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El mundo sórdido de Rick Wakeman: Post épico en dos partes

Rick Wakeman acababa de terminar uno de los conciertos de su gira en solitario. Pero MUY en solitario: él, un piano y largas introducciones contando anécdotas. Al bajarse del escenario, dos señoras mayores, de esas con una permanente que pronto serán homologadas como cascos para motos, se acercaron a saludarle:

Nos ha encantado el espectáculo. Y la música también. No sabíamos que tocaba tan bien el piano.

Efectivamente. Uno de los grandes teclistas (si no el que más) de la historia del rock. Y esas buenas damas inglesas habían ido a ver un espectáculo de chistes.

Porque Richard (conocido como Ricky de joven, Rick de adulto y El Tío Más Feo del Rock durante sus días de gloria) ha tenido una de esas vidas que causan, al mismo tiempo, risa y admiración. Que ha culminado en su fama local como contertulio de programas de mesa camilla. Como Ramoncín, pero con una discografía de verdad a sus espaldas.

Y por ‘discografía de verdad’ quiero decir, por supuesto, con valores. En concreto, de esa genialidad que sólo se alcanza cuando te quedas a la distancia de una picha de piojo de la ridiculez. Lo cual está bien. Ya lo hemos dicho muchas veces. Hay que ser pretencioso. Hay que intentar ir a por todas. Y si fallas, al menos todos nos reiremos más.

Porque Wakeman ha sido toda su vida un onvre que, cuando ha hecho cosas, las ha hecho a conciencia:
– No bebía: Más bien engullía entre diez y doce pintas de birra al día, más un par de botellas de vino y otra de whisky.
– Él no era fan del fútbol: se compró un equipo entero.
– Ya puestos a casarse, lo hizo cuatro veces.
– Y se marcaba discos y espectáculos ¡¡¡¡ÉPICOS!!!! con orquestas, patinadores y dinosaurios hinchables follando entre ellos. Los dinosaurios, no los patinadores. Aunque ya me hubiera gustado.

Pero vayamos por partes, pues, inspirado por la recurrente petición y posterior colaboración del lector George Kaplan, esto se va a convertir en otro post de esos que necesitan más de cuatro visitas al baño de la oficina para ser leídos enteros:

¡Música chunga!
Cuando uno piensa en describir la música de Rick Wakeman, una palabra se le viene a la cabeza: Asfrrbuaargs. Alternativamente, puede pensar: ¡vicisitud! Esta es su historia:

Este señor empezó como miembro del grupo de folk progresivo The Strawbs, hasta que el líder se enfadó con él por aparecer en un programa en el que interpretaban una sentida canción sobre el conflicto de Irlanda del Norte tocando el teclado con un rodillo de pintura. Un evento que enfrió un poco la relación con el principal compositor del grupo, Dave Cousins (onvre que se emocionó cuando viajé a Londres para ver un concierto hasta el punto de querer hacerse ÉL una foto CONMIGO). Se ve que sus canciones era lo único que se tomaba realmente muy en serio, porque el que Rick expulsara unos meses antes a Salvador Dalí a empujones del escenario le dio tal que igual. El caso es que tampoco hizo falta que se pelearan de verdad: Wakeman acabó abandonando a The Strawbs por el supergrupo del progresivo: Yes.

Con los que se acabó peleando por lo profundamente aburrido que era el ‘Tales of the Topographic Oceans’. No como la música que él hacía en solitario. Que, al menos durante los setenta, desde luego que no era aburrida. Épica, sí. Sórdida, por supuesto. Hilarante, ni lo dudéis.

Porque lo que causa una audición de toda la discografía de este señor (que, como veremos, nunca puede ser rápida) es, sobre todo, estupefacción. Ya desde el primer disco, las bases están sentadas. En ‘Las seis mujeres de Enrique VIII’, Rick da rienda suelta a su pasión por la historia y, según parece los burdeles del siglo XIX. Porque es la única manera en la que se me ocurre describir los exabruptos musicales que intercala con los momentos más sobrios y evocadores propios del concepto. Por no hablar de su capacidad de poner notas donde parecían no caber. No tengo duda de que Rick es capaz de coger ‘El patio de mi casa’ y convertirla en un complejo festín de semifusas que se han tomado cafe intravenoso. Un arte del whatthefuck que alcanzó su punto culminante con ‘The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table’ (lo sé: no me canso de repetir el título completo. Básicamente porque se me llana la boca de ¡¡¡¡ÉPPPPICA!!!!). Por un lado tienes una overtura con orquesta. Al minuto siguiente, un solo que parece interpretado por un abejorro gigante soltando helio por el culo. A continuación, un bello interludio de piano. Y, justo después, los peores cantantes que hayan aparecido jamás en un disco superventas.

