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Entos onvres: Vicisitud fraternal


Yo tengo un hermano: el eminente estudioso, filósofo y sacador de cascarrias Ciudadano Soberano. Ente onvre tiene una vida mucho más relevante que la mía, a pesar de poseer un gusto espantoso a la hora de combinar colores. Sin embargo, no siento ninguna amenaza por su triunfo, pues nuestros caminos profesionales sólo se han cruzado cuando desarrollamos ‘La teoría de la vicisitud andaluza’. Y no sé por qué puñeta digo que este blog es algo profesional, si con los anuncios sólo tenemos para cenar una vez cada dos años.

Así pues, mi hermano es un señor más respetable que yo capaz de combinar sudaderas deportivas fucsia con pantalones de pinza negros. Ambos vivimos en mundos distintos. Pero siempre me han fascinado los hermanos que se dedican a idéntica labor relacionada con el entretenimiento y uno es increíblemente más famoso que el otro. Algo que nunca sería aplicable ni al Ciudadano ni a mí, a pesar de nuestras indudables habilidades literarias: la suya de escribir libros-valium y la mía de redactar posts en los que me pongo en ridículo.

Hay algo trágico y vicisitúdico en la figura del hermano del famoso que me fascina. Sobre todo si, como Roger Clinton, te dedicas a ser actor de cine cutre cuando tu medio-hermano es presidente de los Estados Unidos (su gran currículo incluye ovras como ‘Pumpkinhead 2’ y el excelente ejemplo de comedia-colonoscopia ‘Bio Dome’). Pero resulta más interesante glosar la vida de todos aquellos que han querido trabajar a la sombra de un hermano importante en el mismo campo, luchado por hacerse un hueco en ocupaciones artísticas, mundos en los que las comparaciones no sólo son odiosas, sino que además se descojonan de ti y te tiran de los calzones cuando estás de espaldas.

Saquemos de la oscuridad a algunas de estas grandes figuras que despiertan en mí el furor alcoyánico de la defensa del underdog. Esta es mi selección de los que más me fascinan (aunque sin Latoya ni Germaine Jackson, que de esos ya habló Dillinger aquí). Luego, como siempre, vendrán los comentarios de calidad con muchos más ejemplos.

¡Musiquilla!:
Era septiembre de 2006 y Mike Oldfield acababa de volver a hacer lo que mejor se le da: avergonzar a sus fans. Ese mes salía su disco ‘Light+Shade’, la obra doble cumbre de sus tonteos con el Fruity Loops y la música dance. Justo unos meses antes andaba yo con unos ataques de ansiedad de esos que implican que acabes sintiendo cómo tus intestinos han decidido movilizarse para dar lo peor de sí mismos. Mi Snowymary me animaba a escuchar en el ipós de camino al trabajo un poco de música relajante, por aquello de no tener que bajarme en la estación de Nuevos Ministerios en busca de un retrete que no estuviera atascado. Cosa que una vez no conseguí encontrar. Pero eso es otra historia. Que, conociéndome, acabaré contando.

Así que decidí comprarme unos discos de Terry Oldfield. El hermano. Un señor que toca la flauta y se dedica a hacer discos de New Age mientras vive la mar de feliz en Australia. Lo sé porque de ahí venía el paquete mandado por correo de su puño y letra. And, again, sé que era su letra porque los discos venían firmados. ¡Qué dedicación a los fans!

Mi sorpresa fue comprobar que, dentro de las limitaciones del género, los dos CDs (‘Turning Point’ y ‘Across the Universe’) me parecieron bastante mejores que el olvidable ‘Tres Lunas’ y que la mayor parte del ‘Light + Shade’ de Mike. Así pues, me quedó claro que era una familia con talento, pues, al mismo tiempo, volví a escuchar el disco ‘Water Bearer’ de Sally Oldfield, hermana de ambos que también se dedicó a la música. De hecho, fue ella la que convenció a Mike para grabar su primer disco, en el cual ambos salían de esta vicisitúdica guisa:

Un LP que, a propósito, me encanta. Casi tanto como la canción que hizo de la chica una one hit wonder. Uno de esos temas que muchos no sabrán que es de esta señora:

La furia ñoña de Timotei se adueñó de mí y se despertó mi dormida pasión por el hermano olvidado.

