Sórdido y fresco

Analizamos la discografía de Luis Cobos: un deleite para los sentidos

Lo peor de Internet es que parece que “La Historia” comenzó en 1996. O que la historia del arte comenzó con la SGAE. Cosas como el menéame son una cansinez donde sólo los ataques a – perdonen la palabra que voy a decir – individuos como Ramoncín tienen repercusión. O peor aún: para mucha gente, José Luis Borau, el autor de una genialidad metafórica como ‘Furtivos’, sólo es el gilipollas al frente de esa cuadrilla de corruptos.

Recientemente, tras un silencio discográfico, Luis Cobos ha vuelto a la luz pública para reclamar su parte del pastel. Y claro, estos chavalucos interneteiros ya se la han lanzado merecidamente a la yugular. Lo peor es que, en medio del ataque, ya son pocos los que recuerdan la MAESTRÍA ABSOLUTA que Luis Cobos demostró a la hora de utilizar los ritmos del Casio. Feck, y que el maestro Cobos es un jrande del bigotón.

En este blog, enamorados como estamos de la patética retórica de la “gran crítica musical” no queremos perder la oportunidad de realizar uno de esos artículos ponzoñosos tipo Rock de Lux, Popular 1 o Rolling Stone donde, con unas pocas frases por disco – y su consiguiente ración de estrellitas o puntos negros – se resume la abultada discografía de grandes estrellas.

Y… (palabro por el que tiene que empezar toda buena sentencia GSánzica)

…de la mano de Paco Fox (y trotando con él por las montañas de Salzburgo acompañados por la voz de Julie Andrews) se incluirán nostálgicas ambrosías sobre qué hubiese dicho G. Sanz acerca de cada disco. Porque la de G. Sanz es LA verdadera opinión. (By the way, Paco se siente harto orgulloso de haber redactado todos los GSanzismos sin haber escuchado NI UNA SOLA nota de los discos de Luis Cobos – lo de la infancia no cuenta. Tal es LA actitud de un crítico musical responsable).

Ladies and gentleman, I give you… ¡¡¡La discografía de Luis Cobos!!!

Zarzuela (1982)


Con las credenciales de haber sido uno de los responsables de obras maestras como el “Prepárate” de Obús (arreglista y teclista), o el Op Art de Tino Casal, o los primeros discos de

Mecano y Olé Olé, Luis Cobos debuta con un álbum en el que, al igual que artistas de la talla de Modern Talking o Günther, demuestra tener el pleno control de sus recursos creativos. El enérgigo chis pun con el que, con brío falangista, desfila “La torre del oro” eriza todo lo que concretamente es el bello púbico. De igual forma, en temas más pausados como “La rosa del azafrán”, el maestro Cobos reduce la melodía a mero colchón ambiental para dar la voz solista a un hueco chis pun chis pun pun que se convierte en único y merecido protagonista del evento. Los recursos que, durante años, ensayaron las cassettes de gasolinera, alcanzan su plenitud en armonía con la Royal Philarmonic Orchestra. Camarón de la Isla o Los Cantores de Hispalis tardarían muchos años en darse cuenta – y peor – de lo que Luis Cobos dominó en 1983.

G.Sanz habría dicho: Redivido tras su experiencia soul prog de la ‘Conexión’ Sevillana, el que fuera colaborador de Tino Casal propone una visita al callejón de la memoria musical nacional inspirada por las experiencias trip-barock de Rondò Veneziano. Y, haciendo suyas las moradas atemporales de R. Chapí y (especialmente) G. Giménez, abre la puerta a los adosados musicales del futuro. Poder hard-casio y ritmos briosos pagan una entrada triunfante (que no triunfal) en el monolítico edificio de la música orquestal española.
Sol y Sombra (1983)

Que la sobrenatural e hiriente belleza de la portada no turbe tu juicio: este disco de pasodobles, pese a su notable dominio del hard Casio es un paso atrás respecto al debut. Cambiar la zarzuela por el pasodoble sume a Luis Cobos en el terreno de la cassette gasoliñeira genérica, lleno de maestros consumados del hard Casio aplicado al pasodoble contra los que resulta imposible competir. Luis Cobos pasa de definir un género a convertirse en genérico: la misma evolución que lleva a Kiss de discos como el ‘Rock’n’Roll Over’ al ‘Hot in the Shade’.

