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The Secret Life of the American Teenager: El culebrón vicisitúdico

Otra vez andamos atareados. Así que toca post vago, de esos que montas en veinte minutos para enmascarar el obvio retraso a la hora de publicar la muy esperada entrevista a Uwe Boll.
Recientemente he visto un capítulo de The Secret Life of the American Teenager. El porqué es algo que no sólo no viene al caso, sino que además sonaría únicamente a excusa en respuesta a la eterna pregunta de ‘¿qué puñeta hacía yo viendo un culebrón adolescente americano?’.
Se trata de una serie que ha alcanzado un considerable éxito entre la audiencia juvenil al otro lado del Atlántico y, por lo que he visto, también al otro lado de la cordura. Parece una cosa perpetrada en un universo paralelo en el que todo el mundo se abraza mucho, no para de ir a misa y sólo dice gilipolleces. Muchas gilipolleces.
Y es que los diálgos de esta cosa fluctúan entre dos vertientes. La primera me ha recordado a aquel post de ‘Los treinta peores diálogos de la historia del cine’, sólo que con hasta cinco candidatas a entrar en aquella lista en apenas 45 minutos de episodio. La segunda es más hilarante todavía. Pues, según parece, para las producciones estadounidenses, tratar la realidad de los jóvenes (de TODOS, pues no en vano el título dice ‘THE american’, no ‘AN american’) es hablar de novietes, estudios, embarazos no deseados y misa. Y Jesucristo. Que eso sí que mola.
Miren ustedes qué maravillosos textos recitan los monísimos y adecuadamente multirraciales adolescentes de esta serie:
1.- Ed Wood y Hal Warren estarían orgullosos:
Primero, un maravilloso alegato en defensa de la sinceridad. O de la necesidad de comprar un diccionario de sinónimos:
– Quiero respuestas, y quiero la verdad esta vez. Todo el mundo tiene sus propias versiones de la verdad. Y, sabes, nadie dice la verdad todo el tiempo. Aún así, sólo hay una verdad, y no importa qué historia cuentes, hay verdad, y luego hay mentiras. Quiero la verdad.
Este el tipo de parlamento que suele introducir un gran momento de estupor en la audiencia seguido del suicidio masivo de varios miles de neuronas de la audiencia. A continuación tenemos una de esas declaraciones de amor ante las que sólo puedo exclamar: ¡Arfgsdsssfffrrg!
-¡No, no está bien! Definitivamente no está bien. Ben, eres tan buena persona. ¡Yo soy tan puta!.
-Bien, pero eres mi puta. (A ella se le descompone la cara como si acabara de tomarse un evacuol) No, lo siento. Era una broma. Sólo quería decir que te amo.
¡Romanticismo! Acompañados de lecciones vitales de interés entre dos chavales: uno con síndrome de down y el otro con sus facultades mentales mermadas:
– ¿Te gusta el fútbol?
– No.
-A mí tampoco.
– No entiendo las reglas. No entiendo por qué tienen reglas. No entiendo por qué esos tipos se colocan esas hombreras y se golpean los unos a los otros para conseguir el balón en un campo.
– Lo hacen para conseguir chicas.
– ¿Para conseguir chicas?
– La misma razón por la que tú tocas el tambor.
La verdad es que algo de razón tiene: dar por culo con un instrumento de percusión puede conseguirte chicas. Pero sólo si lo haces con el pelo lleno de rastas, sin afeitarte, lleno de tatuajes y con olor a sobaco. Y no creo que el chaval con Down se vaya a poner así. O, bien pensado, sí. De esa manera, la serie sería más interesante.
Mucho más que con la gran retahíla de comentarios religiosos que supuraba el guión…
2.- El universo pío de los teenagers:
Ahí va mi favorito, entre un chico y una muchacha turbadoramente parecida a Morgan Fairchild:
– Eres la excepción. Eres la única persona buena que conozco. Si tus padres me permitieran pasarme esta noche, me encantaría escuchar tu testimonio personal.
– ¿De veras? ¿Por qué?
– Porque si es tu relación personal con Jesucristo lo que hace que seas tan buena persona entonces… no sé, tal vez tengo que hacer algunos cambios en mi vida.
Claro. Porque es eso lo que más le importa a un adolescente a la hora de plantearse una relación. El tamaño de las tetas es algo totalmente secundario. Claro que creo recordar que era el mismo chico que tenía esta conversación con los padres de la chavala:
Padre: Oye, estoy muy feliz de que vinieras a misa.
Chaval: También yo. Creo que es magnífico.
Madre: Deberías ir el próximo domingo cuando estemos allí.
Padre: Sí, o el próximo domingo más cercano o en el muy, pero muy distante futuro está bien.
Chavala: Papá…
Chaval (o su clon malvado tras un lavado de cerebro): Bueno, gracias por la invitación. Me encanta ir a la iglesia.
Esa afición por los lugares sagrados tampoco es tan de extrañar cuando el ‘capitán del equipo’ ™ (que mucha misa y mucho aborto, pero los personajes tópicos de instituto son intocables) resulta ser, en lugar de un descerebrado, un descerebrado hijo de cura:
– ¿No sabes quién es mi padre– mi padrastro?
– No.
– El Reverendo Stone
– No puede ser.
– ¿Cómo que no puede ser? Sí.
– Tu apellido no es Stone.
– Mi madre lo conoció en la terapia tras la muerte de mi padre. No podría haber superado la muerte de mi padre sin la ayuda del Reverendo Stone. Y el amor de Jesucristo, por supuesto.
Un chaval que se toma muy en serio los sermones. O, si no, ahí está su compañera de clase para recordárselo:
– ¿Ayudarme a escribir el trabajo de clase?
– Sí, lo leeré y te ayudaré a escribir el trabajo, pero tú también tendrás que leerlo. ¿Acaso no escuchaste el sermón de hoy? Fue sobre responsabilidad personal. Claro que ese sermón fue para que se viera bien a Grace en la Iglesia porque el Reverendo Stone quiere que su padre le siga dando dinero.
– Verás, la Iglesia necesita dinero de gente como la familia de Grace para sobrevivir.
Tampoco creo que la iglesia ande tan mal. Porque no le faltan feligreses. Ahí tenemos a la amiga regordeta de la preñada protagonista, cuando se sugiere la posibilidad de abortar:
– Muy bien, ¿de qué estás hablando? ¿Estás hablando de lo que pienso que estás hablando? Porque soy católica.
La conversación continúa, y la protagonista echa en cara a sus amigas la falta de ayuda:
– ¿Así es como me vais a ayudar? ¿Diciéndome que debo decírselo a mi madre? No puedo decírselo a mi madre. Chicas: mi padre nos abandonó anoche.
-Dios mío. Un divorcio, un aborto. ¿Qué va a ser lo siguiente?
¡Terremotos, volcanes, los muertos que resucitan, sacrificios humanos, perros y gatos cohabitando, la histeria de las masas! Que ya lo avisó el doctor Venkman.
Yo suelo pedirle a Vicisitud que no escriba demasiado en este blog sobre ‘Sin tetas no hay paraíso’ (en lo que se refiere a poner fotos de las protagonistas hay un completo acuerdo). Pero ahora seré yo quien me salte la norma y proclame que si la idea de culebrón para quinceañeras en los Estados Unidos es esta cosa, pues ¡que viva ‘Sin tetas’! Prefiero puterío a melodramas meapilas. ¡Qué orgullo de ser español!

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