cine

Albert Pyun y yo (Parte 1)

4.7
(3)

El primer post que escribí para ente blog hablaba de nuestro viejo amigo Uwe Boll. Allí ya adelanté uno de los motivos por los que me fascinaba este tipo: no se trataba, como la chavalería indocumentada andaba
diciendo por aquellos entonces, del nuevo Ed Wood. Boll era en nuevo Albert Pyun.
Seis años más tarde y todavía a) ni he aclarado esa frase, b) ni he explicado quién es Albert Pyun, c) ni he ahondado en el proceso mental que me lleva a arrancarme pelos de la nariz con las manos desnudas cuando estoy aburrido en el cine. Hoy, por fin, voy a hablar por encima de las dos primeras cuestiones. De uno de los directores que más me fascinan. Y aterran, claro.
Digo ‘por encima’ porque no haré un recorrido al uso de su filmografía. Entre otras cosas porque hay que estar muy mal para haberse visto
toda la ovra de este prolífico y orondo director. Así que intentaré transmitir las constantes del director de manera somera en el próximo párrafo:
Cyborgs, grandes angulares, post apocalipsis, cámaras lentas, ochenterismo, caos narrativo, focazos, John Woo, kickboxing, steady cam, más cyborgs, planos molones porque sí, ritmo de un niño de cuatro años tocando una batería de juguete. Y cyborgs.
Ala. Ya se ha acabado el post.
No, en serio.
Cambiad de página. Id a ver porno alemán. O, peor todavía: a leer Libertad Digital.

Parece ser que alguno se ha quedado. Bueno. Os hablaré un poco más de Albert Pyun y su filmografía.
Es obvio aclarar que Albert no es un director de dramas ni comedias. Como los hermanos Pang o Nick Rotundo, su apellido le condicionó de nacimiento para hacer películas de hostias. Y una de ellas en particular es la que probablemente fuera vuestro primer encontronazo, de cara y con severo traumatismo craneoencefálico, con este director. Me refiero a su épica vandamiana ‘Cyborg’, uno de los últimos productos (de hecho, el último lanzado
en salas) de… ¡La Cannon!
Al menos así fue en mi caso. Vista poco después de su estreno, llegué rápidamente a dos conclusiones:
-Que el tío del póster no se parecía al protagonista
¿Es Van Damme 20 años más viejo? ¿Es un culturista oliendo un pedo?
-Que si el Van Damme ese no era un Cyborg, ¿por qué coño titulaban así la peli?
-Que era la peor bazofia que me había tragado en la vida.
¡Qué inocente, indocumentado y gilipollas era! El tiempo me ha llevado a relativizar esa afirmación y a avergonzarme de ella. Y a descubrir que el título original era ‘Slinger’, lo cual, seamos sinceros, es un dato totalmente prescindible, excepto para entender el título de la secuela ‘Cyborg: Rise of the Slingers’ en la que está trabajando ahora. Pero no adelantemos acontecimientos.
Por supuesto que el que cambiara mi evaluación juvenil de la película no quiere decir que ahora piense que sea buena. Amos, no me jodas.
La cosa es… artítica. De hecho, quizá inspirado por la mezcla de ver ‘El último combate’ de Luc Besson y una indigestión de costillas barbacoa, Pyun quería hacer una peli en blanco y negro muda. Ante lo cual a Menahem Golan le dio un ataque de la risa. Al fin y al cabo, se trataba de hacer un producto rapidito en el que meter contablemente los gastos de preproducción de ‘Masters del Universo 2’ y ‘Spiderman’, películas que por desgracia para la historia del humor nunca se rodaron, pero para las que Pyun fue uno de los directores considerados.
Claro que Albert tenía su trayectoria antes de llegar a la Cannon. Y es ahí donde yo empiezo a interesarme de verdad en este director. Porque su primera película fue la muy mítica ‘The Sword and The Sorcerer’, también conocida como ‘Cromwell, rey de los bárbaros’ gracias a un distribuidor español seguidor de la tradición de principio de los 80 de parecerse en el título lo más posible a ‘Conan el bárbaro’. Y que, sin embargo, tiene mucho más que ver con ‘Los Tres Mosqueteros’ y con las pelis de Toshiro Mifune. Porque Pyun era, atención, amigo del actor japonés y sus primeros pasos los dio junto a él en Japón. Probablemente emborrachándose de sake.
Para muchos, se trata de la mejor peli de su director, de la que ya he hablado varias veces en este blog. De hecho, tuvo tanto éxito que Dino de Laurentiis le ofreció dirigir ‘Desafío Total’ con William Hurt de prota, lo creáis o no. Sea o no su obra cumbre (que no lo es, como veremos en la segunda parte del post), ya presenta ciertas constantes de Pyun: confusión temporal, su buen puñado de subtramas que nunca se desarrollan del todo y, sobre todo, molonería visual PORQUE SÍ.
Aquí tenemos LA HESCENA que define por qué me dedico a veces a ver películas de Pyun:

