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Derechismo bien entendido en el cine de acción

Autor: Panadero
Recientemente, una noche de sábado, debatía infatigable con mi amigo el Sr. Olloqui sobre la quintaesencia del cine negro y de acción, comentando lo descafeinados que nos resultan los actuales “héroes”, sus peleas higiénicamente coreografiadas, lo anecdótico de las tramas, su carácter políticamente correcto, la cansina insistencia en el tema ecologista, esa obsesión por no ofender a ningún colectivo ni minoría… No hace falta remontarse a muchos años atrás; solo dos décadas antes. Entonces podíamos encontrar héroes de una pieza. Porque si Rocky Balboa tenía que soltar puños en el cuadrilátero, los soltaba y en paz. Y si el contrincante era negro o ruso, peor para él. En esos años, el coronel Braddock se internaba en el “infierno verde” –la selva vietnamita- bien provisto de armas, su barba flamante, a hacer crujir el cuello de los nativos, todo para salvar a los “desaparecidos en combate”. Y en esas películas no se entendía de derechos humanos ni respeto a los animales; las hostias sonaban como hostias de verdad, los golpes eran auténticos.
En medio de estas evocaciones beligerantes di con la clave y se lo hice saber a Olloqui: “Una pizca de derechismo bien entendido favorece la acción”. Inmediatamente se echó a reír ante mi ocurrencia. Llevábamos cerca de una hora hablando de estos temas y otros similares pero podríamos estar así unas cuantas horas más y como os podréis imaginar, Carolina, la novia de Olloqui, aguantaba el tirón sin intervenir demasiado, pero gracias a su buena disposición no hizo ver su soberano aburrimiento. Y seguimos hablando, claro.
Entonces, para asentar bien mi idea acerca del derechismo en el cine de acción, me dispuse a contar el argumento de una de mis películas policiales favoritas: resulta que a las costas italianas se acerca de barco lleno de presos políticos –comunistas; ¿a qué andarse por las ramas?- que acaban de lograr la amnistía. Como es costumbre, el cuerpo de policía se encuentra a rebosar de agentes defensores de la democracia, de esos que se hacen la manicura y limitan su trabajo al de oficina. Pero hay un policía incorruptible, que no entiende otro método que no sea el de sus puños (le da vida el patibulario Franco Nero, uno de los últimos héroes con bigote). Y este policía sospecha que el barco va a traer a Italia comunistas y… drogas. Cómo no, el puerto marítimo presenciará una lluvia de balas en la que caerán como ratas los libertinos y los de dudosa moralidad. Imaginaos; ya tenía en el bolsillo a Carolina y Olloqui. Y seguí con mi arenga por un cine policial, de acción, de tinte derechista y parapolicial. “Es esa la clave del género, la ambivalencia de los personajes; tíos capaces de una vida familiar saludable, o las más de las veces de una soledad espartana y discreta, al margen de una sociedad inhabitable, que defienden un régimen injusto, aunque adecuado a su atrofiada concepción de la justicia”.
Algunos os preguntaréis por el título de esta perla cinematográfica. Se trata de La policía detiene, la ley juzga (suavización del título italiano: La policía detiene, la ley absuelve), que dirigió el romano Enzo G. Castellari en 1973. Podría hablar y no parar de las virtudes de este policial pero de momento me apetece destacar su estética sucia, feísta, de spaghetti-western barato, donde no se escatima en zooms y planos al ralentí, contando además con una dirección de fotografía descuidada, desbordada por luz natural, que ha ganado en grano con los años. Para hecerse una idea de la grandeza visual de Castellari, el trailer de ‘Los ciudadanos se rebelan’ (sin comentarios) es un gran ejemplo:
Fíjense en las ironías de la vida: mientras el cine americano de los setenta se empeñaba en regalarnos películas anti-sistema de denuncia que el paso del tiempo coloca como joyas kistch más o menos aburridas –Sérpico, Justicia para todos-, tuvo que ser un italiano, Castellari, el que desde la oscuridad de los más sucios cines de barrio captase el aire turbio de esos tiempos. Y todo porque Castellari, antes de cineasta fue culturista y boxeador. Y él sabe mejor que nadie que la fuerza está en sus puños, que en la calle no funcionan las abstracciones sino el trabajo sucio, que en el ring no se gana precisamente con métodos democráticos.

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