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Ponga un cura en su vida (un post conciliador)

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En la recepción del colegio de Jesuitas de Vigo en el que estudié había una estatua de madera de Cristo. Lo reseñable es que su túnica estaba ahuecada, así que mi curiosidad me pudo y me asomé por debajo para ver hasta dónde había esculpido el autor. Como la vista no me daba para ver en esas oscuras simas, estiré mi mano. En ese momento apareció el Padre Requejo portando una botella de agua y una de vino mientras masticaba algo. Para disimular, pregunté “¿Qué está comiendo, Padre Requejo? –Un higo paso. – Ah, creí que era una hostia”. Acto seguido, un amigo que me acompañaba en mi deplorable expedición cristológica se puso a debatir sobre el contenido de “Caballo de Troya” con tan venerable cura.

Creo que esto resume a la perfección mi ambigua relación con el hecho religioso.

Hace muchos años que me he definido como una persona anticlerical pero, a la vez, eclesiástica. Al revés que mucho jipi de mierda que encomia la “espiritualidad esencial” de la religión pero que critica la jerarquía de las “religiones organizadas”, yo siempre he tenido debilidad por la retórica católica y la iconografía eclesiástica, mientras que el perroflauta del “Cristo amigo” siempre me ha repateado. Para entendernos: Dios no existe, pero la Curia sí. Y, aunque gentuza como Rouco Varela o el arzobispo de Navarra puedan hacernos pensar esa simpleza punkarra de “no hay mejor iglesia que aquella que arde”, un vistazo más detenido a las cosas nos muestra lo MUCHO que los sórdidos de pro necesitamos un buen cura en nuestras vidas. ¿O creéis que Buñuel decía lo de “Doy gracias por haber nacido en un país católico” sólo por joder? De hecho, en mis tres primeros cutrecortos hice de cura. El primero, trsitemente, era un spot que anunciaba alzacuellos con myself de prota.

En mi caso, mi lamentable formación religiosa es la obra conjunta de dos grandes religiosos jesuitas: el padre Pedro Juan Azpeitia (q.e.p.d.) y el Padre Pedro Pablo Requejo. Dos polos opuestos que, como en la mejor tradición de la dialéctica Marxista, conseguían que mi espíritu creyese, a la vez, en el Darwinismo y en las psicofonías.

El Padre Azpeitia tenía dos grandes pasiones: los dinosaurios y la fotografía. Ésta última siempre fue objeto de chanza y choteo entre el alumnado, debido a la profusión de bellas fotos de alumnas en poses como muy “de modelaje”. El apelativo “masturmán” estuvo a la orden del día entre los garrulos que infestaban las aulas, aunque un servidor y varios amigos siempre nos opusimos a esa “tesis oficial”. Feck, también nos hizo fotos a nosotros y juro por Peich que ningún depravado lograría machacársela con el triste resultado.

El caso es que el Padre Azpeitia, como tutor nuestro que era, llegó a tener un punto de “confidente” que ni el profesor más enrollado ever hubiese logrado nunca. Llámesele “dominio del secreto de confesión” o lo que se quiera, el caso es que este buen onvre siempre tenía el microdespacho lleno de fistros varios que allí nos reuníamos. Qué queréis: si no te vas a comer nada con las tías ni vas a practicar ningún deporte en el campo de fúmbol, ni a emporrarte o empastillarte en el váter (sorry, los psicotrópicos nunca han sido lo nuestro) el despacho de un cura aragonés era un lugar de encuentro tan freak como cualquier otro. En aquel despacho podíamos deleitarnos con relatos sobre lo orgulloso que estaba del puñal de las SS que había conseguido, como premio, en un campamento de la Falange (y es que, puestos a elegir un cura, siempre me han tirado más los de derechas: líbreme Peich de los curas rojillos que quieren ir de enrollados). En aquel despacho nadie se escandalizaba: imperaba un talante que hacía que el Padre Azpeitia pudiese oír mi teoría sobre la “sodomía como elemento subyacente en el Libro del Buen Amor”, o leernos en comandita las historietas del “Dios Mío” del Jueves, o proferir herejías varias que, por parte del Padre Azpeitia sólo recibirían la concisa respuesta de “¡Merluzo!”. Yo decía “No le replico por respeto a sus canas y al clero”, y la sagaz respuesta era “¿Pero cuándo has respetado tú al clero?”. Que, además, por su despacho estuviese trotando una ardilla y hubiese figuras de dinosaurios, era todo un extra. Aquí debajo está un dibujo que, en su momento y con bello bolígrafo bic, hice de aquel ámbito. Es una mierda de dibujo pero, joer, tenía quince años.