¡Filtros!¡Esteticismo!¡ÉPICA!¡Saltos imposibles!¡Espada absurda!¡Plano sin sentido! Pero, sí: Mola. Mucho. Es como ese momento en ‘Golpe en la Pequeña China’ en la que los tres malos, antes de lanzar sus cuchillos, dan una voltereta. ¿Sirve para algo? No. ¿Mola? Sin duda. Una lección que ya aprendió Uwe Boll en House of the Dead (titulada con gran acierto ‘La casa del espanto’ en Argentina) cuando hizo que un zombi lanzara un hacha dando una voltereta.
El plano final de este clip tiene más magia que toda la filmografía de Christopher Nolan. Es algo que alguien como Paul Thomas Anderson
ni podría ni tendría el decoro de hacer. Y por eso tiene una prestigiosa carrera. Y por eso a mí me la trae floja.

Y es que Pyun sabe hacer imágenes que se te quedan en la mente como gonorrea en las partes inferiores. Lo de contar una historia decente con ritmo es algo totalmente diferente. De hecho, antes de que Pyun fuera ‘El Enemigo Público del Cine ™’, ya críticos Roger Ebert le pillaron el punto cuando, en su reseña de la época sobre la primera peli del director con la Cannon, ‘Los Centinelas’, comentó: “Esto es un ejercicio técnico, una clase de cine diseñada para mostrar que el creador puede manipular las herramientas de su oficio para su propia satisfacción”. O lo que es lo mismo: un pajero visual. La reseña tenía cero estrellicas, pero, feck, al menos le reconocía buen ojo al, por entonces, chaval. (El flim ese es una cosita un tanto rollo que se distingue por poner mucha música ochentera y focazos tremendos en las escenas nocturnas, amén de la participación de Carey Lowell, uno de mis mitos eróticos de la infancia)
Así me gustaban a finales de los 80. Ahora me gustan TOAS.
Pyun siguió con la Cannon varias películas más porque Menahem sabía reconocer el talento de mierda cuando lo veía. Sin embargo, primero hizo una escapada con Charles Band que no he visto, llamada ‘Vicious Lips’. Pero teniendo en cuenta que presentó una gran innovación cinematográfica, la prostituta  extraterrestre de tres tetas, YA ESTOY TARDANDO. De vuelta a Cannon, hizo ‘El Tesoro de San Lucas’, una especie de ‘El misterio de la pirámide de oro’ sin elementos sobrenaturales y con menos gracia (comparar películas muy oscuras con películas ligeramente oscuras: placer de freak diletante). La siguió ‘Alien from L.A.’, importante por varios motivos: el primero, porque vuelve a introducir su pasión por escenarios apocalípticos que ya se dejó ver en su segundo flim ‘Sueños radiactivos’ (de la que no hablaré porque acabo de hacerlo ahora mismo. Joer.)
El segundo, porque supuso la existencia de otra película. Una de las más lamentables de la historia del cine.
Yo he visto mucha mierda. Pero pocas que realmente me hayan sentado psicológicamente mal. El equivalente a meterse en el cerebro un bocadillo de criadillas con morcilla y nocilla. ‘Viaje al centro de la tierra’, siguiente película no acreditada de Albert Pyun, es una de ellas.
Los bichos de arriba salen en una secuencia onírica. Los de abajo, ni eso.

