Sórdido y fresco

Guías turísticas satánicas: Thamesmead. Visite los escenarios de ‘Misfits’ y ‘La naranja mecánica’ y viva para contarlo

El 99,9999% de los habitantes de Londres te dirán “No
fuckin’ clue” si les preguntas sobre el bello y satánico barrio de
Thamesmead. El ilustrado 0,0001% restante, sin embargo, te dirá “¿Pero qué
se te ha perdido a ti en ese pozo de inmundicia, pedazo de anormal?”. Que,
no lo duden, es la respuesta que da el 106% del otro 99,9999% cuando les
explicas que Thamesmead es esa pesadilla de hormigón en la que se han rodado
maravillas como ‘Misfits’ o ‘A Clockwork Orange’.
Por no hablar de videoclips como éste:
O éste clásico de la chunguez noventera:
Y aún me insultarían más – y con razón – si descubriesen que
he estado
cagándome en Dios y en su puta madre después de padecer dos
semanas en ese pozo de inmundicia que es el país de Gales. Que, cuando surge la
oportunidad de disfrutar del cosmopolitismo de un fin de semana en Londres, mi
primer impulso sea apostar por un barrio como Thamesmead, es para que me
ahoguen en la bahía de Cardiff: ese bucólico lugar con ese cielo que no se
distingue del agua que no se distingue del barro.
Sí, sitios así también tienen sus nacionalistas independentistas.
Pero qué le voy a hacer: soy imbésil porque Satán me ha
hecho así, porque nunca me ha tratado con amor. Vamos pues, con la ruta
turística satánica, comenzando por el mapa de rigor (ya saben: Wikiloc,
descargable para todos sus smartphones):
Una vez estén en Londres, su primera y comprensible reacción
será “¡Pero si Thamesmead está donde Satán perdió el bolígrafo! ¡Los
cojones voy a echarme medio día hasta llegar ahí!”. Mi respuesta es que no
se desanimen para nada: si eligen bien sus visitas turísticas, sólo se tarda
20-25 minutos en llegar a Thamesmead, que es mucho menos del tiempo que se
pierde en una tienda maleni de Notting Hill en la que te chorizarán más dinero
por una pollez de lo que cualquier hoodie armado de una botella de Irn-Bru rota pudiese sacarte.
Venga, 9 paradas desde London Bridge, don’t be a pussy!
La clave es, pues, visitar algo cerca de la estación de tren
de London Bridge. Las opciones son numerosas: Monument, Tower Bridge, La torre
de Londres (donde podrán hacer algo tan desaforadamente gayer como ver las
joyas de la corona: yo lo hice con 17 años totalmente fascinado tras haber
leído un extenso reportaje en el Hola ¿o era el Semana?). Una vez vistas todas
esas cosas sin interés, podrán engañar a su cónyuge y decir “Acompáñame,
ya verás qué cosa tan chula te voy a enseñar” y meterl@ en un tren en
London Bridge mientras él o ella creían que, en realidad, estabas buscando un
urinario público (lo cual, admitámoslo, tampoco está tan lejos de la realidad
estética de Thamesmead). La línea que toca coger es la Southeastern en
dirección a Slade Green Rail Station. Nuestra parada de destino será Abbey
Wood.
Antes de coger el tren podrán disfrutar de un hit satánico
tan encomiable como The Shard, ya rebautizada como ‘El ojo de Saurón’.
Una vez más, te advierten: You don´t journey into Mordor.
El guiri currándose el encuadre en vez de huir despavorido.
El trayecto, por supuesto, también nos ofrecerá sus buenas
joyitas como, por ejemplo, ese soberbio Tower block que es la Maydew House.
Lo de cagar en la vía se lo toman en serio.
Sí, sé que es un poco clon de combate cutrón de la Trellick,
pero le da su punto que, a día de hoy, esté abandonada por aquello de problemas
estructurales y obras para quitar el amianto. Mientras tanto, los residentes
evacuados ya dan por seguro que los políticos les van a dar la patada para
vender los pisos más caros conforme terminen las obras. Si quieren aventurarse por la zona, la estación en la que pueden hacer un alto
en el camino es South Bermondsey.
Lo revenderán a precio de oro. Seguro…

Pero sigamos avanzando en el tren. Conforme nos alejamos de
London Bridge, veremos que los ocupantes del tren van bajando preocupantemente
su nivel estético, incluso para estándares británicos. De hecho, cualquier cosa
parecida a un guiri se habrá bajado en la estación de Greenwich (otra opción turística canónica desde la que Thamesmead queda bien cerca ¡o es que vais a
visitar las localizaciones de un truñaco como ‘Thor 2’ pasando de las de ‘La
naranja mecánica’, iletrados audiovisuales!). En mi caso concreto, me
preocupaba que se bajase conmigo un finstro cuya longitud de la uña del dedo
meñique sólo era superada por la de sus restantes uñas. Sobre todo las de los
pies. A ver… pasamos ahora por Woolwich… he leído que una parte importante de
los asaltos y violaciones que se atribuyen a los pandilleros de Thamesmead
ocurren, en realidad, en el barrio vecino de Woolwich. Viendo su belleza sin
igual, no me extraña…

Hormigón obtenido con la técnica ancestral de “la caca prensada”.
