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Guías turísticas para sórdidos: Glastonbury y la new age

Uno de mis grandes figuras referenciales de la infancia fue mi vecino inglés, de nombre Dave Marr. Uno de los onvres más jrandes que he conocido. Y eso lo digo yo, que tengo de hermano a El Ciudadano Soberano (el cual ha tenido la sordidez de dedicarme su último libro, no como ‘mi hermano’ ni ‘Paco Rodríguez’, sino con mi nombre de guerra ‘Paco Fox’: ¡qué actitud!)

Dave era un tipo bastante tranquilo, paradigma del inglés afincado en España: muy suyo y apologético de su herencia, pero engullidor de vinos y aficionado a sentarse al sol mientras se zampaba unas tapas. Pero el que defendiera su país no quería decir que fuera un nacionalista desbocado. Que yo difícilmente sería amigo de uno de esos, tal y como quedó claro en mi más polémico artículo. Así que, ante mi aseveración de ‘Yo quiero ir de vacaciones a Inglaterra’, sólo pudo exclamar: ¡¿Pero por qué?!’

Y es que, como ya puso de relevancia esa gran película que es ‘Las vacaciones europeas de una chiflada familia americana’, es bien sabido que como destino turístico, Inglaterra es temible. Sobre todo por sus hoteles, que a menudo no llegan al estándar deseable. Lo cual es una forma oblicua de decir que son decepcionantes. Expresión que, a su vez, es un eufemismo para “pozo de inmundicia y cuartos de baño con moquetas que albergan toda una civilización de microorganismos por el que pagas un pastón”.

Pero, a pesar de los avisos, mi anglofilia me llevó a pasar unas vacaciones allí hace unos años. Tomamos como base de operaciones Cornualles, zona conocida por ser el lugar de turismo interior chungo del país. ¡Feck, si se supone que el hotel Fawly Towers estaba en todo ese meollo!. Allí ni siquiera había ni italianos ni españoles, una experiencia casi parasubnormal para todo aquel que haya recorrido las calles de Dublín o Edimburgo en verano.

Como también venía en el grupo nuestra amiga de Arpia’s Corner, con la que comparto afición por todo lo que tenga hadas, caballeros medievales y fornicio rural, no podíamos dejar pasar la oportunidad de subir a Somerset y visitar la falsa tumba del rey Arturo en Glastonbury. Un concepto fascinantemente chungo, tal y como explicaré más adelante.

Pasamos de realizar la peregrinación sórdida de subir al Yes Tor (“Monte Yes”; sí, amigos progresivos: lo del ‘TORmato’ de Yes es todo un chiste forsálico a la altura de la locura del disco) y nos pusimos rumbo a el pueblucho, conocido por los moen-nos gracias a su festival de música. Pero lo que encontramos allí no fue gente borracha escuchando a decenas de grupos que no le gustan cuando su único interés está en ver a uno o dos e intentar pillar cacho. Más bien nos sorprendió…

¡Gente con túnica y cayado! ¡Y llevando bolsas del Spar!

Resulta que Glastonbury es el último reducto de la New Age. Un mundo en el que reina la vida alternativa. Pero no de esa de comprar cosas de marca (o sea, qué alternativo soy, de verdad, ¿sabes?) en el mercado de Fuencarral. Más bien estilo chakras, filosofías orientales que como son más exóticas son mejores que lo que dijeran los griegos, amor, paz, tierra, drúidas y cd’s somníferos. Y este último es un elemento importante. Porque, como ya comentaba un post anterior, tengo cierta debilidad por este estilo musical que, según varios estudios inexistentes pero que alguien debería de realizar, es en la actualidad el género más denostado. Pero algo de interés visceral tiene que tener una fuerza de la naturaleza capaz de poner de acuerdo en el rechazo a freaks canónicos y gafapastas. Incluso por encima de Mark Knopfler y Phil Collins. Bueno, a lo mejor no tanto.

Sin embargo, sigue siendo un pueblo de Inglaterra. Es difícil convencer a nadie para que viaje a ese pais/nacionalidad/parte del Reino Unido/whatever. No sólo por lo de los hoteles, lo caro que está todo y ese diabólico invento conocido como ‘salsa de menta’. Sino sobre todo por la irrefutable y terrorífica realidad llamada ‘mujeres inglesas’. Sé que esta afirmación no está dirigida a las lectoras de este blog. Pero cualquier mujer con un mínimo de sensibilidad estética comprenderá el sufrimiento visual del viajante heterosexual.