Y me compré un par de CDs de David Knopfler.

Porque, si bien Terry es una figura más o menos importante en la New Age y Sally al menos tuvo un hit de Kiss FM, el pobre David Knopfler ya es droga dura. Pero, sin duda, es el hermano de músico famoso al que más cariño tengo. Durante una época estuve pensando incluso en hacer un guión protagonizado por un onvre como él.

David era el guitarrista rítmico de Dire Straits hasta que la negativa de Mark de dejar que sus canciones aparecieran en los discos le llevó a abandonar la formación con el ‘Making Movies’ a medio grabar. Pero lo más gracioso de todo es que:

¡Suena igual que su hermano! El tipo grabó un LP que no tuvo ningún éxito. Claro que tampoco era gran cosa. Lo cual no quita que lo tenga en vinilo y CD. Porque no me digan que no les da amor el chaval. Tenía que enfrentarse a las comparaciones haciendo música similar y, encima, con la misma voz. Eso sí, era mucho más mono. Y con más pelo.

La nota curiosa vendría años mas tarde. Tras grabar el ‘Sailing to Philadelphia’, Mark comenzó a hacer discos básicamente de folk americano. ‘The Ragpicker’s Dream’ es posiblemente la cosa más aburrida que tengo. Eso significó que los G.Sanz del mundo empezaran a dejar de hacer de Mark su blanco fácil (así, ya sólo les quedaba Phil Collins como paradigma de todos los males de la música). Ahora, con sus guiños a los clásicos del folk y el blues, era la época de la reivindicación. Pero lo simpático es que David llevaba ya varios años haciendo eso. Y probablemente mucho mejor. Tras una serie de intentos lamentables de hacer discos de pop-rock (¡Y la música de una peli cutre de Brandon Lee!), el pobre hombre comenzó a componer obras de gran influencia americana mucho menos sórdidos y más aburridos que sus anteriores productos. Pero que, en muchos casos, resultan mejores que los de su hermano. Lo que son las cosas.

Claro que no todos los hermanos tienen que competir entre sí. Ahí tenemos a John Hackett, el cual se ha pasado media vida colaborando como flautista junto a Steve, ex-guitarrista de Genesis y (por qué no decirlo) GTR. El buen señor acabó sacando su primer disco de rock hace unos años. En un ataque de amor al hermano en la sombra, fui a un concierto acústico de ambos. Y, mientras todos esperaban la firma de Steve, yo me acerqué a John para que él hiciera lo propio con el CD que acababa de comprar.

Le tuve que repetir dos veces lo que quería. No porque yo tenga mal inglés, sino porque el señor realmente no estaba acostumbrado a ello. Me dijo, descojonándose, que el disco era magnífico. Y lo mejor es que tenía toda la razón. Se convirtió en uno de mis CDs favoritos de aquel año.

Claro que ser hermano de Steve Hackett tampoco es tan importante. Al fin y al cabo, los discos de este sórdido (porque ya vimos que lo es) sólo los compramos un puñado de perturbados. Lo que sí tiene que ser duro es ser Chris Jagger. O Mike McCartney. Y, sí: ambos se dedicaron también a la música.

Recuerdo que uno de mis mayores momentos de vicisitud visual aconteció al poco de llegar a estudiar a Sevilla. De camino a la Facultad, a la altura del final de Reyes Católicos, pusieron un póster que anunciaba el ¡NUEVO! disco de Chris Jagger. No sé qué me disparó más la vergüenza ajena: Si el hecho de que eso significaba que el pobre onvre llevara ya varios discos intentado ser alguien, si el que la foto estuviera hecha para que se pareciera lo más posible al hermano o lo forsálico del título:

Una portada que me aterrorizaba en esos tiempos juveniles en los que la vergüenza ajena todavía dominaba mi vida. Desde entonces, estuve atento a la carrera de Chris Jagger. Y nunca supe nada más de él. Claro que para eso está hoy en día You Tube.