Porque si por algo es conocido Wakeman es, además de por salir con capas brillantes al escenario, por su peculiar elección de vocalistas. Cuenta el propio músico que cuando decidió grabar su segundo disco, ‘Journey to the Center of the Earth’ (que, crucialmente, incluiría un cantante), el productor le ofreció grabar con Eric Clapton y John Entwistle. Rick era (y es) un gran fan de los Who. Y Clapton era el guitarrista más respetado del momento.

Pero él eligió tocar con la banda amateur del pub con los que se emborrachaba todos los domingos.

Para ser sinceros, hay que decir que allí había una serie de intérpretes que se podrían describir como ‘la mar de competentes’. En el caso de Ahsley Holt, la cosa cambiaría por un más adecuado ‘objeto de cachondeo de los fans del progresivo en años venideros’.

La fidelidad de Wakeman a este señor es el material del que están hechas las leyendas. En el caso de que las leyendas estén compuestas por cantantes que hacen que exclames ‘¿pero quién está arrancándole los pelos del escroto a este hombre?’. Junto con un tal Gary Pickford-Hopkins (de un grupo fundado por un ex bajista de Jethro Tull), Holt formó un dúo mortal que dejó grandes clásicos de la vicisitud en el segundo y tercer disco oficial de Rick. Más tarde, seguiría colaborando con el teclista, que, a su vez, lo alternó con gente tan extraña como un desconocido cantante de ópera con el muy agitanao nombre de Ramón Remedios, el letrista Tim Rice o incluso un cómico inglés interpretando una oda a la borrachera frente a los controles de alcoholemia en su ‘Criminal Record’. No, no voy a hacer ningún chiste con el título del disco. No porque me crea que estoy por encima de eso. Sino porque, leñe, creo que es de lo mejor que ha hecho ente onvre. ¡Si hasta Andrew Lloyd Webber plagió una frase musical para el tema central de ‘El fantasma de la Ópera!

Pero en sus años de gloria durante los cuales todavía era un señor famoso y, quizá, respetado, Rick se mantuvo fiel a Holt y a su English Rock Ensemble del Pub de la Esquina. Juntos bebían a destajo, meaban en bañeras para simular cataratas en el ‘No Earthly Connection’ y hacían campeonatos de peos. Con puntuaciones y todo.

Más tarde, Rick volvió a Yes, grabó un par de discos con ellos, se mudó a Suiza, su mujer lo mandó a paseo y se quedó en las montañas para hacer un nuevo disco. Doble. Se tituló Rhapsodies, y, además de un tanto de música disco, tenía esta portada:


Ay. Duele.

Tras el obvio castañazo comercial consiguiente, Rick abandonó la discográfica A&M, formó una nueva banda y, en pleno 1981, con todos los grupos de progresivo en desbandada, le dio por grabar un disco conceptual orquestal sobre la novela 1984. El resultado fue un desastre. Aunque la voz de Chaka Khan en una de las canciones está exquisitamente fuera de lugar.

Buscando un poco de dinero, Rick lanzó a continuación uno de sus discos más whatthefuck. Grabado antes que el propio ‘1984’ con la intención de lanzarlo con seudónimo, al final acabó saliendo con su nombre. Total, tampoco podía devaluar su imagen más. Porque ésta era la portada:

Ay. Dolor. Dolor.

El caso es que:
– No es un disco de Rock’n roll.
– Más bien de sordid-electronic-pop.
– Rick será muchas cosas, pero profeta del rock, más bien no.
– Incluye su tema pop más divertido y vicisitúdico, titulado con toda la gracia y sinsentido del mundo ‘Soy tan normal que soy un raro’.

Un LP extraño, que fue reeditado en CD años más tarde con más temas que tampoco tenían mucho que ver con los originales. Rick dice que, en el caso de que se vuelva a publicar en el futuro (hay gente para todo, dispuesta a tener un CD original de esto. Yo, por supuesto, el primero), cambiará la contraportada. Porque en ella sale una de sus ex mujeres . Esto convierte automáticamente a Wakeman en un profesional del resentimiento, algo que admiramos en este blog.

Tras otro disco conceptual, un par de bandas sonoras sobre las que volveremos más adelante y un LP de esos de ‘¿qué coño hago ahora que he pasado de moda y lo que se hace hoy en día no es lo mío?’, Rick estaba desesperado. Algo a lo que no sólo contribuía que todo lo que hiciera fuera sistemáticamente destrozado por los GSanz de la época o que hubiera tenido que dejar la bebida cuando le dieron seis semanas de vida, sino sobre todo a que sus dos divorcios lo habían dejado sin un puto duro. Fue entonces cuando se dejó seducir por el lado oscuro.

E hizo un disco de New Age.

