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Apocalipsis caníbal: Muy chungo

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Aprovechando que nuestro amigo The Devil Rules The World anda publicitando una película de zombies en la que lleva trabajando varios años, decidí hacerle un homenaje y tragarme algún flim del subgénero (algunos dirían, infra-género. Y en la mayor parte de los casos tendrían razón. Porque nadie me negará que ver la palabra ‘zombi’ en la sinopsis de una película es como leer ‘inyección letal’ en una sentencia judicial).

A tal efecto, y para hacer doble el homenaje, pensé en buscar alguna muestra española. Y ya sé que esta frase suena a ‘Ya que me he cortado el dedo con el cuchillo de jamón, voy a hacerme el seppuku’.
Haciendo memoria, sólo se me ocurrían tres ejemplos. Ya había visto No profanar el sueño de los muertos (que no da vergüenza ajena, pero que tampoco es como para untarse el glande de aceite Johnsons para niños). Me había tragado partes de Una de zombis cuando la tenía en emisión en Cinemanía. Me quedaban dos opciones: o hacer más memoria o quedarme con la otra que recordaba. Y opté por la segunda. Una decisión de la que yo no me arrepiento, aunque mis neuronas han comenzado las protestas formales. Sospecho incluso que algunas se han metido a terroristas suicidas y planean inmolarse en mi nervio óptico.

Porque esa tercera película en cuestión es una coproducción con Italia (lógicamente). Que intenta hacer pasar las afueras de Barcelona por Guinea (promete vicisitud). Que tiene más de 10 títulos alternativos (otra clara señal del Apocalipsis). Y que está dirigida por Bruno Mattei (el equivalente cinematográfico a una colonoscopia).

Virus AKA Apocalípsis caníbal, AKA Hell of the Living Dead AKA Zombie Creeping Flesh AKA cien mil títulos más, fue dirigida por nuestro onvre en localizaciones catalanas en 1980, justo un año después de Nueva York bajo el terror de los zombis de Lucio Fulci. Esto es, en plena fiebre de muertos vivientes italianos asolando las carteleras europeas. Mattei, que nunca ha disimulado su afición a los plagios baratos, junto con su cómplice Claudio Fragasso, diseñó un épico filme-denuncia en el que hordas de zombis del tercer mundo asaltan Occidente. Ni que decir tiene que el resultado fue un par de extras negros pintados de blanco corriendo por un descampado mediterráneo. ¿Acaso fue un problema para Bruno el no poder ir a localizaciones exóticas para rodar? ¡No! Porque, ni corto ni perezoso, sino más bien con bastante poca vergüenza, se dedicó a insertar planos de documental cada vez que alguien miraba a un lado. Y cuando nadie miraba también. Y cuando no venía a cuento. Que había que inflar el metraje, leñe.

El uso de este material de relleno es una de las características más conocidas de esta película. Pero esto no sería motivo suficiente para condenarla al quinto círculo del infierno cinematográfico. Como dirá Toxeiro: ‘Muchas más había’.

Empecemos por la protagonista. Se podría decir que es la peor actriz que he visto. Y lo voy a hacer: es la pero actriz que he visto. Al menos, Bruno tiene el detalle de empelotarla. La escena es gloriosa: los protagonistas (dos reporteros y unos GEOS) están en medio de la (ejem) selva sin saber qué hacer. La prota, según dice, experta en costumbres tribales, dice tener la solución. Entonces, comienza a desabrocharse la camisa, mientras que sus compañeros se quedan mirando lascivamente. Y, sí: se pasa a un plano detalle de las tetas. Sutilezas a Bruno, no. A continuación, se da un garbeo en top-less con pinturas de guerra mirando a izquierda y derecha imágenes de documentales. A lo largo de un cuarto de hora. O, al menos, eso me pareció.

Otro motivo esencial de la fama de la casi-película es el tema de la estulticia de los protagonistas. Todos sabemos que los personajes en este tipo de flims son siempre idiotas. El que lo dude, puede ver Las noches del terror, en la que un personaje, refugiado en una mansión rodeada por zombis, tiene la inmortal idea de dejarlos pasar: ‘A lo mejor sólo quieren entrar en la casa’, dice el oligofrénico tras haber presenciado cómo varios amigos se convertían en zombi-chow. En Apocalipsis caníbal (AKA Virus, AKA etc, etc, etc) tenemos a un grupo de GEOS que, tras descubrir que los zombis sólo mueren (cómo no) por un tiro en la cabeza, se pasan el resto de la película disparando al pecho. Por no hablar del tal Zantoro, magnífico ejemplo de por qué la raza humana todavía está a medio evolucionar, el cual se dedica a jugar al corre que te pillo con los zombis. Que también son idiotas, pues se quedan escuchando cómo le dice cosas feas en lugar de hacerle la traqueotomía sin anestesia que merece.

Muchos hablan también del hecho de que toda la banda sonora está plagiada de otras películas (según parece, Zombi de Romero, Alien Contamination de Luigi Cozzi y Buio Omega de Joe D’Amato, otro director de cine-colonoscopia). La verdad es que me da un poco que igual: sintetizadores chungo-progresivos de Goblin que suenan tan raros aquí como en las otras. Lo que sí es de juzgado de guardia es ese momento de fiesta tribal en el que la música TAMBIÉN suena a sintetizador. ¡Nativos en plan disco!

El resto es fácilmente imaginable: zombis repetidos, fallos de continuidad, gente vomitando, diálogos whatthefuck, uno de los GEOS dando saltos vestido de bailarina antes de ser atrapado por los zombis en tan deshonrosa actitud… Un festín bazofiero que daría para otros dos folios, pero que prefiero no seguir recordando. Pues esta película me provocó pesadillas. Pero no con los zombis. Soñé que la estaba viendo otra vez. No, en serio.

Así pues, en lugar de un extracto de esta cosa, os dejo el teaser trailer de la próxima película de zombies patria. Seguro que es mejor y que, al menos, está hecha con más amor que toda la filmografía de Bruno Mattei.

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