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No puede ser verdad…

Cuando era montador en una canal temático de videojuegos, informática y tecnología, habia una norma no escrita que obligaba al empleo de música techno o, como mucho, hard industrial. Un día, tuve que hacer una pieza sobre el “Crazy Taxi” y no pude evitar montarla al ritmo de “La mandanga”. Análogamente, cuando tuve en mis manos un videojuego de toreo, la oscura pero impactante “Que perdonen al toro” (track 4 de mi cd del Fary) fue elegida sin pensar en las consecuencias. Dentro del canal, la gene alucinó un poco, pero nadie dijo nada: todos sabían que un servidor estaba haciendo lo correcto.
Años después, dando clase en un instituto de FP, una alumna de aspecto modoso y aplicado me enseñó una práctica que había hecho por su cuenta, no evaluable para la asignatura. Dicha práctica era un videoclip, hecho con figuras de belén y del Fary sobre una épica versión de “La falsa moneda”. Y ese día entendí que hay que tener fe en la juventud que nos sucede.

Con esos dos momentos me quedó claro en la vida que El Fary, antes que “el celebérrimo tonadillero español” del que hablaban Faemino y Cansado, es un sentimiento. Es un icono superior a Elvis o Sinatra, y TODOS lo sabemos. El Fary no se deja medir por el vulgar rasero terrenal. El Fary apela a nuestra dimensión trascendente y a nuestro lado sublime…

…Y, de repente, como siempre, se van los mejores.

No soy un erudito conocedor de la figura del Fary. Sin embargo, mi amistad con el director de su mítica serie “Menudo es mi padre” dio pie a que conociese alguna anécdota de tan gran artista. Momentos menores, pero poco conocidos. Y, para evitar, como decía Rutger Hauer, que esos momentos desaparezcan con su muerte, permítaseme el glosarlos brevemente como humilde tributo a un artista que, como Raphael, habla a nuestro lado sublime.

El Fary siempre llevaba encima un peine con el que se peinaba antes de cada toma. En medio del fragor previo al rodaje, siempre decía “Un viaje al tomo y rodamos”. Dicha frase fue asumida por Guillermo, el director. Así, ya nunca más se dijo “¡Cinco y acción!” sino un bello “¡Un viaje al tomo y rodamos!”.

En el plató siempre había un futbolín. Después de cada comida, El Fary tenía que echar su partida. ¡Y tenía que ganar! ¿Trampas? No soy quien para decirlo…

De entre las anécdotas que El Fary relataba entre tomas, destaca aquella en la que contaba como una vez, durante un concierto, se metieron unos punkarras para armar bronca. El Fary paró de cantar, bajó junto a estos energúmenos y, hablando seriamente con ellos, los convenció para que subiesen al escenario a cantar “El torito guapo”. Si eso no es lo más grande acontecido sobre un escenario, cerca queda.

El jueves por la tarde era un día sacrosanto para El Fary. Todo plan de rodaje tenía que evitar su presencia en tal momento. A priori, se trataba de una partida de cartas cuasi religiosa. Pero sean libres para especular.

Cuando la serie “Menudo es mi padre” estaba en un momento de incierta renovación, mi querido Nacholo, haciendo turismo italiano, escribió en el “libro de los deseos” de la catedral de Siena “Que renueven la serie del Fary”. Y el milagro ocurrió. Yo no soy creyente, pero con los seres trascendentes como El Fary, estas cosas suceden.

Finalmente, recordar unas palabras que un personaje secundario de la serie, “El tapas”, le dijo al director: “¿Ves a aquel extra que está allí con cara de amargado? Pues Gary Cooper, con toda su fama y sus oscares, se cambiaba ahora mismo por él. ¿Sabes por qué? Porque Gary Cooper está muerto y ese extra está vivo”.

Tristemente cierto. Hoy, en el ámbito donde trabajo, hay un crespón negro.

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