Lo grabó en dos días, ganó 300 libras y completó su paso a ese mundo chungo de los antiguos músicos de rock respetados haciendo discos de este estilo, que hoy en día sólo rivaliza con ‘progresivo’ como la palabrota más gorda que puedes soltar en reuniones de aficionados a la música. En serio. Te puedes plantar en medio de un grupo de entendidos en el tema y soltar mientras les enseñas el culo ‘¡Lo mejor del mundo es la rumba-regetón con influencias de Wilfred y La Ganga!’ y no causar tanto rechazo como si dices ‘Pues a mí no me parece del todo mal la new age y el rock progresivo’.

Muchos grandes de los 70 cayeron en este género. Jim McCarty (de los Yardbirds y Renaissance), Eddie Jobson o Peter Bardens también se apuntaron a la moda para poder satisfacer ese feo vicio de toda luminaria pasada de moda: comer. Claro que fue Wakeman, con su amor a la música y adicción al trabajo, quien arrasó en las tiendas de incienso con sus cds. Cincuenta y cinco discos entre 1986 y 1999, alternando new age, con algún CD de rock, directos y otras perturbaciones que veremos a continuación. Una lista de discos producidos en serie que alcanzó su punto culminante de vicisitud con ‘Visions’, una obra que (atención) Wakeman declara no recordar haber grabado. Su opinión sobre el resultado, una vez escuchado, no deja lugar a dudas del orgullo que siente por parte del disco: ‘Agradable de escuchar, pero eso también describiría al discurso de la Reina después de un buen plato de pavo asado’.

El cuarto tipo de discos al que me refería antes es algo que hunde todavía más a Rick en las simas de la vicisitud. Pues en algún momento de los 80, posiblemente debido a haber estado a punto de palmarla con sólo 36 años, Rick se hizo cristiano practicante. Y como todos sabemos, descubrir a dios es lo peor que le puede ocurrir a un artit-ta. Henchido de fe, nuestro ídolo grabó una serie de discos cristianos más o menos lamentables como ‘The Gospels’, ‘The New Gospels’, ‘Prayers’ o su remake (sí, también en música los hay) ‘Can You Hear Me’.

Y luego está la trilogía mortal de ‘In the Beginning’, ‘Orisons’ y ‘The Word and Music’

Cuando se hacen estos tipos de puntos y aparte tras una enumeración y se siguen de una frase lapidaria, sólo hay dos opciones. O lo que viene es una excepción y una obra maestra, o es una bazofia vicisitúdica. Y todos sabemos en qué blog estamos.

He de reconocer que nunca he oído ‘Orisons’ ni ‘The Word and Music’. Pero eso es por un buen motivo: escuché primero ‘In the Beginning’. Y fue suficiente. (Además, ahora están los tres descatalogados porque suena la voz de la ex de Rick. ¡¡¡¡Resentimiento!!!!). Se trata de un disco que crea muchas emociones en el oyente. La primera y más intensa es ‘¡Mi dinero!’. Comprar este CD, ponerlo y encontrarse con una señora leyendo pasajes del Génesis con música ambiental de fondo es una experiencia que, sin duda, ilumina tu vida y te muestra el camino recto a seguir. Esto es, no comprar nunca más un compact a ciegas sin informarte antes en Internet.

Fue la Red precisamente la que trajo un cambio en la trayectoria de Wakeman. A finales de los 90, nuestro amigo seguía sacando discos de piano new age (algunos, y lo digo en serio, cojonudos) e incluso grabando discos en napolitano por los que no le pagaban (¡Stella Bianca está en mi top 3 de discos favoritos de Rick!). Pero el internete había empezado a poner en contacto a los parias fans del progresivo, ocultos en sus cavernas (también conocidas como ‘casa de mi madre’) desde que la fugaz moda del neo prog de Marillion pasó a mejor vida a mediados de los 80. Era el momento de que Rick bajara el ritmo de discos para pagar pensiones a ex mujeres y grabara otra vez grandes CDs para un público ansioso de emociones colonoscópicas.

Algo que más o menos hizo. Mientras sacaba todavía un par de triples (¡!) CDs de música para dormir, se metió a grabar un ‘Return to the Centre of the Earth’ con orquesta y el Capitán Picard de narrador, hecho que dispara automáticamente el coeficiente freak de TODA la obra de Wakeman en un 137%. Una ¡¡¡¡ÉPICA!!!! gloriosa y monumental que mantiene los mismos sonidos chungos de teclados y los mezcla con el chico Bruckheimer Trevor Rabin, Bonnie Tyler, Justin Haywarth y el perturbado y gran amigo Ozzy Osbourne.

Quizá su obra cumbre, sólo comparable con el CD que recopila sus mejores chistes entre canciones.

Continúen con nosotros para la segunda (y mejor) parte de la vida y milagros del Richard: sus bebidas favoritas, sus conciertos desastrosos y sus colaboraciones cinematográficas vicisitúdicas en otro post épico que publicaremos muy pronto.

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