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Guías turísticas para sórdidos: ¡Gibraltar, inglés!

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En su gran obra ‘To er mundo e mejó’, Manolo Summers hizo que una reivindicación política quedara para siempre unida al cachondeo en el imaginario colectivo. Era la frase «Gibartá, Ehpañó». Delante del imponente peñón del sur de España, el equipo de la película se cachondeaba de unos pobres andaluces (comienza en el 5:58):



Sin embargo, yo siempre defenderé a un Gibraltar inglés. Nada de español ni, por supuesto, de república/peñasco independiente. Ya es hoy en día refugio de empresas de actividades dudosas. Con la independencia, la colonia podría convertirse en un lugar tan corrupto que incluso espantaría al Congreso estadounidense.

Porque, amigos: Gibraltar inglés es el lugar de mayor vicisitud, sordidez y amor de la tierra. No olvidemos que estamos hablando de la mezcla de andaluces, ingleses y pakistaníes. Una pena la falta de alemanes e italianos, pero no se puede tener todo.

Con esta promesa de chunguez, Vicisitudysordidez, La navaja en el ojo, un servidor y su sufrida señora decidimos hace un tiempo hacernos en coche las ocho o nueve horas que separan Madrid del Campo de Gibraltar para visitar este maravilloso despropósito de lugar en un breve puente de tres días. Sí, es algo de lo que no se puede estar orgulloso desde un punto de vista convencional. Pero mirándolo desde el prisma de la chunguez, se convierte en una peregrinación necesaria y épica al nivel de una película de bárbaros española. Esto es, a un nivel de vergüenza ajena.

La experiencia de cualquier visita a este lugar siempre empieza, cual canción de Manowar, por todo lo alto: tras pasar la frontera y para llegar al pueblo hace falta atravesar la pista de aterrizaje del aeropuerto. ¡Y hay gente que se queja de los pasos de tren con barrera! Una sensación tan extraña que te sientes como si entraras en un universo paralelo. Con suerte, podrás pasar los primeros momentos de peligro si vas con un neófito en las peculiaridades idiomáticas del lugar. Todavía recuerdo acompañar a un amigo el cual, ante la frase “Entonces, quedamos en tu casa pa’l meeting” soltada por una señora con chándal y teléfono móvil, comenzó a descojonarse con gran gusto, poniendo en serio peligro nuestra integridad física. Porque, sí: los gibraltareños, como el Ciudadano Soberano, están muy orgullosos de sus idiosincrasias. Y eso me parece really charming.


Una vez dentro del pueblo, la sensación de desorientación es abrumadora. Porque por un lado ves los típicos pubs ingleses, pero prácticamente sólo se escucha español por la calle. El calorrismo local que predomina es un espejo extraño que mezcla el espíritu olímpico (chándal y medalla de oro) de Algeciras y La Línea con ese peculiar gusto anglosajón al vestir. Y todos sabemos que unir los términos «vestir» y «gusto anglosajón» es como mezclar «detonador» y «explosivo plástico». ¡Qué bello es ver pasar a un señor, sin camiseta, en su tuneado car y con el pesado de Camarón desgañitándose en la radio while he grita “Illo, luego no’eshamo una’ beers”! Porque, por muy raro que parezca, a veces, como buenos andaluces, he escuchado que aspiran las ‘s’ finales en español, pero no dudan en pronunciarlas en inglés. ¡Magnífico!
Por supuesto, desde aquí propongo que el llanito (como popularmente se conoce a este habla) sea declarado bien de interés cultural YA. A mí las mezclas de spanglish de los latinos americanos no me dan ningún amor: me suena agresivo y, lo peor de todo, sin gracia. Pero una mezcla pura de hablas andaluza e inglesa es algo glorioso, como ya descubrieron en su momento esos grandes menospreciados del humor andaluz: Los Morancos.
Recuerdo que mi primer encuentro infantil con este gran habla fue el muy impactante “Jennifer, let’s go to your home a’sé los homeworks”. Desde aquel día decidí que tenía que volver a ese lugar tantas veces como me fuera posible.

Curiosamente, no fue hasta mi tercera visita que produjo mi primer encuentro con los famosos monos sobre los que cantaba el pesado de Victor Manuel. Unos hijos de puta con gran afición a los smarties que les daban los turistas, lo cual les provocaba tremendas cagaleras. A los monos, claro. Los turistas estaban más bien acojonados, pues un macaco de Gibraltar cabreado por la falta de lacasitos da más miedo que la pitonisa Lola en top less.

Esos recorridos turísticos por The Rock (épico mote local del peñasco) están bien. Incluso se pueden ver los colectores de agua por los que pasaba James Bond en «007: Alta Tensión«, una de las mejores películas de la saga únicamente debido al hecho de haber sido rodada en el peñón. Lo mismo no puede decirse de «Marine, entrenado para matar«, la única película de nacionalidad Gibraltareña que conozco (aunque la imdb lo niegue), protagonizada por el amigo de Uwe Boll Michael Paré. Y, con ello, he conseguido unir a Gibraltar con el Dr. Boll. Denme un poco más de tiempo y me invento los seis grados de separación con Santiago Rouco para justificar más este artículo en el contexto de este blog.

Naturalmente, acabo llevando a Gibraltar a todo amigo que se atreve a pasarse por mi casa de Algeciras (con el doble y sano motivo de que NO vea mi pueblo). Así aprovecho y me compro algunas salsas radiactivas inglesas en el supermercado de allí. El cual, dicho sea de paso, sigue la tónica de las grandes superficies inglesas: 30% de salsas, 30% de chucherías, 20% de bebidas y 20% de comida de verdad. La visita con Vicisitud y las respectivas parejas fue la más extraña. Como empezó a llover, tuvimos que entrar en muchas tiendas y abandonar la idea del paseo turístico por la cima del peñón. Pero ello dio la ocasión de vivir la pureza llanita con mayor intensidad. Parecíamos más bien Gene Hackmans de la vida, intentando pillar el mayor número de conversaciones posibles. El día se redondeó con un buen resfriado y el visionado de «Time Line«, mítico filme que dio origen al género ‘¡¡¡era yo!!!‘.

Monos chungos, habla jocosa, arquitectura esquizofrénica… Es verdad que casi todos los sitios tienen su punto de vicisitud y sordidez amorosa. Pero Gibraltar es la joya de la corona. Británica, por supuesto.

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