música

El Rey Arturo sobre hielo: la cumbre de la vicisitud musical

Autor: Paco Fox
Recientemente, un compañero de trabajo me trajo de su pueblo una pieza única de coleccionista. Un cd cuya existencia desconocía. Un descubrimiento de los que marcan época: ‘Siéntelo’, de Javier Cárdenas.

La visión de tamaña chunguez perpetrada por este gran artista renacentista (periodista, cantante, actor, director y guionista de cine) me condujo a pensar en la posibilidad de escribir algo sobre famosos metiéndose a cantantes. Pero me pareció facilón. Y lo que es peor, falto de amor. Porque estas cosas son curiosidades divertidas, pero la grandeza está en las sordideces mayúsculas, en las obras que pasan de las más grandes cimas de épica a los más profundos pozos de vicisitud. Esto es, en el rock progresivo.
El mismo día, cuando llegué a casa, y tras servirme un Aquarius Versión 3, esa nueva bebida con sabor a poloflash de cocacola aguado, me metí en internet a mirar cosillas. Por algún motivo, me dio por ver el final de ‘Xanadu’, película que llevó el género musical a su lógica cumbre: Olivia Newton-John, Gene Kelly, música disco y patinaje. ¿Qué puede haber más sórdido que eso?


Tras mucho pensar y una visita al señor Roca cortesía del brebaje antes mencionado, di con la respuesta. Chunguez musical progresiva y patinaje rock se unieron una vez en una conjunción mágica que alumbró una criatura digna de ‘La Parada de los Monstruos’: El Rey Arturo sobre hielo.

Rick Wakeman. El cruzado de la capa. El único músico que puede pasar de lo sublime a lo ridículo en cuestión de nanosegundos. E incluso ser ambas cosas al mismo tiempo.
Y es que una parte importante de la música cultureta de los 70 era así de maravillosa. En los 80 había que aguantar a gentuza de pose cool y niñatos que se creían profundos por escuchar a los Smiths. O peor todavía: a Sonic Youth. En los 90, llegó la explosión de la música indie, que era lo mismo que el pop del resto, pero con pose gafapasta. Pero el rock progresivo da mucho más amor, porque era verdaderamente pretencioso en sus composiciones y no sólo en su pose. Se creían la música del futuro y su misión era darle respetabilidad al rock. Y, vistos hoy, dan a menudo mucha risa. Son el anatema de cualquier crítico rock actual, y por eso los amo. Excepto, claro está, a Robert Fripp. Pero eso es otra historia que no puedo contar sin tomarme antes dos litros de Aquarius Versión 3 y provocarme un enema monumental.

Como puede verse en el video, lo único que se le ocurrió a Wakeman para presentar su disco ‘The Myths And Legends Of King Arthur And The Knights Of The Round Table’ (¡toma ya!) fue hacerlo a lo grande. ¡Y qué hay más grande que poner a tipos con caballos de cartón patinado sobre hielo! Quizá unos enanos bailando junto a un Stonhenge en miniatura, como en ‘This is Spinal Tap’. Pero por poco.

El show se saldó con un lleno absoluto y un rotundo fracaso económico. Rick volvió momentáneamente a Yes y luego tuvo que refugiarse en la new age, realizando unos trescientos discos al año para pagarle la pensión a todas sus exmujeres. Lo cual no es malo. Porque también defiendo a la new age. Es un género más odiado y menos de moda que el propio progresivo. Y todo lo que enerve a un crítico de la Rock DeLuxe me complace a mí.


Así que ya estáis todos escuchando esta inmensa obra. Y, cuando lleguen los momentos más épicos, imaginaos torneos medievales con lanzas y patines. ¿Qué mejor forma de pasar una tarde de verano? Sin duda, una experiencia mucho más enriquecedora que escuchar los 39 minutos del disco de Javier Cárdenas (con dos bonus tracks con versiones alternativas) o beber un litro de Aquarius Poloflash.

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