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Televisión de culto: El dream team de Chicho y la doctora Ochoa

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Como casi todas las gentes de mi generación, de niño veneraba el Un dos tres y lo consideraba la mayor cumbre de la historia audiovisual. Hoy día sigo pensando que no se debería de considerar delito el asesinato de cualquiera que ose hablar mal de Mayra Gómez Kemp o las hermanas Hurtado pero, aunque suene snob, la explotación de la nostalgia de la televisión de los 80 le ha quitado la gracia a reivindicar este programa al haber pasado de verse como algo sórdido a la posición de entrañable y cool (algo parecido me ocurre con el festival de Eurovisión y con La bola de cristal). Ver anuncios tan vomitivos como esta publicidad de Coca-cola de somos guais por haber sobrevivido a las hombreras me refuerza en mis posiciones; además, las imágenes del Un dos tres suelen ir acompañadas en los popurris del recuerdo de otras de programas de la misma época de desigual calidad: poner a un beato cutre y ñoño como Miliki o cualquiera de los 800 miembros de su estomagante familia al lado de personajes tan insignes como Raúl Sender o La Bombi es intolerable. Por lo tanto me permito recordar que Chicho Ibáñez Serrador tiene más obras maestras en su haber casi igualmente dignas de homenaje y que además no pertenecen al género catódico familiar (recordemos las sabias palabras de John Waters: decir familia es decir censura). Y no me refiero sólo a las Historias para no dormir, sino también a no uno, dos programas al lado de una mujer con la que formó un dream team que (oh sacrilegio) puede ponerse a la altura del que protagonizó con Mayra: la gran Elena Ochoa.
Si Chicho fue a su manera un pionero de la telebasura con la eliminatoria del Un dos tres, ensayo de lo que serían más adelante los concursos de humillación, y siempre tuvo una vena populachera considerable, la doctora Ochoa era su contrapunto perfecto: seria, profesional y distante. No soporto a los presentadores de televisión que hacen la pelota a la gente ni mucho menos que tratan de tú a la señora que llama para concursar en la gilipollez de turno y que fingen interesarse por su mediocre vida; así mismo que un cantante en un concierto diga cosas del tipo sois un público genial sólo me parece admisible si viste de smoking blanco y lleva a cabo versiones de Bisbal o Julio Iglesias en la verbena del pueblo, de lo contrario debe ser fusilado sin contemplaciones. Un buen showman sabe que debe ser hierático y dosificar su sonrisa, para cuentachistes ya está el borracho del bar. El concepto del entretenimiento de Chicho logró pues una química con la televisión didáctica falangista/estalinista representada por Elena Ochoa que resultó perfecta para el primer programa de divulgación sexológica de la historia de la pequeña pantalla en España: Hablemos de sexo fue todo un hit de audiencia.

Por si no lo recuerdan, el programa comenzaba con una música un tanto siniestra y un primer plano bergmaniano de la presentadora que, con rostro grave y pelo recogido, anunciaba que el tema del día era la impotencia o la sífilis. Ver a aquella señora fina y elegante hablar de forma tan científica y rigurosa de erecciones, clítoris o coito anal me producía un gozoso sentimiento de depravación sólo comparable al momento de esa obra maestra que es Anatomía de un asesinato en el que James Stewart muy serio, con traje y corbata y en blanco y negro pregunta: ¿Diría usted que la señora aquí presente es un pendón verbenero?

Para quitarle hierro al asunto, las asépticas y precisas explicaciones de la doctora se intercalaban entre encuestas tomadas a pie de calle en las que las masas respondían a preguntas del tipo ¿Qué es un orgasmo? Recuerdo a un señor con voz levemente gangosa manifestar sin mayores ambajes que un orgammo e’ una buena follá. Al plano del un tanto orejudo paisano le siguió otro de la señora Ochoa que, imperturbable, opinó que lo que este hombre ha explicado de forma un tanto zafia es muy correcto. Su profesionalidad y savoir faire volvían a quedar patentes cuando abría las líneas del teléfono y escuchaba impertérrita las rocambolescas dudas de los espectadores: Si orino después de tener relaciones sexuales, ¿me puedo quedar embarazada? o He descubierto que mi hijo se masturba, ¿debería pegarle? La doctora no sólo era capaz de escuchar estas consultas con rostro serio y atención sin reírse ni proferir insultos, sino que además sonreía durante la respuesta para dar confianza al despistado paciente catódico. Cuanta sabiduría. ¿En serio alguien prefiere a una histérica como la Lorena esa?

Pero Elena Ochoa no era sexóloga sino algo aún más depravado, especialista en psicopatologías, por lo que Hablemos de sexo no la satisfacía plenamente. Así pues, años más tarde el tandem Ochoa/Chicho generó Luz roja, un programa más variado en el que la doctora podría dar rienda suelta a su pasión por el psicodrama. En el día de la presentación explicó el concepto de forma muy sincera: verán ustedes imágenes impactantes y comportamientos extremos, pero no nos limitaremos simplemente a exhibirlos como un Pepe Navarro cualquiera (vale, esto último es un añadido mío) sino que los explicaremos y analizaremos.

En efecto, Luz roja arrancaba siempre en quinta. El primer programa, con la snuff movie de un tipo que se pegaba un tiro en directo delante de una cámara; el segundo, con el cliente de un ama sadomasoquista que recibía latigazos, cera ardiente y era sodomizado con gran gustirrinín por su parte; el tercero, con la decapitación de un gallo durante un rito vudú cuyo hechicero se restregaba con alegría la sangre por la cara …. Estas escalofriantes presentaciones daban paso a un rosario de patologías, traumas, fetichismos y adicciones equivalentes a toda una retrospectiva completa del cine de Polanski. A la cuarta semana TVE debió de darle un toque a Chicho y el tono del programa se dulcificó un poco. Más adelante incluso dedicaron la noche a hablar de la felicidad y temas más ligeros, lo cual nos permitió ver a la doctora con el pelo suelto, algo que hasta el momento me parecía tan antinatural como imaginar a Ana Blanco con permanente.

No obstante, las audiencias de Luz roja fueron disminuyendo progresivamente; a pesar de haber sido muy atrevido en su tiempo, con la presencia de las televisiones privadas el concepto de televisión de Chicho se había vuelto demasiado amable o tal vez demasiado sofisticado. Había que adaptarse a los nuevos tiempos, así que él repetiría éxito con El semáforo pocos años más tarde, mientras que ella, que no se veía apta para tales lides, se retiraría discretamente de la tele para liarse con el famoso arquitecto Norman Foster. Actualmente nuestra amiga trabaja en la publicación de una revista muy pija para profesionales de la fotografía. Hablemos de sexo y Luz roja tienen, por su parte, su lugar de oro en la historia de la televisión de culto y la sordidez.

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