Pero no, el finstro de las uñas de los pies no se bajó en
Woolwich.  Estación de Plumstead…
tampoco. Llegamos a Abbey Wood… ¡albricias, tampoco se bajaba! Si no lo hizo
por ir a otro sitio más chungo o por desmayo etílico es algo que nunca sabr…
perdón, que SÍ supe al pasar a su lado.
Bien, ya hemos bajado en Abbey Wood. Ahora, nada más salir
de la estación toca subir por Felixtowe Rd en paralelo a la A2041 (o sea,
pasando al lado de un puente vallado lleno de litronas y potas joviales). La
A2041 se convierte en Harrow Manor Way y, para celebrarlo, lo primero que
podrán contemplar tus dichosos ojos es cómo la comunidad nigeriana le dedica un
sonoro fuck you al gris del hormigón, a la teoría combinatoria de los colores,
a las retinas y, grosso modo, a cuarenta artículos de la convención de Ginebra.
Restos de la huida cuando llegó la fashion police.
La siguiente sorpresa es… la olor. Cuando uno viaja a
Inglaterra, lo que espera olfatear es una fragancia portuaria revenida, con
aguas estancadas en las que mezclar cagada de gaviota con efluvios de fritanga
y curry. Eso, por no hablar del aroma a perro mojado de todas las moquetas
británicas que, ni con la puerta cerrada, pueden dejar de agredir nuestras
narices. Lo que, desde luego, NO esperas oler al llegar a un buen barrio
satánico es… ¡¡¿Bostas de caballo?!!
“Cuando me dijeron que fuese a pillar caballón al polígano, me esperaba otra cosa, Mortadelo” 
Classic WTF poligonero.
Ellos también tienen derecho a alienarse.
Y queda claro que, por mucho que el Satanismo trate de
homogeinizar el mundo con planchas de hormigón prefabricado, no existe límite
para la sordidez humana.
Una buena forma de curarse el atchonburike equino es entrar
en la taberna local, The Barge Pole, a tomarse una cerveza increíblemente
barata, lo cual debería compensar la sordidez sin límites de la entrada, el
tufillo orinoso de su moqueta y lo poco creativo de su decoración portuaria low
cost.
A salvo de cualquier ironía hipster.
Por supuesto, si alguien quiere adquirir caballón para
disfrutar integralmente de la visita  –
hay quien dice que visitar un Satán sin pikarse es tan absurdo como pretender
aguantar la música electrónica sin pastis – The Barge Pole también tiene un
interesante historial de venta de lo que sea en su puerta de entrada. Cuando
fui yo, sólo había un parroquiano apoyado, pero no le dirigí la palabra, así
que no puedo informar ni de disponibilidad de estupefacientes ni de sus
precios. Pero he de decir que me parece un feo a la comunidad de Thamesmead el
traerse los psicotrópicos de casa. Onvre ya.
Pero hoy como ha habido redada, Mario vuelve a las cinco menos diez.
Según lo aventureros que estén, pueden adentrarse en los
patios interiores del primer bloque de viviendas brutalistas a través de
Coraline Walk o, mejor aún, dedicarse a subir por todas las rampas o explorar
todos los enigmáticos recovecos sin más sentido que funcionar como un Kinder
Sorpresa satánico.
Very wheelchair.
La ruta continúa girando a la derecha por Yamton Way, una
amplia calle en la que no hay pasos de cebra, dado que suponían que esas bellas
pasarelas eran una forma bien segura de cruzar. Bueno, sí así lo había pensado
el arquitecto Robert Rigg… ¿Quién era yo para discutirle que esas escaleras de
hormigón en las que NUNCA podrías saber qué había detrás de cada giro no eran,
precisamente, tranquilizadoras? 
Es preferible que te atropellen.
Así pues, armándome de un valor que no me
caracteriza, me decidí a subir hasta la rampa, más preocupado por esquivar
platos de plástico con restos de comida a medio deglutir – no le culpo al pobre
ente que dejase esos manjares ingleses a medias – que por quién quisiese
robarme violarme o matarme (una vez más: no necesariamente en ese orden).
Alternativa al Barge Pole para tomar unas tapas.