El día que Azpeitia murió, siempre recordaré la frase que mi amigo Miguel me dijo por carta “Recordaba al doctor Manhattan en Watchmen, cuando decía que la vida y la muerte eran una abstracción, y que un cuerpo vivo tiene el mismo número de moléculas que uno muerto. Pero, veinte pitillos después, ví que aquel razonamiento no servía”. No puede ir al entierro, pero meses después, en medio de vicisitudes sexuales demasiado sórdidas como para relatar en este blog, en las mentes de todos los que visitábamos aquel despacho estaba el pensar “Qué pena: seguro que el Padre Azpeitia nos hubiese sabido asesorar en estos momentos aciagos de vicisitud y coñac”. O le hubiésemos dado otro infarto. La carta al director de un compañero nuestro, publicada en el Faro de Vigo, bajo el título «Se ha ido un hombre bueno» es una forma tan simple como eficaz de resumir su legado.

Por su parte, su amigo, el Padre Requejo, frente a la sequedad maña del Padre Azpeitia, tenía una mayor jovialidad asturiana. Dicen las malas lenguas que él era el cura de la “jet” de Gijón y que escándalos sexuales con una señora de la alta sociedad de tan noble ciudad propiciaron su exilio vigués. Muy “Father Ted”, la verdad, pero además de no creérmelo, la faceta sexual – su importante carisma le hacía estar siempre rodeado de muchachuelas – nunca fue lo que más me interesó del Padre Requejo. Lo realmente importante es que estamos hablando de un onvre que aparece citado en libros de JJ Benítez y que ha participado en varias conferencias del celebérrimo parapsicólogo jesuita known as Padre Pilón. Aquí lo podéis ver citado, y en la imagen de debajo podéis verlo protagonizando una historieta dibujada por un servidor antes de decidir que el Rotring no era lo suyo. Es un fistro mal fecho con demasiados chistes privados del momento y con recursos visuales chungos. Pero, joer, tenía dieciséis años.

(Update: nada, blogger no amplía las imágenes centradas, así que, a petición de Vitijito, aquí tenéis los links para descargar la página 1 y la 2. Si es que a algún depravado le apetece)
Las clases de religión con Requejo jamás giraron en torno a la Santísima Trinidad. ¿Para qué perder el tiempo con polladas si puedes hablar de viajes astrales? Cuando de los viajes astrales al polo norte pasamos a las psicofonías, fue cuando un alumno, replanteándose todo lo aprendido en preescolar, dijo “Entonces… ¿Los fantasmas existen?”. Mi natural escéptico me hacía rechazar todas y cada una de sus teorías, pero entonces llegó el día en el que el Padre Requejo nos narró su avistamiento OVNI. Bueno, el decía “Ofni”. Traumatizados ante la evidencia de visitas extraterrestres, en la siguiente clase, todos acribillamos a preguntas al Padre Azpeitia. Éste, con su talante científico, iba desmontando todas y cada una de las teorías de su amigo Requejo. “Es que es un crédulo”. Pero Requejo jamás se retractó. Antes bien, le metió un gol por la escuadra cuando salió, en la primera cadena, explicando… ¡Su encuentro con extraterrestres! Éstos, en su charla con él le relataron cosas como que lo que más les gustaba de la Tierra era la sabana africana. Luego, antes de despedirse, le dijeron que, en media hora, iba a llover. “Parecía increíble, porque el cielo estaba muy despejado. Pero, en efecto, a la media hora se puso a diluviar”. Cosas como éstas son las que hacen que, en mi inconsciente, la cara de Cristo sea como la de un Íker Jiménez con barba. Recordemos el discurso fundamental del Padre Requejo respecto al hecho alien: «‘Lo importante es el mensaje de amor que nos transmiten estos seres y la propia experiencia».

Otras perlas de sabiduría hacen, curiosamente, que el discurso de Requejo se aproxime al de Carlos Jesús. Me refiero al día que, en plena clase de religión, nuestro cura asturiano favorito proclamó que «Ghost» es la película que se aproxima de forma más rigurosa al hecho del más allá. Claro que Carlos Jesús decía «Có» en vez de «Ghost»… ¡Pero Requejo lo dijo antes! Así que pensáoslo dos veces cuando os apetezca cagarsus en la obra «de maduréz» de Jerry Zucker. Sin embargo, de entre todas las enseñanzas del Padre Requejo, una es la que destaca. Frente a las amenazas de Mázinger y opusinos varios, él tenía un mensaje tranquilizador sobre el más allá. “Yo he tenido esa experiencia. He visto lo que hay más allá y sólo puedo deciros que no tenéis nada que temer. Estad tranquilos”. Como él decía “Nos quedaremos flosh”. Ya veis, el consuelo que Alan Moore no nos supo dar tuvo que venir a ofrecérnoslo un jesuita. Ésa, y no otra, era la enseñanza de “El Exorcista”.

Así que cada vez que caigáis en la tentación de fusilar a todos los curas de España, pensad que, en un momento de la historia, dos onvres buenos aportaron luz y color a un mediocre mundo que tan frecuentemente confunde el progresismo con la chabacanería y la desvergüenza.

(O a lo mejor esta mierda de artículo no os convence de nada, pero, joer, es que tengo treinta y tres años…)

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