Teniendo en cuenta que los Rolling Stones tenían un hermano sórdido como adlátere, me pregunté si los Beatles también contaban con su propio pariente músico. Ya sabía que Julian, hijo de Lennon había sacado varios discos (recuerdo que me gustó una canción titulada ‘Saltwater’). Pero lo de los retoños de famosos es otro tema demasiado amplio. El cual sí que ha hecho un infernal crossover con el de los hermanos en el caso de Julio José Iglesias y su vicisitúdica carrera discográfica que no quiero nombrar en alto no vaya a ser que despierte a Candyman, los muertos de Posesión Infernal y Nyarlathotep y vengan a callarme la boca a hostias. Con razón.

Pero a lo que íbamos: Mike McCartney quería ser, como todos nosotros, peluquero. Pero también tenía otras inclinaciones artísticas. Así que formó un grupo de chistes y música llamado The Scaffold. Con semejante hermano, al pobre le dio un ataque de vergüenza y firmó con un seudónimo: Mike McGear. Más o menos tuvieron cierto éxito para ser una formación dedicada a hacer sketeches y, lo que es peor, recitar poesía. Consiguieron hasta un número uno en las listas, una especie de canción de borrachera que triunfó en las navidades del 68. Y en sus discos tocó gente como Elton John, Graham Nash y Jimmi Hendrix. Para hacer cosas como esta:

Tras un intento fallido de hacer un LP serio (¡a quién se le ocurre!) junto a los Wings, Mike se retiró de la música y se pasó a la fotografía. Pues mire usted qué bien.

¡Cine!
Recientemente, y sin que me obligaran, vi la película ‘Fred Claus’ (que es tan irrelevante que ni siquiera es colonoscópica). En ella se trata el tema del hermano famoso de una manera que debería haber sido cachonda, pero se quedó en infantil. El protagonista, el no-entiendo-qué-le-ven-de-gracioso Vince Vaughn, es el hermano de Santa Claus, lo cual lo tiene amargado. Así que va a una terapia de parientes con problemas de autoestima. Donde están el ya nombrado Roger Clinton, Stephen Baldwin (casi tan poco memorable como el soso de William y en camino de estar tan hinchado como Daniel y Alec) y el muy sórdido Frank Stallone.

Un buen hombre que siempre quiso ser músico. Pero que, con un hermano como Sylvester, tenía que acabar trabajando para el cine. Comenzó con apariciones como cantante en varios Rockys y en ‘La Cocina del Infierno’. Pero su gran oportunidad vino al componer la mayor parte de las canciones de la película-colonoscopia ‘Staying Alive’ (e incluso actuar en ella). Llegar a la altura de los Bee Gees era difícil. Llegar a la de los Bee Gees en horas bajas, bastante más asequible. Así que la banda sonora alternaba los temas del trío lalalá con desaforado aorterismo saxofonero-ochentero del amigo Frank, una joya de compositor que cuenta entre sus fans a gente tan eminente como Viruete. Una carrera que ha compaginado con la de actor y que tiene como momento atchonburike su participación en un par de discos de canciones escritas y compuestas por L Ron Hubbard. Porque el amigo Frank es de los que cree en Xenu y los Thetans. ¡Un hombre siempre dispuesto a hacernos reir!

