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El mundo sórdido de Rick Wakeman, segunda parte

4.3
(3)
(Lean aquí la primera parte sobre la vida de este ídolo de la vicisitud).

¡Bandas sonoras sórdidas!
La relación de Wakeman con el cine ha estado siempre firmemente anclada en la sordidez. Si bien es verdad que otros miembros de Yes como Trevor Rabin han acabado haciendo bandas sonoras para Jerry Bruckheimer, Rick le dio a la chunguez más dura y terminó con Ken Russell. Pero vayamos poco a poco.

Mi primer contacto con Rick Wakeman aconteció una aburrida tarde algecireña leyendo un suplemento de la revista Empire (comprada en Gibrertá, of course) sobre las escenas de sexo más chachipirulis del cine. La que más me llamó la atención fue la de ‘La pasión de China Blue’, pues describía el fornicio más o menos (han pasado muchos años para que me acuerde verbatim) como ‘espectáculo de sombras y sexo gimnástico variado al ritmo de Rick Wakeman’.

Por qué se me quedó marcado el nombre de Wakeman en lugar de lo de ‘sexo gimnástico’ es algo sobre lo que no quiero reflexionar.

No tardé en unir a tal señor con la portada de ‘The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table’ (¡¡¡¡hell, yeah!!!!), un disco que siempre me había llamado la atención por motivos que resultan obvios para cualquiera que sepa que me había leído los 10 primeros libros de la Dragonlance. Y descubrí que el tal Wakeman había tenido cierta relación con el cine.

Con el cine o con Liztomanía. Que todavía no sé si son la misma cosa. O MÁS.

No me avergüenzo al decir que siento cierta fascinación por las películas de Ken Russell. Bueno, más bien sí. Pero desde un punto de vista de vicisitud, es un director absolutamente esencial. Este peculiar autor, conocido por su curiosa afición de coger el minimalismo y limpiarse el culo con él, siempre ha sido un amante de la música. Pero también de la sordidez. Así que decidió unir sus dos pasiones. Tras tratar la música de Mahler y de Tchaikovski con cierto respeto en sendas producciones, y contento con el derroche de sordidez de ‘Tommy’, Russell vio la oportunidad de sodomizar la figura de Liszt.

La idea era tratar al músico como si fuera una estrella de rock. Por lo tanto, contrató a Wakeman para adaptar la banda sonora a esos hermosos sonidos de sintetizador progresivo tan primorosamente similares a mis espasmos intestinales tras comer en un indio de Lavapiés. Y, ya de paso, para interpretar a Thor en la película. Pero no al dios nórdico. Más bien a una especie de Frankenstein-Thor-eructador vestido como en los tebeos de Marvel, pero con plataformas y la piel de plata y . Un molesto maquillaje sobre el que comenta Wakeman anecdóticamente que una vez pasó de quitárselo y se fue a un pub a beber. Con toda la suerte de que era un local gay. Con gente maquillada de plata. Que lo siguió en masa cuando se levantó a echar un pis. Desde entonces, no sólo se limpió el maquillaje todas las noches, sino que además (y más importante) cambió de pub.

El flim en sí es uno de los ejemplos más jrandes de cine-colonoscopia sórdido. Una obra maestra del Atchonburike whatthefuck. Para que os hagáis una idea, describiré la primera escena:

Un metrónomo.
Liszt (Roger Daltrey) besando alternativamente las dos tetas de una señora, tumbados en la cama, al ritmo marcado por el aparato. El metrónomo, digo.
Una mano acelera el ritmo. Lizt besa las tetas más rápido. Otra aceleración. Liszt alterna tetas a velocidad Flash con la imagen acelerada.
Entra el marido en la decimonónica alcoba y persigue a Liszt por la habitación con un florete.
Entra canción bluegrass de cateto sureño que va describiendo la acción con versos tan hermosos como ‘se le queman las bolas’ cuando los huevecillos de Daltrey rozan un candelabro.
El marido cornudo pincha los pechos de una estatua-fuente y el agua le cae en la cara, por lo que pincha la entrepierna y abre otro chorro. Mientras, su mujer come voluptuosamente un plátano.

El resto de la película es toda una gran metáfora de la vida del compositor que incluye pollas gigantes (y guillotina adecuada hacia la que cabalga Daltrey sobre su inmenso nardo sobre una fila de mujeres posando como en un musical de Busby Berkeley), Liszt como Chaplin, Ringo Starr haciendo de Papa y una aparición especial de Hitler como el monstruo de Frankenstein. ¿Y he dicho que Richard Wagner resulta ser un científico loco nazi y vampiro? ¿No? A lo mejor es porque todavía me estoy dando cabezazos contra el mando a distancia de la tele. Porque ese es uno de los efectos secundarios, además del descojone agudo, que puede producir esta película. Toda ella, dicho sea de paso, financiada por la Warner. Incluso los últimos diez minutos con Liszt bajando de los cielos en una nave espacial manejada con un órgano para atacar a Frankenwagnerhitler, el cual lleva una guitarra eléctrica ametralladora.
Desde luego, Hollywood ha cambiado mucho desde los 70.