Así que voy a exponer las cinco ventajas que ofrece Glastonbury que pueden compensar estos problemas:

1.- Color local: Como ya he comentado, no hay nada más encantador que entrar en un pueblo y ver a un tipo con cayado, barba blanca y túnica cargado con las bolsas de la compra. Porque no sólo te das cuenta de que Gandalf también tenía necesidad de adquirir papel higiénico, sino además de que ningún hombre de bien debería salir de casa sin su bastón king size.
Las calles de ente sitio están llenas de personas de mediana edad vestidos como si estuvieran en Rohan, pero (y ahí está la gracia) haciendo sus tareas diárias. Y como donde fueres, haz lo que vieres:

2.- Cojoncillos colgando tolón-tolón: Efectivamente. Se trata del único lugar del primer mundo en el que puedes ir por la calle en plan comando sin obligación de llevar calzoncillos. Porque vestidos con sábanas, todo es mucho mejor. Y no lo digo yo, que lo dice Hans Magnus Eszensberger.

3.- Top manta de flores: Pasear por la calle es de lo más divertido cuando, en lugar de ver a unos povres onvres intentando ganarse la vida con películas bajadas de internet, objetos absolutamente inservibles o espantosos ceniceros hechos con latas de cocacola, te encuentras principalmente a gente vendiendo collares y coronas de flores. ¡Buenrrollismo del bueno! Por supuesto, puedes llevártelos puestos al Spar, comprar el Mr Proper y un cuarto de choped, y que la gente no te mire raro ni huya despavorida.

4.- La tumba de Arturo: La propaganda política no la inventó Goebbels. Ya en la Edad Media hay un vergonzoso ejemplo de timo popular para confundir a las masas. Y está en Glastonbury. Resulta que en el siglo XII los galeses andaban algo cabreados con los ingleses, a pesar de que todavía no se había inventado el sonido Madchester. Estaban convencidos de que su héroe, el Rey Arturo, volvería de la Isla de Avalon y se pondría medieval con el culo de los invasores. Así que los poderes fácticos simularon que encontraban el sepulcro del mítico rey para convencer al vulgo de que su épico héroe estaba bien muerto. Pero hay gente que no cree esta teoría, y todavía piensa que realmente esa era la tumba real. Así que hoy en día es lugar de peregrinación a pesar de ser una estafa. Histórica, eso sí. Por lo tanto, también se puede visitar como una reliquia arqueológicamente interesante. Y lo más importante: la inscripción de la tumba puede escucharse en el último tema de ‘The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table’ de Rick Wakeman, el tercer disco con más valores sórdidos y vicisitúdicos de la historia. ¿Qué cómo sé que es exactamente el tercero? Dentro de unas semanas lo descubriréis.

Si todavía quedan ganas de mitología, también puede hacerse una peregrinación friqui al supuestamente mágico monte que domina la población, pues, obviamente, salía en el ‘Camelot 3000’ de Mike W Barr. Ese tebeo en el que se veía al Rey Arturo vestido con unas preciosas mallas doradas y una diadema casi tan gay como la de Elrond en ‘La Comunidad del Anillo’. Por no hablar de las plumas violetas que llevaba Morgana, que habrían quedado ideales en una reina del carnaval de Tenerife. A ver cuándo la comunidad gay se da cuenta de que tiene que abandonar la idolatría hacia las marcas de ropa y la vida nocturna y pasarse a las leyendas medievales. Así todos nos divertiríamos mucho más.

5.- Tiendas de libros de segunda mano: En Inglaterra llueve mucho. Como la masturbación compulsiva tiene un límite, hay que entretenerse con otras cosas. Extrañamente, hay mucha gente que, en lugar de emborracharse o hincar el culo en el sky para ver la tele, se pone a leer. Por eso existen muchas librerías de segunda mano en ese país. Glastonbury está especialmente petada de ellas. Con la ventaja de que, con lo curioso de la población local, puedes encontrar todo tipo de chungueces para freaks. Aparte de montañas de obras sobre paganismo, el karma, aromaterapia y Tai Chi, puedes hacerte con todo tipo de literatura masoquista-nérdica. Desde las serie completa de Thomas Covenant hasta las perturbaciones de Philip K. Dick. Por no hablar de sus buenas secciones de cine. En una de ellas hasta me compré el libro sobre cine-colonoscopia ‘The Golden Turkey Awards’, sin el cual este blog no existiría tal y como lo conocemos. Y quizá la humanidad saldría beneficiada.

New age, épica artúrica y ropas de druidas. No parece el destino ideal para cualquier persona normal. Pero alguien con gusto por la ¡EPICA!, Panorámix, Merlín, Ator el poderoso y la gente peculiar puede echarse unas risas, ver unas ruinas y, si su mente funciona según la alineación adecuada de planetas, abandonarlo todo, dejarse crecer la barba hasta la altura de las tetillas y ponerse túnica. Porque sólo necesitamos una excusa para hacer el sórdido y llevar los conjoncillos sueltos. Por muy nimia y gilipollas que sea.

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