Y es que, ¿no es bonito encontrarse con tanto amor fraternal? Exáctamente igual que Ron y Clint Howard. El segundo lleva media vida dando trabajo a su hermano menor. Un onvre con fama de buena gente, pero que nunca podría haber aspirado al puesto de galán adolescente que tuvo su hermano antes de meterse a director oscarizado. Principalemente por tener esta cara:

Un señor muy difícil de ver. Pero que ha calado hondo en generaciones de espectadores con memoria (y en aquellos que lo buscan en el World of Warcraft, juego al que, según la wikipedia, está enganchado). Hasta el punto de ganar un premio MTV. Un galardón un poco de coña, la verdad. Pero cuando se lo dieron se veía al pobre onvre tan emocionado que me inspiró mucha más ternura que cualquier histérica gritando al llevarse un Oscar.

Su carrera, que comenzó con papeles de niño feo poco después que la de su hermano (hizo de extraterrestre sórdido en un Star Trek, probablemente para ahorrar en máscaras), ha fluctuado entre películas de bajo presupuesto y pequeños papeles en todas las películas de Ron. En todas, menos una. Pues cuando su hermano no encontró papel para él en ‘Willow’, ordenó que se modelara la cabeza del dragón terrible basándose en Clint. Hay que tener mala leche. Porque no dudo del amor entre los dos, pero no dejo de imaginar conversaciones como:

Ron: A ver si te pasas y le llevas a papá la compra.
Clint: Fale, Ron.
Ron: Y, además he pensado que te voy a dar un papel en ‘Cocoon 2: Electric Boogaloo’.
Clint: ¿De qué?
Ron: De monstruo extraterrestre. Que mira que eres feo, hijoputa.

Pero de buen rollo. Que entre hermanos, estos insultos se pasan si se hacen con cariño e intención de tocar las pelotas.

Muchos otros hermanos de actores no me causan tanto amor como Frank y Clint. ¿Que hay un Carlos Bardem sórdido? Po fale ¿Que Mónica Cruz es una versión guarrilla de la Pene (del mismo modo que Danni Minogue es la versión… dicho en fino… comepollas de Kylie)? Po fueno. Prefiero la mucho más divertida figura del director W. Lee Wilder, el ‘torpe hijo de puta’ pariente de Billy. Y no lo digo yo. Ni Hans Magnus Enzensberger. Era su propio hermano el que lo llamaba así.

Wilhelm Lee, también conocido en un arranque de confusión global como ‘Willie’, nació en la región centroeuropea de Galitzia. Claro que de allí también era Billy, así que no podía poner eso como excusa. Emigró a Estados Unidos y se dedicó a fabricar monederos. Pero, en ataque de ‘yo también puedo’ similar al que nos daría en el futuro la figura de Hal Warren y su increíble ‘Manos, The Hands of Fate’, decidió que él también podía hacer esas chorradas que se llaman películas. Así que comenzó una carrera en el cine de bajo presupuesto que parece diseñada con el único objetivo de avergonzar a su hermano. Su obra más famosa fue ‘Killers from the Space’, gracias a lo espectacular del diseño de sus extraterrestres.

Encapuchados con pelotas de ping pong en los ojos.

Una película que sirve de ejemplo claro de las características de toda la obra del director: aburrimiento, montaje absurdo y vicisitud. Porque hay que ser fan de los hermanos de famosos que intentan hacerse un hueco teniendo cierto talento. Pero también hay que reírse de los que hacen el ridículo y nos regalan iconos del cine colonoscopia que no recomiendo a nadie en su sano juicio. Esto es, a gente que no lea ente blós.

Dejamos aquí este artículo a la espera de vuestras aportaciones de otros hermanos poco conocidos. No sólo en cine o música (aunque ese Andy Anderson cantando en Los Bravos tiene su gracia). Que el deporte también tiene sus vicisitudes. Y no estoy pensando en Ralf Schumacher, pues ese es más o menos famoso y hasta tiene sus fans (la F1 no es lo mismo sin él). Más bien en jrandes como Prudencio Induráin. Porque no me pueden negar la inmensidad de que, en un momento del tour de Francia, tanto el primer como el último clasificado se apellidaran igual.

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