Tras esta inmensa experiencia, Rick volvió al cine con la música para el documental sobre las Olimpiadas de Invierno de 1976. Se trató de una de las primeras veces en las que se utilizó música rock para un evento deportivo. Nunca he visto la película en sí, pero sí que puedo decir que la banda sonora incluye una pista titulada ‘Moctezuma’s Revenge’. Un tema que, esta vez sí, transmite exactamente la sensación que se le presupone. No, por supuesto, la de esquiar a toda velocidad, válgame feck, sino la del título. Cada vez que la escucho, puedo crearme talmente la imagen mental de un rabino ruso teniendo espasmos mientras se dirige al retrete con cagalera.

Y ojalá pudiera borrarla de mi mente.

Wakeman haría años más tarde otra banda sonora deportiva. La del mundial de España de fútbol. Que llevó el forsálico título de ‘G’Olé’. No, en serio.

Pero, fuera del documental, nuestro ídolo paseó sus teclados por unas cuantas películas más. La primera, ‘The Burning’, era un slasher con efectos de Tom Savini y (más importante) guión de los hermanos Weinstein. De hecho, fue la película responsable de que acabaran montando la productora Miramax gracias a su éxito en taquilla. Que los responsables de ‘El Piano’ y ‘El Paciente Inglés’ empezaran con un flim sobre un cateto matando adolescentes con tijeras de podar al ritmo de Wakeman es algo que encuentro fascinante e hilarante.

Este disco es un tanto duro de escuchar. No como el de la banda sonora de ‘She’. Ese es directamente imposible, principalmente porque nunca se editó. Algo curioso, teniendo en cuenta que incluía temas de Motorhead y Justin Hayward (una mezcla similar a tomarse morcilla untada en nocilla). La peli era una adaptación del relato de H. Rider Haggard pero en un ámbito post apocalíptico. Por lo tanto, ya estoy tardando en poner la mula a funcionar.
De todas maneras, estoy seguro de que el que la música de esa película nunca se publicara no tuvo nada que ver con su calidad. Porque la de ‘La pasión de China Blue’ sí que salió a la venta. Lo sé. La tengo. Original. Hasta conseguí escucharla entera una vez.

Tras este trabajo, Rick volvió a colaborar en cine y televisión en algunas cosas más desconocidas (excepto un temita para ‘Creepshow 2’) que ni he visto ni se prestan al chiste fácil. Sin embargo, hay otra banda sonora que sí se puede reseñar por su vicisitud.

Ya contamos en la primera parte de este post que Andrew Lloyd Webber se inspiró en una frase musical de un tema de ‘Criminal Record’ para componer una de las melodías principales de ‘El fantasma de la ópera’. En 1990, Rick decidió poner música a la versión muda de 1925 de la obra de Leroux. Y se marcó un reto. No creo que fuera superar a su compañero en calidad. Más bien supongo que se trataba de ver cuál es el número máximo de veces que puedes decir la palabra ‘Phantom’ en la banda sonora de una película muda sin que el público se descojone. El proyecto, mirado desde esa perspectiva, puede considerarse como un completo fracaso.

La adecuación de las canciones a la acción es bastante vicisitúdica, pero sin duda hace que el film sea mucho más divertido de ver que con la típica música de organillo. Y, si estás con amigos, puedes jugar a tomarte un chupito cada vez que alguien cante ‘¡Phantom!’. Aseguro borrachera y coma etílico al final de la noche.

¡Vicisitudes personales!
Aquí tenemos un rápido resumen audiovisual de la mente de Rick Wakeman:

Wakeman es, claramente, un cachondo con el que siento gran afinidad. Obviamente, no debido a la habilidad tocando el piano, pues, a la hora de machacar las teclas, yo demuestro más bien la pericia de un preescolar manco con apoplejía. Tampoco es que suela ponerme capas más allá de aquellos magníficos estrenos de la trilogía de El Señor de los Anillos. Se trata más bien de que este jrande de la música ha basado parte de su vida en perfeccionar el vicisitúdico arte de contar en público todas sus más deshonrosas anécdotas de vergüenza ajena. Que, si se refieren a sus años de gloria, suelen estar relacionadas con el alcohol.