G.Sanz habría dicho: La consabida (y esperada) secuela a su brioso debut marca el primer paso al flash fordward de su futuro declive. Los espíritus del Maestro Álvarez Alonso y Las Grecas tutelan la confirmación de Cobos en el coso popular nacional. Y, alienando a los puristas del chunda chunda de alta cultura en el paseillo, confecciona una sublimación del mostacho adaptado a la sensibilidad popular tunera (y, por qué no, tunante)
Mexicano (1984)

En un arranque de desfachatez, en una fecha tan temprana como 1984, Luis Cobos va haciéndose su particular plan de pensiones: “invierte en México hoy para que pueda ser tu retiro mañana, cuando toda España te dé la espalda”. Disco pelota donde el Casio se hace discreto por aquello de no ofender “las sagradas raíces”. Así, cosas como ‘Huapango de Moncayo’ se convierten en el equivalente musical de la revista Hola borrándole las lorzas y celulitis con Photoshop a Ana Botella. Afortunadamente, en temas livianos como ‘Guadalajara’, el chis pun valiente y sin concesiones nos demuestra que Luis Cobos aún está lejos de su decadencia.

G.Sanz habría dicho: Abandonada la ortodoxia chis pun, Cobos plantea un periplo trasatlántico planteado por el ego y corroborado por el superego, pero muy lejos del id. Desprovisto de su habituales señas de identidad, el resultado se queda en un folleto de viajes con las escalas habituales en el pasito y la ranchera (sin olvidar visitas al jarabe) en una búsqueda completista de mementos.
Más Zarzuela (1985)

Tras el fracaso artístico de ‘Mexicano’, Luis Cobos se refugia en una secuela de su mejor obra hasta el momento con resultados desiguales. Si temas con ‘La Tempranica’ casiean fast and furious, mediocridades como “La boda de Luis Alonso” muestran tanto falta de valentía a la hora de potenciar el Casio en la mezcla, como indecisión a la hora de decidir qué botón pulsar. De la misma forma, el en exceso barroco chis chis chás pun típico del trip hop de “Benamor” deja al perplejo oyente rascándose la cabeza.

G. Sanz ha quitado el vinilo del tocadisco y se ha sentado sobre el pitorro central del plato mientras lame un vinilo de los Smiths.

Capriccio Russo (1986)

Si sólo puedes ser el orgulloso poseedor de un disco de Luis Cobos, ésta es la elección… Perdón, si puedes ser “poseedor de un disco de Luis Cobos” y, a la vez, sentirte “orgulloso” es que mereces que te expidamos un diploma de sórdido cum laude. En este disco, Luis Cobos dio el paso definitivo: abandonar los géneros musicales “menores” y asaltar el mundo de la gran cultura con la melena ondeando al viento. Si, hasta la fecha, el maestro había cultivado una estética basada en la proximidad al populacho que otorgaban los jerseys de lana, ahora era el momento de sacarle a su bigotón todo el glamour, champagne, sexo y respeto que se merecía: Luis Cobos ya no es un onvre del pueblo, es un artit-ta apasionado que, con el erótico movimiento de sus caderas, marca el ritmo a la Royal Philarmonic Orchestra. Hecho que hizo que algunos dijesen “Luis Cobos dirige a la orquesta con el culo”.

Por supuesto, el “mundo del arte” no se lo perdonó: pero ésa era la esencia última de Luis Cobos, ser la ofensa definitiva. Cada pieza de “Capriccio Russo” es el paso decidido del hard Casio al grindcore-Casio (“Capriccio Russo”), el death-metal-Casio (“Marcha Eslava”), el punk-Casio (“Capriccio Espagnol”, cágate) o el thrash-Casio (“Bocetos Rítmicos”, todo un estudio sobre los botones del PT-2 que causa un éxtasis místico inefable).

