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Teología sórdida: la iglesia del Palmar de Troya

Algunos indocumentados pueden pensar que este es un blog adolescentoide que se ocupa de temas banales, pero, en palabras de la gran Pitita Ridruejo, nosotros no estamos aquí para esfrivolizar sino que nos preocupan las grandes cuestiones espirituales y teológicas. Como sórdido y devoto de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz y del Santo Prepucio, está claro que no puedo encontrar satisfacción en el concepto pobre y pequeñoburgués del cristianismo pregonado por el Vaticano: formar un típico matrimonio devoto que escucha la COPE, va a misa los domingos, cuando el cura lo manda suben al autobús y acuden a un encuentro con otras familias beatas o van a Madrid a manifestarse por la última excusa inventada por el PP para insultar al gobierno me parece la muerte en vida; seguro que mientras ondean la bandera de España y corean borreguilmente alguna injuria contra ZP, los catalanes y los vascos, el marido está en realidad pensando en la tarde de juerga que se ha perdido en busca de jovencitos en algún chat, parque o zona oscura de su ciudad y su mujer, harta de preparar tartas y criticar a las vecinas, añora el momento de volver a casa y reanudar la lectura de algún best-seller donde la intrépida heroína sí hace algo con su vida y sí tiene orgasmos con cierta frecuencia. ¿Y para esto los santos fundadores de la iglesia se patearon todo el mundo conocido aguantando persecuciones, martirios y vejaciones varias? Tout ça pour ça? Si San Pablo levanta la cabeza corre a gorrazos a toda la conferencia episcopal y demás beaterío pero ya.

No amigos, estos mediocres no son cristianos ni son nada. Una buena cristiana era sor Agnes Blannbekin, una monja austríaca del siglo XVIII cuya historia ya había narrado en otra ocasión pero me parece tan ejemplar que no me resisto a repetirla: esta mujer vivía arrebatos místicos en los cuales el prepucio de Nuestro Señor Jesucristo se le materializaba en su boca haciéndola gozar por su carnosidad y exquisito aroma provocándole todo tipo de éxtasis. Si le parece que tanta grandeza sólo está al alcance de algunos privilegiados puede usted decantarse por otras opciones más modestas como ver a la Virgen, levitar o tener estigmas. Si no hace usted nada de eso y ni siquiera es capaz de dedicar pequeños sacrificios a nuestro señor, como flagelarse o introducir su pene en un zarzal cada vez que tiene una erección, como hacía San Agustín, entonces no se llame usted cristiano: hágase budista, zen o la chorrada de moda, cómprese unas gafas de pasta y dedíquese a ver bodrios de Sofia Coppola. A esta sabia conclusión llegó también un singular personaje, Clemente Domínguez Gómez. Su apática vida como vendedor de seguros, cuyo único punto de interés eran sus incursiones en los ámbitos gays sevillanos, en los cuales era muy popular bajo el nombre de la Voltio, le parecía impropia de un auténtico servidor de Cristo. Conmovida por tanta devoción, la virgen María se le apareció a él y a cuatro niñas del pueblo sevillano de El Palmar de Troya para transmitirles un mensaje de cabreo por la expansión del progresismo, la chabacanería y la desvergüenza, no sólo en el mundo mundial sino en el seno de la misma iglesia católica con tanto cura rojo y tanto concilio. Tras unos cuantos años felices de visiones, charlas celestiales, amenazas marianas, peregrinaciones y estigmas, en 1978 la Voltio recibe una nueva visita ultraterrenal: en esta ocasión se trata de Nuestro Señor en persona, que le ordena pasar a la acción y formar la iglesia católica palmariana. Lo primero que hace el nuevo culto es invalidar al Vaticano y a todos los papas, puesto que ellos no fueron elegidos como sucesores de Cristo por designación divina, un privilegio del que tan sólo San Pedro y Clemente / la Voltio han sido dignos a lo largo de la historia (bueno, y Mariano Rajoy, naturalmente). No sólo la iglesia de Roma queda desacreditada, sino que además todos los “curas obreros” reciben la excomunión, junto con el rey de España y con todos los espectadores de la película blasfema Jesucristo Superstar.

Los mensajes marianos y la financiación de la extrema derecha dan alas al nuevo culto, que rápidamente genera sus propios santos: en una misma ceremonia se beatifica y canoniza a la vez a personajes tan ilustres como San Francisco Franco, San Josemaría Escrivá de Balaguer, San José Antonio Primo de Rivera, San Luis Carrero Blanco y San Don Pelayo, pilares de la fe palmariana. Tal brío ideológico y espiritual trae la bendición económica de personajes de la alta sociedad, como cierta baronesa que subvenciona la compra de la finca en la que se aparece la virgen, para beneficiarse de los efectos del agua milagrosa que allí brota; el regocijo de la señora se interrumpiría años más tarde cuando las autoridades precintaron el pozo bendito al no encontrar rastro de santidad en sus aguas pero sí un gran número de bacterias y residuos tóxicos.

Pero, a pesar del esplendor de su iglesia del Palmar, que crece y se expande rápidamente en multitud de países, nuestro amigo Clemente, al igual que el santo Job, vio como su fe se ponía a prueba mediante la vicisitud: sufre un accidente de coche en el que se queda ciego. Como no podía ser menos, la Virgen le comunica que pronto recuperará la vista; pero esta vez Nuestra Señora parece estar menos acertada porque nuestro amigo murió sin recuperarse de su ceguera mientras celebraba, en estado de trance, la misa de Pascua de 2005. Su gran amigo Manuel Alonso Corral, antiguo compañero de juerga del ambiente gay hispalense, toma el relevo para proseguir con la labor de esta iglesia mientras espera la resurrección del papa Clemente, que él mismo anunció que tendría lugar en Palestina al tercer día de su muerte. Han pasado ya unos cuantos días después del tercero y seguimos sin noticias de la Voltio, pero si las cosas de palacio van despacio, imagínense las del más allá.

Los hechos aquí relatados evidencian la sinceridad y la superioridad moral de la iglesia del Palmar frente a las medias tintas y la mediocre actitud vergonzante e hipócrita con la que vive su ultraderechismo el mundo católico tradicional; mientras el actual papa Mazinger y su antecesor el Juan Pablo aquel, unos vulgares masones según el acertado criterio de Clemente / la Voltio, se dedican a hacer encaje de bolillos canonizando a los curas muertos en la guerra civil a manos de los republicanos y no a los asesinados por el bando franquista, mientras nadan y guardan la ropa diciendo que no se pronuncian políticamente y demás juegos cínicos de ese tipo, la iglesia del Palmar impresiona por su coherencia sin fisuras, su autenticidad y su indudable sordidez; merece pues su lugar en el sol en este blog.

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