Resulta que la Cannon estaba a punto de implosionar por hacer el mal en forma de contabilidad creativa. Pero como había vendido los derechos de una adaptación de Verne que comenzó a rodarse tres años antes, tenía que cumplir sus compromisos con los distribuidores internacionales. ¡El futuro de Ízaro Films Espppaña en peligro! Así que Menahem, que no tenía dinero para terminar los efectos especiales de la película dirigida por un tipo con nombre de refresco de soda llamado Rusty Lemorande, pilló la secuela de ‘Alien from L.A.’ y la pegó detrás de 10 minutos ya rodados de ‘Viaje al centro de la tierra’. O eso dice la IMBD y Albert Pyun. Una vez visto el resultado y llorar de vergüenza y pena por el director original, queda claro que Pyun aprovechó los escenarios de su anterior ovra para rodar en dos días cualquier cosa que pudiera llamarse ‘película’. Él dice que se siente avergonzado de “cómo pillaron su filme y lo pusieron detrás de los planos de la de otra persona”. Pero la presencia de actores de una en la otra me hace sospechar de sus afirmaciones, pues más bien revela que Albert fue aquí un mercenario al servicio de la Cannon y ahora se avergüenza del mal realizado.
Albert Pyun se avergüenza de la película. Recapacitad sobre esa frase.
¿Dónde ir tras esta horrible experiencia con Menahem?  Pues directamente a otra horrible experiencia con Menahem. Porque si sus películas no son coherentes, ¿por qué cojones lo va a ser él?
Tras cerrar la Cannon, a Golan le quedaban pelas todavía para un paquete de Chester, una bolsa de hielo y los derechos de ‘Capitán América’. Así que, una vez le dejó a Pyun rodar la oscura ‘Deceipt’ en tres días, insistió en su visión de que Albert era quien tenía que realizar su gran película de súper héroes. La que reverdecería los laureles del israelí. Solo
que faltaba un insignificante detalle:
Dinero.
Quién sabe. Puede que Pyun hubiera podido hacer una peli divertida de El Capitán América. O más bien no. Pero desde luego que su visión, en sus propias palabras, ‘psicológica del personaje’ no pudo llegar a ninguna parte. Porque se vio perdido en algún lugar de Yugoslavia esperando, día sí, día no, que apareciera un tipo con un maletín para ir pagando esas tonterías como sueldos, película o, qué se yo… comida.
El resultado es bien conocido por internet. La peli incita al noble arte de abrir agujeros en la pared de tu casa a cabezazos. Algo que se complica si encima tienes gotelé. No porque te pinches más en la frente, sino porque ver ‘Capitán América’ y gotelé al mismo tiempo es peor para la salud que meterle un dedo en el culo sin permiso a Mr.T. Así que pasemos a la segunda etapa de la carrera de Albert: Pyun el artesano.
En casi todas las películas comentadas, el director intentaba poner su impronta estética como fuera. Sus focazos, sus angulares, sus cámaras lentas, sus ideas de guión… todo un artít-ta. Pero tras ver su ‘Capitán América’ hecho una mierda, cómo le cambiaron el montaje de Cyborg (¿quizá para que se entendiera?) y cómo le quitaron el montaje final de ‘Sueños radiactivos’ y ‘Cromwell, Rey de los bárbaros’,  decidió que era el momento de dejar de luchar por la integridad de su obra, convertirse en un artesano y ponerse voluntario a cualquier palabra o acto amoroso de productor.
Lo gracioso de todo esto es que, cuando años después recobró el control total sobre sus películas, la cosa se puso mucho más lamentable y,
al mismo tiempo, delirante. Poco a poco, parecía que se le iba olvidando eso de cómo hacer una película. Pero esta historia la dejaremos para la segunda parte del post. Que es verano y ver más de cuatro páginas es algo que seguro que le provoca a los lectores una sensación de aburrimiento y desorientación mayor que la mía tras un maratón de películas de Albert Pyun. Porque Pyun se mete en tu mente. Anida en tu cerebro. Y caga en él. La segunda parte, aquí: http://vicisitudysordidez.blogspot.com.es/2012/08/albert-pyun-y-yo-parte-2-de-3.html

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