G. Sanz habría dicho: Tras la indigestión de género chico (que no menor) de su anterior disco y su papel de sazonador de la adaptación fílmica de ‘La corte del faraón’, Cobos prepara un menú internacional. Y, henchido del espíritu de un Tchaikovsky tocado por la gracia de Paco Pil, cocina un inspirado strogonoff de frenesí rítmico y lo presenta para una masiva y orgiástica deglución. Melenas al viento, ritmos cosacos y un toque de la experta cocina de la Orquesta de la Televisión Rusa para un plato que huele a libertad y acondicionador.

Tempo D’Italia (1987)

Liándose con la mítica Ángel (esa sórdida que cantaba ‘Dancing in Paris’) y definitivamente abandonando el jersey de lana en pos de un más seductor smoking, Luis Cobos se atusó el bigotón y repitió la fórmula del “Capriccio Russo” con idéntica buena fortuna. Habrá quien diga que estos discos eran un plagio desvaído del mítico multiplatino ‘Hooked on Classics’, pero el hooked, de 1981, se podía explicar como un oportunismo comercial de un momento donde los ritmos disco pegaban fuerte, mientras que el chis pun de Cobos – decidido como pocas veces en “Tempo D’Italia” – es algo que sale del corazón, más allá de tendencias y demagogias.

G. Sanz habría dicho: Retomando su primigenia inspiración en los Rondò Veneziano de Gian Piero Reverberi, Cobos prosigue su labor tutorial de los clásicos para el mercado medioburgués. Unas lecciones magistrales con Puccini como ojito derecho y su nuevo Ángel (ex-Dancing in Paris) de jefe de estudios, que no requieren desgastar codos y que satisface a toda la clase.

Vienna Concerto (1988)

Las críticas, cada vez más aceradas, comienzan a facer mella en Luis Cobos. La pasión con la que ondea la batuta y las melenas en la portada del disco no puede ocultar una menor presencia del Casio a lo largo de la mezcla. Tanto, que la setentera obra del sórdido Werner Müller, consigue superarle en brío y energía sonora. De cualquier forma, la “Marcha Radezky” de Strauss es una apuesta infalible para llegar a las más altas cotas de la vergüenza ajena, y Luis Cobos se aferra a la oportunidad con uñas, dientes y bigotón como el jrande que es. Qué coño, se aferra y se la folla a pelo al enganchar la más sórdida composición de Johan Strauss con… ¡Sonrisas y lágrimas! Encima, esa peli era en Salzburgo, y no en Viena, lo que hace que el single “Viena Concerto” sea TODAVÍA mejor.

G. Sanz habría dicho: La tercera parte de la trilogía apócrifa iniciada con ‘Capriccio Russo’ nos ofrece a un whisky con exceso de agua, pero falto en cocacola. Tras esa osada diversión que es el tema que da título al disco, lo acomodaticio se establece firmemente en una declaración de lo desgastado de una fórmula que ni refresca ni intoxica.

Opera Magna (1989)

La decadencia prosigue: el Casio se restringe sólo al single “Carmen Passion”. Curiosamente, una de las mejores y más sentidas piezas de su discografía, digna de haber sido usada de fondo musical en “Brácula: Condemor 2”. Y no, no se me ocuerre elogio mayor que ése. El resto del disco es infame relleno: los tiempos del “Capriccio Russo” comienzan a quedar preocupantemente atrás. ¡Pero Luis nunca había salido más guapo en una portada!

G. Sanz no compadece. Está de vacaciones masturbándose mientras escucha un disco de Vanilla Ice, su pasión secreta inconfesable.

Suite 1700 (1991)

Las partituras más sórdidas jamás compuestas son las cuatro estaciones de Vivaldi. Pon “La primavera” en cualquier ámbito de la vida, hasta en eventos trágicos, como el preocupante estado de salud de Cachuli en prisión y, en seguida, todo se vuelve erótico-festivo.
Carente de inspiración, y cosechando su primer fracaso comercial, Luis Cobos se aferra a Vivaldi como último estertor y como triste anuncio de su decadencia poética.

G. Sanz sigue sin compadecer, a la espera de un cambio en la trayectoria temática que le permita asombrar al mundo con sus enormes conocimientos.