Porque lo de Wakeman con el bebercio sólo puede describirse como… sí, lo habéis adivinado: ¡¡¡¡ÉPICO!!!! Ya de joven solía engullir pintas y pintas cuando tocaba en bandas amateurs. Al llegar a Yes, resultó que sus compañeros eran fanáticos de la vida sana y Rick era el único que bebía. Así que tomaba alcohol por todos los miembros del grupo.
Y por los roadies.
Y probablemente por todos los que iban a un concierto.

Para hacernos una idea de la cantidad de alcohol que consumía, sólo tenemos que leer la conversación que tuvo con su médico tras sufrir sus primeros tres infartos seguidos:
– ¿Se droga?
– No.
– Pero usted es una estrella de rock, ¿no? No mienta, que de todas maneras saldrá en los tests.
– En los test no saldrá nada.
– ¿Bebe?
– Bebo bastante
– ¿Qué es bastante?
– Pues dos cifras de pintas de cerveza, dos botellas de vino y una de güisqui. Al día.
– Vale. Diremos que es del tipo ‘fuerte bebedor’. Suicida, más bien.

Sin embargo, Wakeman y su grupo (la English Rock Ensemble) eran borrachuzos de los buenos. Esto es, nunca violentos y más bien inclinados a las bromas y a la exaltación de la amistad. Por algún motivo, el propio Rick no solía emborracharse (ese desequilibrio físico y resistencia fue, obviamente, el culpable de su afición, pero, al mismo tiempo, facilitó que dejara la bebida en el 85 de un día para otro. Concretamente, como ya hemos comentado, cuando el médico le dio seis semanas de vida). Lo mejor de todo es que sus compañeros de banda también solían tener comportamientos modelo. A pesar de estar bebidos, siempre cumplían y se comportaban. Daba igual la cantidad de alcohol: el concierto salía adelante. Aunque el trompetista tuviera que dar una nota difícil estando pedo, la daba. Otra cuestión es que luego se cagara encima, como ocurrió en una ocasión.

Incluso tuvo eco en la prensa cómo, durante un viaje a Japón, la banda acabó con toda la bebida del aparato, incluidas las provisiones que subieron durante una escala. Todo ello portándose de una manera espléndida. De hecho, la compañía aérea propuso patrocinar la gira del grupo.

Pero los días de tomar guarrerías como media pinta de oporto mezclado con media de brandy (la bebida favorita de nuestro héroe etílico) se acabaron trágicamente. No porque muriera, sino porque, como hemos visto, coincidió con el momento en el que le dio por hacer discos cristianos.

Y no quiero volver a recordar eso. Ni tampoco dejar la impresión de que todas las vicisitudes de Rick tienen que ver con el alcohol. Tanto en su libro ‘Grumpy Old Rock Star’ como en cualquiera de sus conciertos, se pueden aprender múltiples anécdotas. Desde contrabando de uniformes de la KGB hasta encuentros con prófugos de la justicia. Por no hablar de su ruinoso intento de ser empresario constructor de teclados analógicos (con el simpático nombre de ‘birotrones’) a finales de los 70, justo cuando estaban a punto de inventarse los sintetizadores digitales. Pero me gustaría detellaros una de mis historias favoritas que escuché en un DVD:

Rick iba a dar un concierto en un lugar con un viejo órgano bajo el escenario. Su intención era que el instrumento saliera por una trampilla durante un solo de ‘Las seis mujeres de Enrique VIII’ rodeado de humo. Gran momento dramático. Además, decidió cambiar el tema que abría el concierto. Pero andaba con la mente algo nublada, por lo que a dos miembros del grupo les dijo sendas canciones distintas y él mismo se confundió. Por lo que una cacofonía de cuatro temas mezclados inauguró el espectáculo. Para cuando llegó el momento trampilla, Rick reptó debajo del escenario. Pero con el humo tardó varios dramáticos minutos. Cuando por fin consiguió darle al botón para elevarse, el mecanismo falló a medio camino y comenzó a bajar. Un miembro del equipo fue a ver que pasaba, pero, una vez más, debido a la humareda no vio el borde de la trampilla y se cayó, dislocando el hombro de Wakeman.

Al día siguiente, el periódico publicó esta crítica:

“Normalmente, no me gusta Rick Wakeman. Pero la actuación de anoche fue toda una revelación que me abrió los ojos. La velada comenzó con un brillante pastiche de cuatro de sus temas más conocidos, intrincadamente mezclados en un alarde de jazz-rock-fusión que desafía cualquier convención musical. El teatro en sí también interpretó un importante papel en la revolucionaria actuación. La escena de la muerte de Ana Bolena fue en verdad espectacular. No se pierdan este espectáculo”.