Un vez arriba, la decepción: el paso a nivel estaba bloqueado, ya
que, poco a poco, el housing estate de Thamesmead está siendo demolido. Eso sí,
quien tenga ganas de marcha, puede dirigirse hacia el sur por la otra
estitindeskai en busca de nuevas aventuras.
Dedicaron todo un número de Micromanía al mapeado de esta manzana.
Descendemos desde nuestro privilegiado observatorio y
cruzamos Yamton Way sin paso de cebra ni pedestrian cross ni pederastian cross
ni hostias. Podemos parar delante de la valla de obras para contemplar “la
muerte de la utopía” que, en su día, aspiró a ser Thamesmead. 
Hasta como demolición es deprimente.
Bueno,
decían que era una utopía, y hasta una peli como ‘The Optimists of Nine Elms’ (1973) ponía a
unos niños viéndola como un futuro esperanzador.
Acercándose un vidrio roto al ojo: buena metáfora.
Otra cosa es que los chavales no fuesen tan buenos actores y
que los tower blocks de hormigonaco les sacasen una expresión que no podrían
arreglarlo ni los responsables de hacer sonreír ñoñamente a toda la figuración
del anuncio de Loterías ante los caretos de Montserrat Caballé.
Eso sí, Thamesmead muere… ¿pero para qué? Está claro que las
nuevas casas, sosas y que no nos inspiran a los satánicos de pro, son más
limpias y con menos recovecos demenciales, pero… ¿Va a arreglar la bondad del sectore privado, via especulación
inmobiliaria, una vivienda social mal planteada? No, no tienen que responder
porque la realidad ya lo ha hecho: unas viviendas de nivel construidas en la
zona de Thamesmead más a la orilla de Támesis están… ya saben la respuesta:
desocupadas en su 98% después de que los bancos ingleses hayan ejecutado las
hipotecas contra sus propietarios. ¿O es que creían que el hijoputismo corrupto
era patrimonio exclusivo esP-P-Pañol?
Acabando como un PAU cualquiera… 
El tour sigue avanzando por Yamton Way hasta llegar a una
rotonda en la cual toca girar a la izquierda. Quien quiera, puede seguir recto
y girar a la derecha en la segunda rotonda para meterse por Wolvercote Road y
disfrutar de… lo mismo, pero con un piso más. Que, oye… ¡es una nueva
estritindeskai por la que divertirse!
¡Fieshhhhhtaaaaa!
Continuamos, pues por Hartslock Drive, con la opción de
meterse, hacia la izquierda, en alguno de esos patios comunales en los que no
saber NUNCA qué te espera tras múltiples tabiques sin más función que facilitar
las emboscadas o hacer más divertidas las carreras de motocross. No olviden que
estamos en el barrio en el que más tarjetas de crédito se clonan y más motos se
mangan de todo Londres. Como detalle interesante, podemos disfrutar del
terrorismo antisatánico de algunos vecinos que han tapiado su jardín trasero
“como toda la vida” para hacerse la ilusión, a golpe de ladrillo
británico, de NO estar viviendo ahí.
¿Atentado estético contra un atentado a la estética? Two wrongs don’t make it right (but make me feel much better).
Al final de Hartslock Drive nos encontramos con uno de los
hits del barrio: los cuatro tower blocks a la orilla del Southmere Lake. Toca
arrodillarse y esperar que nadie quiera aprovecharse de nosotros.
“Tiene un cuarto de hora para quitar eso de mi culo”
Una vez allí, nos hemos merecido un descanso sentándonos en
uno de los bancos con vistas al lago artificial de Southmere. Y, toca
reconocerlo, desde ahí hasta se podría decir que es una vista agradable, con
sus cisnes y patos y todo. Question is… ¿Por qué era yo LA ÚNICA persona en
todo el paseo de hormigón? Estamos hablando de ¡cuatro! Tower blocks dando al
lago ¡en un domingo! 
En Southmere Lake nadie podrá oír tus gritos.
Quizás sea eso lo más intranquilizador de Thamesmead: el
absoluto efecto de ciudad fantasma. Sólo me debí cruzar con cuatro o cinco
personas – todas con buen aspecto, ojo – así que el silencio era lo que más reforzaba
la sensación de “anything could happen”.
Porque es que una cosa es
que mi devoción por Satán le haga pensar a muchos que soy un temerario que usa
las agujas de las jeringuillas usadas como mondadientes para quitarme los restos
de fish and chips revenías de mis dientes con incrustaciones de cristales
Swarosky à la 50 Cent, pero la realidad es que soy un cagao cum laude.
Poniendo cara de fistfucker (y fracasando miserablemente)
Desde el mirador muchos reconocerán esta vista,
inmortalizada ya por Misfits, así que hasta ahí encaminaremos nuestros pasos.
