos hecho ya la versión Richard Cheese de una de las melodías. Con dos cojones.

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