Una anécdota propia de Cultureta Watch que nos lleva a nuestro último capítulo:

¡Espectáculos vicisitúdicos!
Con tanta mala prensa actual en contra de nuestro héroe, pocos recuerdan que durante una época, Rick fue una megaestrella. Hasta los de Yes estaban celosos de cómo el avión de su ex compañero era más portentoso que el suyo. Así que si Rick se proponía los espectáculos más estrambóticos del mundo, conseguía llevarlos a cabo.

El primero de ellos fue el maravilloso tour de ‘Journey to the Centre of the Earth’. Siempre fascinado por contar historias a través de la música (algo que apoyo y que sospecho que está detrás de mi gusto por los discos conceptuales y el progresivo en general), Rick quería cuidar la escenografía.

Y encargó que fabricaran dos dinosaurios hinchables.

Los bichos fueron una molestia para los técnicos. Tenían fugas de aire constantemente. Pero Wakeman quería que se mantuvieran durante la gira. Hasta que, estando en pleno Bible Belt estadounidense, los roadies pincharon a mala idea los muñecos. Y comenzaron a inflarlos y desinflarlos de tal manera que pareciera que estaban follando. Tuvieron que salir por patas y, por supuesto, los dinosaurios no volvieron a salir a escena durante el resto de la gira.

Por supuesto que este momento prehistórico no es lo más reseñable de la carrera vicisitúdica de Wakeman. Ni tampoco el famoso momento en el que, aburrido por ‘Tales of the topographic oceans’ en un concierto con Yes, se puso a comer todo un menú de comida india que le había traído por error el tipo que se encargaba de afinarle los teclados. La magnificencia más vergonzosa aconteció en los espectáculos de presentación de ‘The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table’ (¡¡¡¡hell, yeah, hell, yeah, bring me my sword !!!!).

Una de esas mañanas en las que el cerebro se despierta y decide seguir en cama hasta el día siguiente, Rick se dirigió a las oficinas de sus promotores para hablar de la presentación de su nuevo disco. Allí, propuso su idea:

– ¡Caballos! ¡Un castillo! ¡Caballeros! Todo en Wembley.
– Rick, no puede ser en Wembley.
– ¿Por qué?
– Porque en las fechas del concierto estarán preparando la pista de patinaje, un trabajo que les lleva tres semanas.

Y, sin pensárselo mucho (qué coño: ‘pensar’ es darle demasiado crédito), Wakeman perpetró historia de la vicisitud:

– ¡Lo haremos sobre hielo!

Como ya comenté en este antiguo post, el espectáculo fue una debacle económica. No porque no fuera nadie. Al contrario, llenó todas las noches. Sólo que el coste era mucho mayor que lo que se podía amortizar con las entradas. No sólo había orquesta y docenas de patinadores importados de Europa del Este, sino que además incluía batallas a espada sobre hielo con caballos de cartón:

Con su caída en desgracia, los espectáculos épicos cesaron. Pero hay una plataforma para que los sórdidos que fueron singan demostrando que tienen mucha vicisitud que compartir con el mundo: la televisión. A partir de los 90, Wakeman hizo de este medio su escenario particular para demostrar su capacidad para la vergüenza ajena. Aquí tenemos, por ejemplo, un video reciente de un concurso de música en el que hace pareja con el también ídolo de este blog Bill Bailey, actor que protagonizó el mejor momento de la serie ‘Black Books’ cuando entonó la maravillosa frase ‘I’m a prostitute robot from the future’:

Hoy en día, Wakeman sigue siendo bastante popular en el Reino Unido, sobre todo gracias a su participación en ‘Grumpy Old Men’, un programa en el que señores viejunos hacen lo que mejor se les da: cagarse en todo. Como si los dos teleñecos del balcón tuvieran su propia serie. ¡Televisión de interés!

Conclusión:

¿Y qué hemos sacado en claro de este largo viaje por la vida de Rick Wakeman? Pues espero que mucho amor. Porque si bien la vicisitud es importante en la vida de este señor, mucho más lo es la pasión por la música. Un hombre entregado a lo que hace, siempre en busca del siguiente reto que, posiblemente, se salde con risas. Pero que, independientemente de lo que nos parezca el resultado, en el fondo siempre es maravilloso. No puede ser de otra forma cuando se arriesga todo, se agarra a lo ‘cool’ y se le da una visita turística por el ojete y se consigue armonizar la afición por los teclados chungos con la pasión por contar historias a mayor gloria de lo único que realmente importa en toda ovra:

La ¡¡¡¡ÉPICA!!!!

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