Un superpoder chungo espera a los visitantes.
Seguimos andando por la orilla del lago hasta ver un
acogedor y oscuro pasadizo que nos llevará a Binsey Walk. Una vez más, un
urbanismo laberíntico poniendo a prueba nuestra valentía.
Nobody calls me chicken!
Mientras subimos por Binsey Walk podremos ver varias casas
en proceso de demolición, y se nos planterán enigmas del tipo “Un señor
acaba de entrar ahí… ¿Pero eso no estaban derribándolo? ¿Cómo se
distinguen las casas que van a tirar al suelo de las que no? 
Sólo Iker Jiménez tiene la respuesta.
O bien… ¿Qué hace ese señor metiéndose en esa casa que se supone que van derruir?”. Enigmas,
pero siempre podremos disfrutar del lujo de poder ver el interior de las casas
sin necesidad de llamar a la puerta para que un finstro nos pregunte que qué
cojones de interés puede tener alguien con un mínimo de cordura en ver el
interior de su lujosa vivienda. Y preguntará bien.
Viendo ese azulejo pienso… ¿Era orensano el inquilino?
Llegamos a Belvedere Road y giramos a la derecha. Sí, justo
hasta el centro social de Misfits. La agradable sorpresa es que podremos
reposar en el Lakeside Bar.
No sale en la guía Michelin. Pero debería.
Yo llegué tarde para comer a la hora inglesa, y no
iba a esperar hasta las cuatro de la tarde para una suculenta English Pie with
beans, pero les conmino a traerse su bocata de chope para disfrutar de las
vistas mientras dicen cosas como “We should stop killing our probation
officers!” a viva voz. (Y logran que los parroquianos les miren, como a
mí, con una mezcla entre extrañeza y “te estás ganando un par de hostias
bien dadas, listillo”).
‘I need to go tell my mum I’m immortal’
-Bet you’d fuck your sister for a slice of cheese.
– I don’t even like cheese.
-That’s what makes it son nasty!
– I want to shag a chav! (No, no hubo huevos de gritarlo, claro)
Ojo, que no sólo de frikismo vive Thamesmead. Desde ente
volg animamos a toda la comunidad gayer a que mande a tomar por saco a destinos
trillados como Mikonos y vaya al lugar de rodaje de una de las obras maestras
buerrollistas sobre qué bello es despertar a la adolescencia mientras te petan
el cacas. Me refiero, ya lo saben, a ‘Beautiful Thing’. Y, si alguien no lo sabe… ¡menuda mierda de maricón de mierda que estás hecho!
Al principio, duele…
Una vez allí, pasearemos por el borde del lago, gozando
tanto de la pureza cristalina de sus aguas…
Gracias por avisar.
Aquí se pesca el mejor fish and chips de todo el Reino Unido (sí, también se pescan las chips: Southmere Lake vale pa tó)
…como del lugar que el tío Stanley eligió para una escena
memorable de ‘La naranja mecánica’.
Casi parece que Kurick quisiese responder al arquitecto Robert
Rigg cuando, cual cultureta de la época que leía las publicaciones cool, decía
“Experencias de vivienda social en países escandinavos demuestran que los
lagos y canales tienen un efecto relajante en la población que evita los actos
de vandalismo”. Satán y el non sequitur…
Desandamos nuestro camino y, volviendo a tomar Belvedere
Road, pasamos por debajo de un puente para aplaudir el esfuerzo de un nuevo
centro social. Hablamos de The Link, un último intento de la comunidad de
Thamesmead para salir del pozo de inmundicia y reconvertir un lugar destinado a
la acumulación de litronas – como el que hay nada más salir de Abbey Wood  – a cibercafé, local de ensayo para bandas,
etc. Les deseamos toda la suerte, of course.
Bajamos por Harrow Manor Way – cuyas clásicas casas inglesas
suponen todo un contraste con la jungla de rampas que hemos visitado – y
tendremos la siempre bella oportunidad de cruzar la autovía por un paso elevado
de hormigón destartalado.
Irresistible,
¿Qué libros tendrán en esa biblioteca?
Desde allí disfrutaremos de una vista privilegiada de esos
trabajos de demolición que me hacen gritarles “¡Aprovechen para visitar
esta Meca del Satanismo antes de que desaparezca cual lágrimas en la
lluvia!”.
Sic transit gloria mundi.
Algo se muere en el alma cuando un Satán se nos va…
Y, desde ahí, toca el descenso hasta la estación de Abbey
Wood mientras tu cónyuge te pide tramitar los papeles de divorcio después del
deplorable tour en el que has convertido un fin de semana romántico en Londres.
No olviden saludar a los caballitos en el camino de regreso.
Que Satán sea con ustedes.

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