Viento del Sur (1993)

Al igual que otros jrandes de los 80, Luis Cobos se vio confundido por la oleada grunge. Incapaz de mantenerse fiel a su estilo o de realizar una versión hard-Casio del Nevermind de Nirvana por la que le estaríamos eternamente agradecidos, nuestro bigotón intentó hacer efectivo su plan de pensiones en Sudamérica con la que es su peor obra. Pero no coló: que una orquesta tropical sustituya los botones del Casio es algo que repugna a toda gente de bien. El peregrinaje en el desierto de Luis Cobos se inicia con este cd de derribo, del que ni siquiera el sórdido single “Supermambo” consigue gustarnos. A pesar de lo maravilloso de su título.

G. Sanz habría dicho: Olvidada la afición a los ritmos programados que tantos réditos le dio en el pasado, Cobos firma un regreso a América Latina con marchamo de operación de mercado. Y, rindiendo pleitesía a Pérez Prado, establece un compendio musical que sabe a musicología de Reader’s Digest. Pespuntes de folk caribeño y un doctorado en timbalogía para una propuesta que no puede escapar del espectro de su evidencia.
Oscars (1995)

La media estrella se la gana por su versión de “Star Wars main theme”. Es mala y sin Casio, pero en una reunión erudito-freak puedes decir “Ehhhh… chavaaaal… que esta versión es de Luis Cobos...”. Y nadie lo pillará.
El resto del disco deviene música de ascensor genérica: pura librería donde ni siquiera es capaz de sacarle partido a temas de probada eficacia sórdida como “El puente sobre el río Kwai”. Lo que podría haber hecho con ese tema en el 86 si grabase “Capriccio tailandés”…

G. Sanz habría dicho: Perdido en una crisis de identidad de su ética musical, el hijo predilecto de Campo de Criptana acelera su decadencia otorgándose un nuevo papel en la diégesis de su trayectoria. Y, con su batuta afinada en clave nostálgica, protagoniza una compilación de celuloide con decorados de cartón piedra y disfraces de goma. Un Samuel Broston musical volteado por la inanición del ambient-lounge que no vale ni para una sesión golfa.
Amor (1997)

«Viento del sur 2» pero sustituyendo la orquesta tropical por los samplers de librería del disco “Oscars”. The worst of both worlds. ¿Qué fue del chis pun marca de la casa?

G. Sanz no se habría molestado ni en mirar la portada. Por muy mono que salga Luis.


La Danza de los Corceles (1998)

¡Aquí estaba el chis pun! Con ‘Alazanes Blancos’ Luis Cobos graba el primer tema ORIGINAL de su discografía y nos demuestra que el chis pun aún circula por su sangre y su bigotón. La sordidez intrínseca del mundo equino en general y de los alazanes en particular hermana a Luis Cobos con la mejor herencia de Azúcar Moreno y Los Cantores de Hispalis. De acuerdo, el resto del disco no está a la altura, pero ver que aún hay vida y arte en Luis Cobos merece que nos tomemos un finito sevillano mientras decimos “¡Illo!” y nos arrodillemos ante la virgen del Rocío desfilando a ritmo de Casio PT-1. Porque en lo esencial está la verdad.

G.Sanz: Tras sus paseos lounge-core por el celuloide y su descenso a los infiernos latinoamericanos, Cobos plantea su renacer con base en la ortodoxia de antaño. Y, en alas de un single incontestable (‘Alazanes Blancos’), retoma su verdadero ser en una visita introspectiva a la tradición hispana de sus primeros discos. Aires de levante y ritmo de rejoneo para un disco que no mantiene su promesa inicial, pero que sabe a nostalgia y moscatel.

¡Viva Mexico! (2000)

El inmerecido fracaso de “La danza de los corceles” hizo que Luis Cobos intentase cerciorarse de que aún quedaba algo de su fondo de pensiones sudamericano. Ni un peso. Y así terminó su carrera discográfica. Mucho mejor volver a su Campo de Criptana natal, donde las generosas gentes manchegas siempre saben acoger a sus hijos predilectos. Y más si les ofertan conciertos definidos como “Un goce para los sentidos”.

G.Sanz ingresó en la UCI tras la primera escucha de este disco. Y Vicisitud probablemente también.

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